Texto y fotos: Roberto Alfonso Lara

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Zenaida Sosa Baró, animadora por 16 años del taller Amor y paz, de Horquita, en el municipio de Abreus.

Por un instante pensamos que no daríamos con ella. Cuando el carro dejó la carretera asfaltada para tomar los caminos de tierra rojiza del asentamiento de Horquita, en el municipio de Abreus, el nombre de Zenaida se nos extravió por aquellos vericuetos cada vez que preguntábamos. Sin embargo, apenas inquirimos por Zenaida, la maestra, las respuestas fueron por una senda recta y exacta.

Aun jubilada, y con 75 años, el poder de su vocación perduraba en la memoria de los residentes de aquel lugar que, además de resultar un tanto apartado, era duramente golpeado por los apagones, las dificultades para cocinar, y la falta de comunicación por vía telefónica y datos móviles, casi de forma permanente. Allí, en la adversidad, donde para otros sería noche incluso a la luz del sol, la encontramos con una sonrisa que nunca borró del rostro, ni siquiera en las confesiones más duras.

La muerte de su mamá en 2006 fue el punto exacto a partir del cual emprendió la ruta hacia el taller Amor y paz, del programa Aprendiendo a crecer (Aac), de Cáritas Cienfuegos. «Murió con noventa y pico de años y quedé devastada. No sabía qué hacer con mi vida; tampoco acababa de entender aquello», dijo.

«Desde antes, contó, el Padre Saimel, quien atendía la zona, nos visitaba, y llegamos a establecer un vínculo estrecho, a pesar de que yo no iba a la Iglesia. Él me comentó la idea y abracé el proyecto sin saber mucho de qué trataba. Por eso digo que todo derivó de un accidente social: finalmente, en 2009, inauguramos el taller, con Bombón, Viclier, Yosniel, y un muchacho que terminó dejándolo. La maestra que había en mí, renació».

Apasionada evocación

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Beneficiarios y familias del taller del programa Aprendiendo a crecer, de Cáritas Cienfuegos, en Horquita.

Cuando el pueblo de Horquita corrió la voz de que había un taller dedicado a la atención de personas en situación de discapacidad física e intelectual, Amor y paz recibió a doce beneficiarios; la mayoría de ellos presentaba retraso mental, y otros con diagnósticos de síndrome de Down y parálisis cerebral. Junto a Milagros, Yolanda, y una maestra ya fallecida, Zenaida empezó a trabajar con ellos y sus familias, y recuerda que, inicialmente, la experiencia se antojó muy difícil.

«Viclier, por ejemplo, tenía un retraso mental con rasgos de autismo, y eso era una perreta desde que llegaba. A ello súmale la disartria (dificultad para hablar), por lo cual me costaba bastante entenderlo. A veces él quería algo y no sabía cómo decirlo. Entonces, lo cogía por la mano, lo paseaba por la casa, hasta que al fin comprendíamos qué deseaba. Al cabo de un año, logramos que saludara a sus compañeros, y a nosotras nos daba un beso. Así me convencí de que estábamos progresando», expresó.

Para la curtida profesora, Yosniel se convirtió también en alguien especial. «Vino con parálisis cerebral, grandes dificultades en el lenguaje, y con un corazón que para qué te voy a contar. Yo siempre, relata, he tenido una salud pésima y él notaba cuándo me sentía mal. Un día, dije, no puedo continuar, vamos a buscar a otra persona, y se asustó de tal manera que empezó a indicar que le dolía el pecho. Estos pequeños detalles te obligan a seguir con lo que haces», agregó.

Todas las veces que Zenaida evoca los orígenes del taller, menciona igualmente a Bombón, «la gran doméstica de Horquita, una gente de verdad muy querida». Y como si los beneficiarios de Amor y paz fueran las páginas de un libro, nos sumerge en la apasionante lectura de sus existencias.

Formas de gratitud

Como en la película Conducta (2014), de Ernesto Daranas, Horquita presume de una Carmela, y su nombre completo es Zenaida Sosa Baró, quien hoy, desde la condición de animadora del programa Aac, de Cáritas Cienfuegos, sabe que más allá de los encuentros del taller con los ocho asistidos en la actualidad, imperan historias estremecedoras.

«Oye esto: ¡tengo dos jimaguas! Una estaba recogiendo papas, y la otra vive en Jagüey (Matanzas), pero aquí es su taller. Esta última tiene una niña, y cuando viene, pregunta qué medicina necesito para mandarla a pedir, porque la familia del marido reside fuera de Cuba. Las dos, ante cualquier problema, se acercan a mí; la madre, aunque nunca la diagnosticaron, presenta un retraso mental, y en ocasiones no maneja bien el trato con ellas», afirmó.

Tal realidad afecta a otros beneficiarios del grupo Amor y paz, cuyos familiares o tutores poseen una visible discapacidad intelectual sin confirmación alguna. «Le sucede a Yaneisy, joven con retraso mental severo que se casó a los 17 años y ya cumplió 25. Vivimos juntas situaciones difíciles, pues el padrastro abusaba sexualmente de ella. Debí tomar cartas en el asunto y estuve involucrada con la Policía. Después de eso, un día tocó a mi puerta y dijo: maestra, vine para que me felicites, ¡me casé! Y habló de que el esposo le buscaba pollo, leche, huevo. La mejora que había visto era que se alimentaba mejor», narró Zenaida.

«Con el peluquero, continuó, fue igual de ardua nuestra labor, al tratarse de un joven homosexual, con retraso mental, muy retraído a la hora de participar en el taller. A él se le murió la mamá, lo cual caló hondo en mí. Luego, empezó a trabajar en la peluquería y dispone de tremenda clientela en el pueblo. ¡Quisiera yo ganar lo que gana ese muchacho! Hace cualquier tipo de pelado y recién me contó que pretende dedicarse a las fotos de quince».

Para definir la relación que sostiene con cada uno de los beneficiarios, Zenaida recurre en varias oportunidades a la palabra empatía. «Sí, es eso, al punto que ellos no me dicen te estoy agradecido, sino, yo te quiero, maestra».

Lluvia y truenos

Tras 16 años como animadora de Amor y paz e inmersa en la vejez, la maestra Zenaida se niega a pensar qué sería de ella si en algún momento perdiera de vista a sus pupilos. «Yo preciso saber cómo están, dónde están, porque este espacio me ha mantenido viva; lo digo honestamente. Tengo, expresó, múltiples padecimientos: una enfermedad pulmonar obstructiva crónica, una neuritis generalizada; además soy diabética e hipertensa… Y es cierto, hay días en que te derrumbas y terminas convencida de que no puedes más. Pero así y todo, lloviera, tronara o relampagueara, siempre amanecí en mi taller los sábados».

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Roberto Alfonso Lara
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