Voluntariado en la adolescencia: semillas de esperanza
Por: Equipo de Comunicación de Cáritas Guantánamo-Baracoa

«El camino de la felicidad es el servicio, nadie es feliz si no aprende a darse a los demás»
Esta máxima centró el encuentro con voluntarios adolescentes del Programa Aprendiendo a crecer, en la diócesis de Guantánamo-Baracoa, para incentivarlos a colaborar en el camino a favor de quienes presentan alguna discapacidad física o mental.
En este espacio se conocieron entre sí los muchachos incorporados desde hace un tiempo al programa y otros que inician en el quehacer, cuyos frutos no solo se perciben en los avances de cada grupo donde interactúan, sino en las vivencias de afecto y gratitud junto a los beneficiarios.


Estas experiencias de vida se transforman en bienestar, madurez, crecimiento y autorrealización para quienes son partícipes del voluntariado.
Por su parte, Maribel Sánchez, la directora de Cáritas en la diócesis Guantánamo Baracoa les agradeció por sumarse al programa y expresó:
“Es muy importante su presencia, estamos aquí porque lo hemos soñado. Necesitamos personas que, con amor y voluntad, nos acompañen en el camino. Se trata de ir de la mano, estar a la escucha y atentos para ayudar a los beneficiarios para ser independientes, tener una vida plena. Ellos, por su parte, nos enseñan a ser mejores por la bondad y transparencia de sus almas. Son seres tan especiales que parecen tener el corazón por fuera y muestran rostros sin máscaras. Por todo eso, cuando la pereza o alguna dificultad los invada, piensen que esas personas y el equipo del programa los espera”.


Ante estas reflexiones e invitación, los adolescentes respondieron:
“El programa me ha enseñado a interactuar con las personas que tienen alguna discapacidad, comprender cómo ellos pueden enfrentar los obstáculos y superarse a sí mismos y hacer lo que les gusta. Pienso que debemos ayudarlos en sus propósitos porque ellos tienen derecho a una vida plena-expresa Abelardo, quien tiene 12 años de edad, lleva 2 años cerca del proyecto y es el voluntario más joven del Programa Aprendiendo a crecer en la diócesis.


Nasli: “Es una bonita experiencia trabajar con los beneficiarios en el grupo de Santa Catalina, dedicado al arte teatral. Yo ayudo en los ensayos, aprendo a respetar el tiempo de estas personas. Me impresiona cómo son capaces de presentarse en un escenario sin miedos y disfrutarlo”.
Rodolfo, quien contribuye en el proyecto de la Casa Taller, dirigida a acompañar a personas adultas con discapacidad intelectual, señala: “como ellos no tienen tanto desarrollo en el lenguaje, he aprendido a ser paciente para comprenderlos, a sentir lo que quieren expresar”.


Alejandra María: “Me gusta la interacción con ellos y sé que voy a aprender mucho. Me motiva participar porque quiero que estos beneficiarios puedan integrarse más a la sociedad y propiciarles espacios para ser felices”.
Ana María: “Me motiva romper la burbuja en la que viven aun algunos en torno a las personas con discapacidad. Deseo contribuir a demostrar que son capaces de integrarse y ser útiles a sí mismos y los demás.


Sofía: “Quiero enseñarles de las prácticas que disfrutamos como adolescentes. Llevarles alegría por medio del baile, canto, deportes. Ellos pueden lograr mucho, según sus capacidades y las habilidades que desarrollan”.

Dinámicas, juegos y un diálogo interactivo amenizaron el encuentro mediante el cual se dio la bienvenida a los nuevos voluntarios del Programa Aprendiendo a crecer y estimuló a todos a compartir las maravillosas experiencias de llevar luz, apoyo y afectuosidad a las personas con discapacidad, como obras de bien para transformar sus vidas.
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