Vientos de “Amor y Esperanza” soplan en Cruces

Texto: Roberto Alfonso Lara

Fotos: del autor y cortesía de Cáritas Cienfuegos

Cienfuegos, febrero de 2020- En Cruces, el Pueblo de los Molinos, los vientos aligeran la pesadez de la cotidianidad. Es sábado y la mañana se sobrecoge en la calma del parque, como si la parroquia La Santa Cruz impusiera el sosiego. Pero puertas adentro, bajo los techos del viejo inmueble, otros aires rompen la quietud.

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Cada sábado María Elena y Maira ultiman todos los detalles para atender a los beneficiarios del taller “Amor y Esperanza”, de Cruces.

Desde hace casi dos décadas sesiona allí el taller “Amor y Esperanza”, del programa Aprendiendo a crecer, de Cáritas Cienfuegos. Unas doce personas asisten actualmente a sus encuentros y presentan diferentes tipos de discapacidad.

María Elena Bravo López coordina el proyecto desde 2004 y cada jornada sabatina, de 9:00 a.m. a 11:30 a.m., resulta para ella un acto de devoción por la vida. “Fui maestra durante más de 35 años y cuando dejé el sistema de Educación pensé que el mundo me caería encima. No tengo hijos, era solita, y siempre quise hallar algo que me ayudara a aliviar ese vacío. Entonces apareció esta propuesta y por ahí comencé, me gustó y seguí”, afirma.

2Vientos de Amor y Esperanza soplan en Cruces
Pintar constituye una de las actividades preferidas por los beneficiarios del programa Aprendiendo a crecer en Cruces.

Las edades de los beneficiarios del taller oscilan entre 20 y 50 años. No son niños, pero en el imaginario de quienes se preocupan y hacen por ellos desde Cáritas, es difícil despojar el afecto que entraña el término. María Elena les quiere, enseña y cuida como si fuesen sus muchachos.

“Aunque no aprenden con facilidad, trabajan bien las manualidades; otros cantan, bailan, juegan a los bolos y a la pelota, y son muy dinámicos. Además, les gusta mucho la culinaria, ver todo el trajín de la cocina, cómo quedan los platos. Sirven la mesa, friegan, limpian la habitación antes de irnos. Se desenvuelven con independencia y eso lo hemos logrado con cariño”, sostiene.

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Para María Elena, ser coordinadora del taller “Amor y Esperanza” ha sido una experiencia maravillosa.

La ternura, el diálogo y la confianza, constituyen los pilares de la relación construida al interior del taller. “En ocasiones gritan, dicen malas palabras, llegan haciendo bulla, o muy callados a veces; pero ha sido tanta la compenetración que suelen vernos como sus madres”, subraya María Elena.  

Así también lo percibe Maira Crespo Portales, colaboradora de “Amor y Esperanza” por más de una década. “Son los niños míos del alma y los quiero mucho. Empecé en el programa sin ningún tipo de compromiso y ellos consiguieron atraparme. Juntos realizamos títeres, muñecos de plastilina, collares, adornos para refrigeradores, diversos artículos.

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Al decir de Maira, lo más lindo del taller es ser partícipe del crecimiento y desarrollo de los beneficiarios.

“Este curso (2019-2020) les enseñaremos a tejer y a coser, tenemos preparado todo con esa intención. Por otra parte, recibimos la ayuda del instructor de arte de la Casa de la Cultura del municipio y siempre, en las festividades del pueblo, montamos una exposición de nuestros trabajos y recién hasta nos entregaron un premio”, comenta.

Los ojos de Maira se iluminan mientras refiere los progresos de los beneficiarios del taller. “Eran muy dependientes de la familia y hoy han logrado soltarse. Ya lavan su ropa interior —dice orgullosa—,  ayudan a fregar y a limpiar en sus casas, y los padres están contentos, pues antes los tenían sobreprotegidos.

“Por eso me siento tan bien dentro del programa, porque les enseño a vivir, a insertarse en la sociedad, para que nadie, en ausencia de sus seres queridos, los tilde de inútiles ni los desprecie, y para que sepan valerse por sí mismos y hacer sus cositas”, apunta.

Tal espíritu oxigena las distintas acciones que promueve “Amor y Esperanza”, ya sean cumpleaños colectivos, escuelas de padres o celebraciones en fechas señaladas, siempre con la participación de familiares y voluntarios. Y de alguna manera, esos momentos ayudan también a resarcir el dolor que los apresa ante la muerte de varios de los miembros del grupo.

“Hemos sufrido la pérdida de cuatro niños y los demás preguntan o nos dicen: ‘maestra falleció, no viene más’. Es triste, porque son muy buenos y uno les coge tanto cariño que los llega a querer como hijos”, confiesa María Elena.

Ahora mismo, en medio del oasis que cada sábado se reinventan en la parroquia La Santa Cruz de Cruces, necesitan de otros materiales para desarrollar las habilidades concernientes a las artes plásticas: colores, pegamento, silicona…; sin embargo, ello no les impide calar en los rostros de sus “niños” una sonrisa de vitalidad. Los vientos de “Amor y Esperanza” mueven los molinos del pueblo.

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Roberto Alfonso Lara
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