¿Valoramos a nuestros ancianos? Envejecer en la cultura del descarte

Por: Miguel Pastorino

La expresión “cultura del descarte”, que en más de una oportunidad ha utilizado el Papa Francisco, nos evoca un modo de pensar y vivir que nos deshumaniza progresivamente.

¿Qué es lo que más se valora en la cultura dominante? Responder a esta pregunta nos puede ayudar a comprender las causas de la indiferencia ante los ancianos, especialmente hacia los más vulnerables.

personas mayores mirandose a los ojos felices 1024x684 1

Vivimos en una sociedad del rendimiento y la productividad, en la que un ser humano es lo que rinde, lo que produce. El valor que uno da a sí mismo y a los demás está pautado por este aire sociocultural que respiramos, donde los valores que se imponen son los del mercado, en todos los ámbitos de la vida y de las relaciones humanas: ¡vale lo que produce!

En este contexto es comprensible que aquello en lo que se apoyaba la propia autoestima de las personas jóvenes, con la vejez vaya desapareciendo y con ello también sientan la desvalorización por parte de los demás.

Cuando el valor de la propia vida depende del tipo de trabajo que se realiza, de la productividad, de la influencia y posición social, de la apariencia y la fuerza física, de la independencia económica, de la eficiencia profesional, y todas  estas cosas comienzan a perderse por la edad; aparecen entonces sentimientos de una gran frustración e impotencia, al tiempo que una desorientación general sobre el sentido de la vida y la sensación creciente de ser una “carga” o un “estorbo” para los demás.

Pero esto se recrudece cuando los más jóvenes ven a los ancianos como cargas y estorbos, llegando a vivir con “normalidad” situaciones de auténtico maltrato y vulneración de los derechos de las personas ancianas.

(…)

fotonoticia 20120305045357 800

En el último siglo, la expectativa de vida ha aumentado considerablemente; además, las personas se mantienen sanas durante más tiempo y según estimaciones recientes, para el año 2050 más del 20% de la población mundial tendrá más de 60 años.

Por otra parte, el envejecimiento se va haciendo cada vez más diferenciado, ya que podemos distinguir varias etapas dentro de la propia vejez. Por un lado están los “ancianos jóvenes”, recién jubilados, que todavía están muy sanos de cuerpo y mente, y pueden seguir muy activos después de los 60 y 65 años. Luego hay otros que ya sufren deterioros importantes de salud y otros que ya no se valen por sí mismos y necesitan atención permanente. Finalmente están aquellos que por padecer enfermedades que provocan trastornos de la personalidad —senilidad o Alzheimer— tienen una dependencia absoluta para sus cuidados.

(…)

abuelos3

Un tesoro olvidado

Todavía hoy en otras culturas, el anciano es un tesoro de sabiduría, alguien reverenciado por su trayectoria temporal, por su experiencia vital, por su talento acumulado. Los ancianos son los que han salvado los tesoros más ricos de las tradiciones humanas. Nosotros hemos perdido la memoria de su lugar en el mundo.

El dominio de la lógica tecno-económica en todos los ámbitos de la vida y los valores que se imponen nos han dejado ciegos ante el tesoro que esconde la vejez.

Muchas personas adultas se sienten deslumbradas por la información actualizada y los conocimientos técnicos que dominan los adolescentes y jóvenes. También tienen cierta desorientación por los cambios culturales que han operado en unas pocas décadas y que los deja con muchos complejos, como para ponerse de consejeros de los más jóvenes. Pero esto es solo una imagen superflua de los cambios culturales, porque la realidad del talento adulto es bien distinta a como es valorada.

Los mayores traslucen una actitud vital y una libertad interior que es fruto de la madurez, que no nos puede aportar la ciencia y la técnica, ni está disponible en internet. Los mayores tienen talentos especiales que solo los da el tiempo y ninguna maestría universitaria: la sabiduría para distinguir lo importante de lo superfluo, la mirada contemplativa y profunda sobre los acontecimientos, la paciencia que sabe esperar con alegría, la fortaleza interior y el aguante para sostener a quienes no soportan la frustración, la prudencia del autocuidado, la visión amplia y desafectada frente a las urgencias cotidianas.

Los mayores traen paz y aceptación a un mundo herido, nos regalan otro modo de vivir el tiempo y la gratuidad. Lejos ya de los sueños adolescentes, el anciano nos enseña a enfrentarnos con la verdad de la vida, con un realismo profundo, para hacernos capaces de distinguir lo efímero de lo que permanece.

Los mayores también nos enseñan a aceptar nuestros límites, a que no se puede hacer todo, a amar nuestra verdad y a no querer ser lo que no somos. En muchos países hay empresas que comenzaron a invertir en recuperar el talento de los jubilados, que si bien no pueden hacer el trabajo de los jóvenes, tienen un tesoro de experiencia acumulada que no debería ser desperdiciada y que puede ser iluminadora para las nuevas generaciones de jóvenes emprendedores.

Una nueva etapa con sentido

El miedo a la inutilidad que acompaña el envejecimiento, el miedo a volverse un peso, a quedar solo y abandonado, solo puede vencerse cuando se descubre que cada etapa nueva de la vida puede hallar un nuevo sentido. El horizonte existencial ya no debe estar pautado por las reglas de la juventud, sino que ahora el tiempo se vive desde otro lugar.

No hay receta para ninguna etapa de la vida, pero sí sabemos que las personas cuya vida tiene sentido, viven más felices y se vuelven siempre fecundas. Aceptar el límite nos abre a la dignidad de otro modo de vivir. No valemos por lo que hacemos o tenemos, sino por quienes somos. Nadie es amado de verdad por lo que hace, sino solo por quien es. Esto lo repetimos durante nuestra juventud como frases muy bonitas, pero solo pueden comprenderse y vivirse cuando lo que hacemos ya no vale (monetariamente) tanto y solo queda lo que realmente importa: quienes somos.

El ejemplo de muchos mayores que en la etapa post-jubilatoria volvieron a estudiar, a ejercer nuevas tareas, a dedicarse a otros en incontables tareas de voluntariado, son el signo de que hemos estado ciegos para ver la riqueza que se esconde en la plenitud de la vida.

La visión cristiana es contracultural en el ambiente que valora lo productivo, porque el ser humano a medida que envejece camina hacia la vida más plena. Solo los que saben morir a lo que ya fue, pueden abrirse a lo que vendrá. Por eso toda la vida es adviento, es espera cotidiana de que lo mejor está por venir, es esperanza firme de que mientras nos vamos deteriorando exteriormente, nuestra interioridad va creciendo como en ninguna otra etapa de la vida.

(…)

Los ancianos tienen mucho que enseñarnos sobre virtudes como la serenidad, la paciencia, la gratitud, la benevolencia, la libertad interior y el amor. ¡Recuperarlos como maestros de la vida es tarea de todos!

El Papa Francisco lo expresó con gran claridad: “Los ancianos son una gran inyección de sabiduría también para toda la sociedad humana: sobre todo para la que está demasiado ocupada, demasiado empeñada, demasiado distraída”.

Visitas: 16

Miguel Pastorino Pastorino
Miguel Pastorino Pastorino
Artículos: 1

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *