Unión de Reyes y el amor que germina junto a la ayuda humanitaria

Por: Lianet Fundora Armas comunicadora de Cáritas Matanzas

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Unión de Reyes

A las seis de la mañana, del 23 de octubre último, cuando todavía el parque de Unión de Reyes dormía en penumbras, el corazón de la parroquia Nuestra Señora de la Caridad ya estaba encendido.


Voluntarios de diferentes generaciones se unieron en torno al altar para celebrar la Eucaristía como principio de una jornada consagrada a servir.


La homilía del P. Enrique resultó entonces una invitación a meditar sobre el Evangelio según San Lucas y la justicia de Dios.


“Es el Señor quien nos justifica, quien nos reviste de una dignidad que no posee ninguna otra criatura. En todo cuanto hagamos hoy busquemos vivir esta justicia. Que al concluir el día en nuestros corazones quede la satisfacción de haber comprendido los signos de los tiempos para ofrecer la palabra oportuna. Acerquémonos a las personas necesitadas sabiendo que cuanto hacemos y decimos es obra de Dios”.

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Unión de Reyes


Al terminar la Santa Misa la claridad se levantaba sobre la parroquia y fue posible tomar una foto del equipo antes de que cada cual marchara a sus sitios de entrega, unos en el propio poblado unionense, otros hacia Bolondrón y Guira de Macurijes, entre bateyes y caminos marcados por la lejanía.


En Bolondrón: una esperanza que florece a los pies de las cruz
La Inmaculada Concepción de María es el nombre de la parroquia que se erige en Bolondrón. Descargar los módulos destinados a las familias de esta localidad fue una tarea rigurosa por la distancia entre el sitio donde pudo situarse el contenedor y el interior del templo. No obstante, el ir y venir permitió apreciar con más calma la belleza de su jardín que aquella mañana exhibía sus colores con intensidad.


Vivian Oviedo Fonseca y Niurka Roche Ramos, fueron esa suerte de ángeles que guiaron la organización de los kits, tanto los que se distribuirían en el entorno parroquial, como los que luego emprenderían el trayecto hacia el campo.


Pero sus huellas están implícitas desde mucho antes, cuando recorrieron una y otra vez las arterias del pueblo, puerta por puerta, contrastando datos, descubriendo la realidad íntima de las familias.


“Nos caló muy hondo la soledad en que viven muchos adultos mayores. Algunos sufren la ausencia de los descendientes que emigraron, mientras otros padecen el abandono a pesar de que sus hijos residen en el país.


“No obstante, descubrimos historias de vida que hablan de la resiliencia en la tercera edad, como la de Luisa, una maestra muy querida que a pesar de tener un pie amputado y vivir sola mantiene su casita impecable y allí recibe a muchos niños que necesitan sus conocimientos”, confiesa Niurka mientras señala dónde deben colocarse los módulos.


Vivian añade que la importancia de esta ayuda no radica en la entrega que realizarían en breve, sino en el sentimiento que ha despertado en las personas el encuentro con una Iglesia viva que estrecha las manos, escucha y acompaña.


Tiempo después todo está listo para recibir a los beneficiarios que han ido llegando poco a poco. Ambas mujeres acomodan los listados y desbordan amabilidad en cada saludo.

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Antes de salir hacia las comunidades de Manuelito, La Gabriela, Arcoiris y La Julia volvemos a mirar de nuevo el jardín que adorna el templo. Curiosamente, una enredadera de flores rosadas se desliza en el arco de entrada, bajo una pequeña cruz.

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Es imposible no establecer una similitud entre dicha imagen y la misión realizada por el voluntariado de Cáritas, ese que junto a la ayuda humanitaria lleva un mensaje de fe para aliviar las cruces de la realidad y reverdecer la esperanza.


Lidia Coral: una ventana hacia Dios

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Hace tres años que Lidia Coral González contempla el exterior a través de las persianas de su habitación. Una fractura de cadera retuvo para siempre sus pasos a la horizontalidad de la cama, pero no pudo borrar la ilusión de sus ojos que se aventuran para ver el trasiego de los niños del barrio, un fragmento de cielo, o el rostro de los vecinos que se acercan a procurarle cuidados.


Mientras su hijo Juan Carlos Caballero trabaja permanece sola, sosteniendo el cordón rojo que guarda la llave del hogar, por si llega un conocido u ocurre alguna emergencia.

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Cuentan que su felicidad es inmensa cuando las hermanas Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora le traen la Comunión. En esos instantes, extiende los dedos y deposita en sus manos la llavecita para que abran la puerta de la humilde casa, porque las de su alma nunca están cerradas a Jesús.

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El viernes último, al recibir la ayuda humanitaria de manos de Cáritas pudimos ser testigos de su carácter dulce al que todos hacen referencia.


-Yo soy Católica- exclamó y nos contó sobre el librito de oraciones que lee durante todo el día.

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La hermana Rosa Elena Jaimes la besó y sostuvo su mano con ese aire de ternura propio de quien saben reconocer a Jesús en la fragilidad de una encamada de 75 años.
Al rememorar este encuentro no advertimos lamentos en las palabras de Coral. Su testimonio es en sí mismo una ventana hacia Dios, tan especial como esa desde la que sus pupilas siguen aferradas al mundo.

Hermanas Rosa y Victoria: testigos del Evangelio

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Las hermanas Rosa Elena y Victoria Irene son las Franciscanas Misioneras de María Auxiliadora que bendicen con su presencia a la comunidad de Bolondrón.


Entregadas a la evangelización y la atención de los más necesitados, su apoyo ha resultado vital durante estos días en que Cáritas se reafirma como caricia de la Iglesia a su pueblo.
Pero entregar la ayuda humanitaria junto a estas mujeres consagradas significa mucho más, es dejarse inspirar por su espíritu incansable, es contemplar sus vestiduras blancas entre el camino de tierra y los árboles, como un mensaje del cielo.

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Ambas asumieron la difícil tarea de seleccionar a quienes recibirían los kits de alimentos y aseo en sitios como Arcoiris, Manuelito (edificios y batey); La Gabriela y La Julia.
Por eso, cuando nos adentrábamos en los senderos de esta empinada geografía, sabían de antemano dónde estaban los enfermos, adultos mayores, niños… y podía notarse la familiaridad con la cual eran recibidas.

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“Existe muchas carencias, pero nos sigue impactando la solidaridad que todavía demuestran algunas personas al compartir lo poco que tienen con el hermano que sufre”, afirma la hermana Rosa Elena.

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-Son incansables- nos comenta el chofer que conduce su auto, mientras las vemos dirigirse felices por los trillos de La Julia.

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Agradecemos entonces por su vocación, por ejercer en Cuba obras de misericordia a través de las cuales promueven una vida más humana y fraterna. Así, “su misión se eleva como un himno de alabanza a Aquel que nos amó primero”.

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Diamela Leyva Fraga
Diamela Leyva Fraga
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