UNA SEMILLA QUE TRANSFORMA A LA POBLACIÓN
Obra en Concurso de Colecta Anual de Cáritas Cuba
Por: Margarita Martínez Sánchez

En una comunidad de pequeña, donde el sol acariciaba cada rincón del poblado y las flores danzaban al ritmo del viento, vivió una señora llamada Victoria.
Su hogar, un acogedor refugio de madera y colores vibrantes, rodeado de un precioso jardín que florecía con la misma alegría que ella irradiaba.
Victoria tenía un don especial; sabía escuchar los susurros del corazón de todas sus amistades y vecinos. Cada atardecer se sentaba en su portal, al lado de su inseparable Rafael, con un taza de café en las manos, observando callada a sus vecinos pasar. Sabía que muchos llevaban cargas pesadas, insatisfacciones, sueños marchitos y esperanzas olvidadas.
Un día, mientras el cielo se pintaba de tonos dorados al amanecer, a Victoria se le ocurrió hacer algo diferente. Con una sonrisa en los labios, salió a su jardín y recogió algunas semillas de las flores más hermosas que cultivaba. Las guardó con cuidado y se dispuso a visitar a sus vecinos.
Primero llegó a casa de Roberto, un hombre solitario, de mirada triste, que había sufrido un accidente, dejando secuelas en su cuerpo y nunca había logrado ser feliz de nuevo. Al verlo, Victoria le ofreció una semilla y le dijo: -Plántala en tu jardín y cuídala con amor. Verás cómo florece y te recordará que la vida siempre encuentra la manera de renacer-. Roberto sorprendido por el gesto, tomó las semillas y sonrió por primera vez en mucho tiempo. Las plantó en su jardín y día tras día, las regó con mucho cariño. Pronto una hermosa flor comenzó a brotar, llenando su hogar de fragancia y colorido.
Victoria continuó su camino, visitando a cada vecino. Belkys, una joven que hacía poco había terminado una relación de mucho tiempo, tenía dos hijas pequeñas y no sabía cómo hacerlo sola, ni cómo salir adelante. Le entregó una semilla y una palabra de aliento, la joven reaccionó con una bella sonrisa.
La anciana siguió su andar por aquel pueblecito que tanto amaba y se encontró con el hogar de los ancianos. ¡Qué feliz se sintió allí!. Todos los viejitos se encontraban contentos, esperando a alguien que los visitara y ofreciendo lo mejor de ellos, pero… levantó su vista y observó a una señora, alejada de todos, murmuraba palabras para sí, sin tener en cuenta a los que la rodeaban. Victoria se dio cuenta que también, Mima, que así se llamaba, necesitaba de una semilla de esperanza. Lo comentó y se la ofreció, ella fue cambiando su actitud, se unió al grupo de los ancianos, participaba en las conversaciones, charlas, comentarios jocosos y siempre traía una flor de su nuevo jardín, haciendo del hogar y su vida un gesto de amor.
Con el paso de los días, la comunidad empezó a transformarse. Los jardines florecían como nunca antes, llenos de vida y color. Las risas regresaban a cada hogar y en las calles las esperanzas olvidadas comenzaron a renacer.
La anciana, sentada en su portal, supo que a veces, un simple acto de amor puede ser la semilla que transforma, no solo el jardín, sino a toda una población. Y así, en aquel pequeño pueblo, que en aquellos tiempos llamaban Algodones, donde el sol brillaba con fuerza, el amor floreció en cada rincón, recordando a todos que siempre hay espacio para la esperanza.
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