Una historia contada por “Manos Bienaventuradas”
Fotos: Tony Pino
Cada martes y jueves, en el profundo silencio de la Parroquia San José, del municipio cienfueguero de Abreus, “Manos Bienaventuradas” escriben otra historia que para nada merece la condición del mutismo. Todo lo contrario, cuanto sucede en este taller del programa Aprendiendo a Crecer, de Cáritas, bien podría marcar la diferencia en las páginas de cualquier periódico, sobre todo por exaltar lo mejor del ser humano.

Durante casi una década, la presencia y apoyo de las hermanas religiosas y párrocos, contribuyó al crecimiento y desarrollo del taller, pero ya hace dos años, son tres madres las que llevan sus riendas, una particularidad que enaltece aún más el trabajo que desempeñan.
“Para nosotras, todos son nuestros hijos, no hay preferencias”, comentó María Luisa García García. “Los atendemos y cuidamos muy bien, incluso los llevamos a actividades aunque sus padres no vayan. Aquí elaboramos manualidades, cantamos, bailamos, de manera que ellos logren sentirse en familia”, añadió.

“Yo he podido desenvolverme sin problemas con los muchachos”, dijo Elsy Legrá Sánchez. “Me respetan y se llevan conmigo porque los trato con mucho cariño. Les enseño cosas y casi todos tienen la capacidad de aprender rápido. Para mí ha sido algo grande; me siento orgullosa de atenderlos y de la experiencia adquirida”, agregó.

Advertir cómo algunos que ni siquiera podían hablar o caminar con soltura, hoy hasta cantan y bailan, reconforta a estas mujeres y dibuja, en la comisura de sus labios, un sentimiento de beneplácito.
“Uno percibe la forma en que se desarrollan al margen de la discapacidad. Al principio creí que era la única madre en esta situación, pero luego conocí a otras y fui aprendiendo. No ha sido fácil, mi hijo ha llegado a agredirme, tengo algunas lesiones; sin embargo, la oportunidad de servir a otros como él, es un verdadero bálsamo”, concluyó Marina.
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