“Una casita para todos”
Por: Katiuska Fournier De la Cruz, comunicadora al servicio de Cáritas Cuba
Fotos: Katiuska Fournier y Elizabeth María Avilés Amigo, comunicadora de Cáritas Guantánamo-Baracoa

La mañana prometía sorpresas. Murmullos y algunas miradas tímidas contrastaban con la alegría de quienes prepararon un encuentro para conectar personas e inspirar en ellas solidaridad y amistad.
En un extremo de la casa de Cáritas en la diócesis de Guantánamo-Baracoa, los diez jóvenes de la Casa Taller del Programa “Aprendiendo a crecer” descansaban tras concebir un escenario ordenado y limpio para recibir a 25 niños y adolescentes del Taller «Atardecer de colores», del Programa Grupos de Desarrollo Humano (GDH).
Estos últimos llegaron con la energía de quienes están por descubrir algo nuevo. Ninguno imaginó que en breve tiempo, ese salón se convertiría en espacio donde la inclusión dejaría de ser una palabra incomprensible a su edad para volverse abrazo.



La esencia del encuentro fue simple y profunda: construir casitas de cartón donde todos cupieran. No cualquier casita, pues debía tener ventanas para la escucha, puertas abiertas a la comprensión y un tejado hecho por manos que no se conocían.
Con sencillas explicaciones, los animadores guiaron la confección de la obra y entregaron materiales, mientras entremezclaban a los participantes. Pronto, las indicaciones verbales se transformaron en lenguaje universal: una palmada en el hombro, una sonrisa cómplice, un turno compartido para que cada casa brillara.
«No importa cómo vas construyendo o los errores e imperfecciones, importa que lo hagamos juntos»- expresó una de las facilitadoras de Cáritas- mientras observaba cómo los niños, adolescentes de GDH y los jóvenes en situación de discapacidad se turnaban las tijeras y papeles de colores para recortar el césped, el número que iría en la diminuta casa u otros detalles de terminación y estética.
Una casita de ensueño toma forma


La casita de ensueño fue tomando forma bajo el lema no escrito de la jornada: “Ayudarnos mutuamente es la única manera de crecer”. Allí no hubo terapias, discursos, miedos o juicios: prevalecieron personas enseñando a sostener una tijera y recortar de manera uniforme, a mostrar la calma que no se aprende en fórmulas, consejos o libros, a mantener sonrisas y ternura gratuitas frente a desafíos, a compartir y querer.
El ambiente, libre de etiquetas, mostraba a mitad de jornada el resultado de una comunidad fraterna: vecinos de una misma aldea que abrían corazones para construir y proteger su entorno manual.
«El mundo es mejor cuando no miramos diferencias sino oportunidades, apoyo, amistad y entendimiento»-comentó una voluntaria, mientras sus ojos seguían a una joven con discapacidad intelectual que ayudaba a una niña a decorar el techo de la casita.
Al concluir sus casas, todos sentían dicha con las obras: hogares sin prejuicios ni conflictos sino llenos de ternura y solidaridad.

Volver a encontrarse fue promesa certera porque esas mini casitas no fueron solamente una manualidad sino el mapa de un barrio o comunidad posible donde todos, sin excepción, tienen un lugar de cercanía y apoyo mutuo.








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