Un taller que cambió vidas en asentamiento rural de Ciego de Ávila
Texto: Roberto Alfonso Lara
Fotos: cortesía de Cáritas Ciego de Ávila
En Maduro, un barrio rural del poblado de Bolivia y municipio del mismo nombre, en la Diócesis de Ciego de Ávila, pocas cosas superan la trascendencia allí del taller para personas con discapacidades intelectuales que, desde hace casi un lustro, alberga en su hogar el matrimonio de Odalys y Raúl.

“Mi hija fue el principal motivo para acoger el espacio”, confiesa Odalys, mientras evoca los orígenes de la iniciativa. “Ya desde aquel momento me preocupaba qué pasaría con ella cuando terminara la escuela, pues no existen acá opciones ni sitios a los cuales puedan vincularse, por ejemplo, las personas con síndrome de Down. Fue así que llegó la ayuda de Cáritas Ciego de Ávila, a través del programa Aprendiendo a crecer (Aac). Junto a Panchita y Lili, creamos ese lugar donde aprenden, pasan el día, y son felices”, agregó.

Actualmente, el taller funciona todos los sábados y posee siete beneficiarios, que a su vez forman parte de un grupo mayor, con catorce integrantes, los cuales se reúnen con frecuencia mensual, donde los padres reciben temas formativos, mientras las personas con discapacidad realizan alguna actividad, ya sea cultural o física.
“Fomentamos la culinaria y las manualidades. Incluso, disponen de una olla reina y otra arrocera, los cual nos ha permitido enseñarles a cocinar frijoles y arroz. Tratamos de prepararlos para la vida”, comentó Odalys, quien encuentra en su esposo un apoyo imprescindible.

“Él, como es profesor de Educación Física, los ejercita, y también los lleva por la mañana a trabajar en el huerto aledaño a nuestra casa. Además, jugamos, vemos películas, y hasta las debatimos”, añadió.
Lo más grande

“Cuando supe del proyecto para personas con síndrome de Down y otras discapacidades intelectuales, dije: ‘¡con mi nieta, pa’ donde sea!’”. De tal manera, Francisca Martínez Yulian (Panchita) sumó a Denly al taller del programa Aac, en el barrio de Maduro, Bolivia, en Ciego de Ávila.
“Ella prácticamente no hablaba y después que empezamos aquí se comunica mejor y con más fluidez. Ahora tiene 35 años y parece otra persona: abre y cierra las fiestas, baila, y sabe tanto de pelota como cualquiera”, expresó Panchita, con el orgullo impregnado en sus ojos.
Desde la mesa donde labora en la confección de pulsitos y collares, Denly manda a callar a la abuela, porque se siente apenada. Luego viene y cuenta que aspira a casarse, y que le gusta cocinar, fregar platos e ir a la parcela a recoger lechuga y tomates.
Anayansy, beneficiaria del taller y diagnosticada con retraso mental, comparte un criterio análogo al de sus compañeros. “En la casa me aburro y por eso siempre quiero estar acá. Para mí es como la familia: nos divertimos, reímos, y aprendemos juntos cosas nuevas”, afirmó.
Leyany, el tesoro de Odalys y Raúl, resumió su opinión en una frase que humedeció el rostro de los padres: “Me siento bien, porque me gusta el taller”, dijo, sobreponiéndose a las dificultades para hablar con claridad.

Vivencias igual de emotivas se acumulan a lo largo del tiempo en el devenir del espacio que, cerca de cinco años atrás, comenzó a trascender en Maduro. “Esto es lo más grande que uno puede tener; para nosotros ha significado la vida”, aseguró Panchita, y nadie podría ponerlo en duda.
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Como dice la canción: «solo el amor convierte en milagro el barrio, solo el amor engendra la maravilla». «Dios es amor», 1ra de Juan 4,8. Fabuloso y estimulante el desarrollo del rograna «Atendiendo a crecer» de Cáritas. Bendiciones Ara todos.
Dios es bueno
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