Tres voluntarias de Cáritas animan bateyes perdidos de la geografía matancera
Por: Sheylah Rosa Gallardo Milián
Matanzas, noviembre de 2021— Escuchar hablar de bateyes como Botino, la Julia, Junco o Maquinaria, es muy común para el grupo de misioneros de la Comunidad de Cárdenas. Enclavados en el Valle de Guamacaro, son los poblados que han quedado tras el cierre del central azucarero Horacio Rodríguez, cercano al pueblo de Limonar.

Una de las señoras integrantes de este grupo evangelizador, Miriam Sanabria, fue invitada a los talleres del Programa de Formación General de Cáritas, donde conoció sobre el Programa de Personas Mayores. Paralela a su obra misionera, esta mujer logró crear y mantener los encuentros de personas mayores en esta zona. Cuando el transporte que sale de Cárdenas puede llegar hasta allí, se van recogiendo a los participantes de diferentes bateyes. El día de nuestra visita, solo pudieron llegar los de Maquinaria.

Siempre el servicio se realiza en una Casa Misión, y actualmente Nancy Gorrín Ávila es quien brinda su hogar para acoger a esta “familia”, a quienes recibe cada semana con inmensa alegría.
—Cáritas: ¿Cómo son los encuentros habituales?
—Nancy: En los encuentros habituales escuchamos la palabra de Dios. Tenemos reflexiones, ejercicios. Esto nos ayuda a crecer espiritualmente y en la fe. Aquí se reúne un grupo divino, donde compartimos experiencias, nos apoyamos en situaciones difíciles y hemos hecho hasta excursiones.
Como el transporte no siempre llega, Miriam ha encontrado el apoyo necesario en Belkys Cuza Navarro. A sus 57 años, ya lleva varios años al frente del grupo. Ha sido capacitada como misionera en encuentros realizados en la Casa Diocesana de La Milagrosa.

—Cáritas: ¿Cómo te inicias en la animación?
—Belkis: Mis inicios como animadora con los talleres a los que asistí me permitieron conocer e intercambiar la realidad de cómo trabajaban otras casas de misión. A su vez, desde que comenzaron los encuentros de adultos mayores, asumo la coordinación y animación. Estos encuentros son el último viernes de cada mes.
—Cáritas: ¿Cuál es la realidad de los bateyes?
—Belkis: Es una comunidad chica, donde las casas están lejos y dispersas. Si no sale la guagua desde Cárdenas, es muy difícil reunirnos con todos, pues es zona rural, los terrenos son irregulares y no hay iluminación, por lo que a veces nos reunimos de día cuando muchos trabajan. También hay otros que experimentan problemas de salud, pero siempre vienen los más decididos.
“Estos encuentros rompen la rutina de la vida diaria aquí en el campo. Salir de los quehaceres del hogar ya es el primer paso. Nos reunimos y, después de la oración, siempre hay un tema para compartir. Con las reflexiones debatimos, opinamos, aprendemos. En otro momento del encuentro hacemos ejercicios para el cuidado de uno mismo, algo que es muy importante y tenemos ejercicios para prevenir el deterioro cognitivo. Son espacios muy necesarios y ahora más, después de este tiempo de confinamiento”.
—Cáritas: ¿Te sientes bien entre personas mayores aunque no llegas a los 60 años?
—Belkis: Trabajar con personas mayores me es agradable, creo que en ello cuenta la experiencia que tengo por convivir con mi mamá de 83 años, por lo que me desenvuelvo bien entre ellos.
—Cáritas: ¿Cómo ves la integración de otras personas a este espacio que es tan necesario?
—Belkis: Aún en estos momentos persiste el miedo a salir y hay otros a los que sus hijos no los dejan salir y reunirse, por temor a algún contagio con el virus.
—Cáritas: ¿Qué has aprendido con Cáritas?
—Belkis: He aprendido a relacionarme mejor con los demás, a compartir de tú a tú, a ser más cercana, a ayudar a los demás brindando mis manos hacia el prójimo y servir.
—Cáritas: ¿Cómo te sientes con tu servicio?
—Belkis: Muy contenta y me gustaría ir aprendiendo, poco a poco, cada día más, para entregar lo mejor a través de mi compromiso.
Belkys no está sola en el servicio; cuenta con la cooperación de Yilliam González Reyes. Juntas lavan la ropa de algunos ancianos que viven solos ahí en el batey, servicio que se realiza de manera informal. Con sus 51 años, Yiliam es la más “chica” del grupo.
—Yillian: Para mí estos encuentros lo significan todo, me llenan de plenitud, porque aprendemos, nos divertimos, leemos el Evangelio, expresamos nuestras opiniones. Cuando vienen los hermanos de otros bateyes, tocan la guitarra, cantamos y hacemos décimas, y siempre celebramos con un brindis que compartimos entre todos.
“Siendo la más joven, me siento muy bien y soy afín con las personas mayores. Me crié con mi abuela desde muy pequeña. Junto a las personas mayores he descubierto que la experiencia que tienen de la vida las hace ser más resilientes que muchos jóvenes. Este intercambio entre generaciones aporta mucho y me gusta decir que me recarga las pilas”.
Ya casi es el final de la mañana y mientras conversan, explican que los encuentros se preparan entre Nancy, Yilliam y Belkys porque cuando se hace entre todos, el encuentro queda más lindo.
Conversación que entre ellas continúa rememorando encuentros pasados, llenos de anécdotas e historias vividas y sueños por venir.
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