Soraya, una cuidadora con un círculo de vida inteligente

Por: Kathiuska Fournier

Fotos: Kathiuska Fournier  y cortesía de la entrevistada

Guantánamo, 5 de noviembre de 2021— Es 5 de noviembre y poco se habla del Día Mundial de los Cuidadores, personas que se multiplican en una era de grandes tasas de envejecimiento, escasas atenciones y espacios de crecimiento, interacción y divertimento personal.

Sus rutinas, casi siempre en solitario, les deparan sobreesfuerzo y múltiples malestares físico-mentales. No obstante, es una responsabilidad que cierto grupo de personas asumen de forma admirable con hermosos actos de bien.

Curso cuidadores2

Compartimos un testimonio que detalla las luces y sombras de un ejercicio que muestra lo mejor de la esencia humana cuando reconoce y apuesta por el cuidado de quienes nos “han regalado la vida y la fe”. 

De Ingeniera en minas Soraya pasó a masajista profesional, luego terapeuta floral y, por último, cuidadora de una anciana, su faena de hace diez años.

“Soy Soraya Herrera Rosales y cuido a mi abuela que tiene 101 años de edad”.

—¿Cómo inicias este camino de cuidadora?

Soraya y Luisa cuidadores ancianos Cuba 2021

—“Mi abuela Luisa tuvo cinco hijos. Cuatro de ellos ya fallecieron y sólo queda una, mi madre, por lo que con el avance los años de mi abuela y la demencia senil, dejé la vida que llevaba lejos de aquí. Regresé y me encargué de su atención y cuidado. Yo no tengo suplentes”.

“En algunos momentos, amigos o familiares la cuidan por un rato para yo hacer determinada gestión, le traen alimentos o medicinas, pero esta es mi responsabilidad como nieta”.

“Dejé una vida activa profesionalmente, con muchos éxitos y perspectivas, pero me he dedicado a ella y me satisface hacerlo”.

“Tomé cursos para aprender sobre el cuidado en las personas mayores, algo en lo que me aportó mucho Cáritas y que hoy sigo estudiando y aplicando”.

—¿Qué rutinas asumiste como parte del nuevo rol?

—“Ella es una anciana dependiente y eso conlleva mucho esfuerzo para tenerla bien cuidada. Por suerte, yo tenía conocimientos de medicina natural y tradicional, que me permiten ofrecerle atenciones acordes a sus necesidades”. 

“Mi abuela no padece enfermedades crónicas, por lo que evito suministrarle medicinas, a menos que tenga alguna crisis demencial. Tiene una silla sanitaria, por sus problemas de micción. En las mañanas le doy ácido fólico y aspirina, luego agua al tiempo para liberar toxinas, además de su café, jugo, pan y leche. Ella sostiene los alimentos en sus manos a sus 101 años”.

“Le sirvo una comida al día, y en la actualidad preparo fórmulas con proteínas y viandas batidas como almuerzo. Pasados 40 minutos, le ofrezco medio vaso de agua porque los ancianos tienen un desgaste natural de sus funciones estomacales y ello torna lenta su digestión. Por eso no le doy cena, las sustituyo por gelatina, jugos u otro alimento ligero en porciones pequeñas”.

“Las personas mayores no deben comer mucho, a veces se piensa lo contrario. Una dieta exagerada los debilita e intoxica”.

—¿Cuánto te ha cambiado la vida el convertirte en cuidadora de tu abuela?

—“En casi todo. Soy una mujer cuyos hábitos de vida eran muy sanos, por mi trabajo debía tener figura esbelta. Si vendía belleza, debía mostrar imagen paralela y eso lo he perdido, pues no puedo ejercitarme ni alimentarme adecuadamente”.

“Yo no faltaba a misa, me involucraba en pastorales, practicaba yoga, Ta Hi Chi, daba mis saliditas a cines, teatros, cursos, incluso en los primeros años de estar cuidándola. Todo eso se trastocó a raíz de su caída. Decidí, por su edad avanzada, no practicarle cirugía alguna cuando se fracturó la cadera y desde entonces asumo maniobras para moverla, bañarla, acostarla y otros movimientos necesarios. A partir de ese momento mi vida se encerró en círculos”.

“He tenido que desarrollar fuerza física para esas acciones de cuidado y movilidad, lo cual me ha dejado trastornos en la columna y la circulación. Yo no tomaba ni medicamentos y tras estas labores debuté en hipertensión y cardiopatía. El cuidador se deteriora mucho y lo que te ayuda a aliviar ese estrés es la propia responsabilidad que tienes con la persona a tu merced, porque ni ella ni nadie tienen la culpa de su estado”.

“Hay momentos en que entro en estados depresivos, pero mi fuerza está en Dios”.

—Ayúdame—, le digo en las mañanas, cuando amanece y ella está empapada de orina porque no hay pañales desechables… me invade la tristeza pero me sobrepongo.

—¿Cómo alivias esas tensiones? ¿Qué tiempo encuentras para ti?

—“Una de mis actividades motivadoras y relajantes es la escucha de música, me ayuda, me traslada, me da fuerza y la estabiliza a ella también. A abuela Luisa le gusta la música mexicana y yo se la pongo, en especial cuando sufre de crisis de demencia ante la falta de medicamentos”.

“La lectura también me ayuda, no tengo géneros definidos, al igual que ver películas, concursos de talentos y me programo esas oportunidades de distracción”.

“Tengo también discos de oración y mantras en el teléfono que me van calmando, porque a veces me descompongo”. 

—¿Qué impacto tuvo el curso de cuidadores de Cáritas que recibiste en la Diócesis de Guantánamo-Baracoa?

—“Fue una experiencia maravillosa. Hace 4 años recibí esa superación y aún la recuerdo y aplico. En los talleres me adentré en torno a los roles de un cuidador y las necesidades de un anciano dependiente. Allí aprendí cómo mover su cuerpo sin dañarlo, cambiar su ropa, las atenciones ante crisis de tos u otros síntomas de encamados. Gracias a esa vivencia hoy mantengo a mi abuela sin escaras ni otros problemas de salud, y eso que ya es centenaria”.

“Otro valor de aquel curso fue el de compartir con la red de cuidadores y socializar nuestras preocupaciones, sufrimientos, alegrías y satisfacción de proteger a nuestros ancianos. Recibimos varias bibliografías que aún consulto y me ayudan en este quehacer”.

—La pandemia complicó más tu escenario como cuidadora. ¿Cómo adaptas tu vida y la de tu abuela a tan difícil situación?

—“Con prevención. Desde que inició la propagación del virus en Cuba, ella permanece aislada en un cuarto que mantengo con la puerta abierta, pero sólo yo entro y le atiendo”.

“Debo salir con frecuencia para hacer las compras, pero lo hago con careta, dos mascarillas, desinfectante de manos y al regresar no entro por la puerta principal, sino que lo hago por otra entrada, me baño de pies a cabeza y luego es que interactúo con Luisa”. 

“La pandemia realmente afectó mucho a ambas. Antes venían personas de la iglesia y conversábamos, ayudaban en lo que podían, me auxiliaban en la compra de medicinas u otros productos, pero ante los peligros eso no puede continuar”.

“Nuestra vacuna es la protección, así que multiplico esos pasos para evitar enfermar y no hemos sufrido ningún percance relacionado con la Covid, incluso siendo contactos directos de personas positivas a ese virus”.

—Aunque tus responsabilidades de cuidadora son grandes, se aprecia calma y sosiego en ti, además de que sirves a otras personas mayores de tu comunidad ¿cómo logras hacerlo?  

— “Centrándome en el hoy. Si buscas la oración del Padre Nuestro, esta te inspira a recibir el pan del día y así hay que vivir la vida. No cargues la mochila del pasado y tampoco la del futuro, el mañana es tu hoy”.  

“Si te autodeprimes, te conviertes en víctima de ti mismo y eso te lacera y atrae enfermedades patológicas. Las emociones te matan o salvan. Hay que ser optimistas, arreglarse: ¿por qué al cuidar a la abuela no me visto bonita, me baño o me arreglo cejas? Esa filosofía te ayuda a vivir y a alegrarte, nadie tiene la culpa de tu cruz. Dios sabe cuál cruz y cuán difíciles o pesadas puedes cargar. Ser inteligente es sobrellevar la vida, saber darle matices que la tornen agradable”.  

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Katiuska Fournier de la Cruz
Katiuska Fournier de la Cruz

Comunicadora al servicio de Cáritas Cuba

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