Sí, Irene, Dios lo sabe
Roberto Alfonso Lara
Trinidad, enero de 2022— “No es porque yo lo diga, pero Dios sabe que trato siempre de animarlos, y hacerlos sentir bien y felices”. Para Irene Calderón Michilena, de 79 años, nada puede compararse con la satisfacción que, durante casi dos décadas, ha encontrado en el taller Juan Pablo II, donde asiste a personas con discapacidades físicas e intelectuales.
Este espacio, perteneciente al Programa Aprendiendo a crecer, de Cáritas Cuba, llegó a su vida en 2005 “cuando Mercy, la responsable en aquel tiempo, vino a mí junto al Padre Bendito porque allá en la zona donde vivo, La Chansoneta (en la ciudad de Trinidad, ubicada al centro sur del país), había muchas personas con discapacidad y necesitaban un lugar para el taller. Entonces, dije que sí; estaba en la mejor disposición de hacerlo en mi casa”, relató.
De esa época a hoy han transcurrido exactamente 17 años e Irene, depositaria de la gratitud de no pocas familias, es quien agradece a Dios por haberla escogido para el servicio al que ha dedicado su vejez.
“Trabajamos —afirma— dos veces a la semana, los martes y viernes, y realizamos disímiles actividades: cumpleaños, viajes a la playa, celebraciones de fin curso… Por eso, tras este periodo de cierre por la pandemia de Covid-19, ellos andan como locos, porque ansían mucho que volvamos a comenzar. Incluso, una de las beneficiarias a veces me ve por la calle y le dice a su hermana: ‘Mírala, mírala por dónde va, y no hace nada’.
“Realmente, en estos dos años que no ha funcionado el taller me he sentido mal; la verdad es que lo necesito”, confiesa Irene. “Cuando estoy con los ‘muchachos’ todo se me olvida. Dedico ese momento a pasar un buen rato: nos reímos, hacemos cuentos, cantamos y escuchamos música. ¡Y vaya, para qué decirte! Ojalá Dios me provea de salud y fortaleza para seguir otros años más”, agregó.
Vinculado a la Parroquia de la Santísima Trinidad, el taller Juan Pablo II agrupa a trece personas con discapacidades físicas e intelectuales, la mayoría de ellas mujeres, con las cuales ha logrado mantener la comunicación en medio de la crisis epidemiológica.
“Gracias a Dios en la zona de La Chansoneta pusieron teléfono fijo a los vecinos y por esa vía he permanecido al tanto de todos y de sus familias, aunque a quienes viven cerca los visito. Otra bendición —refirió Irene— es que ninguno se enfermó de coronavirus, a pesar de que sufrimos la pérdida de una de las integrantes a causa de la diabetes. Fue algo que sentimos mucho”.
Así como los beneficiarios anhelan el reinicio de las actividades del “Juan Pablo II”, a Irene le sobran también esos deseos. “Yo, la primera”, confiesa; pero sus casi ocho décadas de vida hablan más alto: “En cualquier caso, ya veremos mañana; ahora la situación todavía está difícil”, sostuvo. A la espera de ese instante, la octogenaria mujer contempla el paso de los días en su comunidad, sin restarle ánimo ni esperanza al presente y futuro que aguarda. Y sí, Irene, Dios lo sabe.
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