Servir es lo que siempre he querido hacer
Texto y fotos: Melissa Cordero Novo.

En las mañanas, especialmente, la casita de Cáritas Trinidad es como un oasis. A mitad de la ciudad abre sus puertas y de manera constante entra y sale mucha gente. Son 104 los beneficiarios del Programa de Personas Mayores (PPM) que allí atiende Eleodoro. Garantiza para ellos el desayuno de lunes a viernes hace ya diez años. En hermoso ritual despierta siempre a las seis de la mañana y hasta bien entrada la tarde-noche no termina su servicio.
—Voy a la panadería para buscar el pan, ya del día anterior tengo asegurada la mortadela, el queso o las croquetas, lo que podamos conseguir para acompañarlo. Sobre las 8 o 9 de la mañana ya estoy en Cáritas con el pan separado en porciones iguales. Comenzamos a preparar la leche, hacemos 35 litros diarios, y luego lo repartimos. Así nos mantenemos hasta las 12 del mediodía, y ya por la tarde gestiono lo necesario para el día siguiente.
Antes existía un campesino que les colaboraba con 20 litros de leche de vaca diaria, pero en la actualidad, tras el cambio de propietarios de las tierras y algunos problemas que han presentado con las reses, solo les mandan 10. Para completar Eleodoro lo hace con leche en polvo.
Esta historia de Eleodoro Valdés Ruiz comenzó en 2007 cuando se jubiló luego de trabajar durante 42 años. “Fui a ayudar en lo que pudiera en mi comunidad de la Santísima Trinidad —me cuenta—; en aquel entonces era allí donde ofrecían el desayuno a las personas mayores. Ellos no tenían quien fuera a recoger la leche al barrio La barranca, un sitio rural de aquí, y yo me brindé para hacerlo. De esa forma me quedé en el servicio para siempre. Cuando Cáritas se mudó para esta casita en 2009, se decidió que viniera a encargarme del desayuno; aunque yo ayudo en cualquier cosa que haga falta. Soy un pequeño colaborador en todas las actividades”.
Eleodoro tiene el sistema venoso profundo de la pierna izquierda obstruido totalmente, esa fue una de las causas por las cuales se retiró.
—No puede estar mucho tiempo de pie— le digo.
—No, pero aquí, como tú ves, no tengo que hacerlo. No todos los beneficiaros vienen al mismo tiempo y entonces a cada rato me siento. Cuando tengo crisis y me debo quedar en casa, tengo una persona que se encarga de traer el pan hacia acá y mis hermanos, especialmente, Lorenzo Bringas, lo reparte todo— me contesta. A cada rato se pasa la mano a lo largo de su pierna y sonríe, Eleodoro siempre sonríe.
—Ese tránsito de la vida laboral activa a la jubilación no es afrontado por todas las personas de igual forma, ¿cómo transcurrió para Eleodoro?
—Fue un poco duro pues pensé: ¿y ahora qué voy a hacer? Pero fue un regalo de Dios que me acogieran tan bien en la Iglesia y me permitieran trabajar a pesar de mi problema circulatorio, y que haya tenido la oportunidad de servir a nuestros hermanos y a todos lo que lo necesiten.
Mientras conversamos en el recibidor de la casa no dejan de entrar personas. Algunas son colaboradoras, me explica Eleodoro, esa señora, señala, le lleva el desayuno a 6 beneficiarios más que no pueden llegar hasta acá. Enseguida me atrevo a preguntar y le pido me cuente las impresiones, las vivencias o alguna anécdota que lo haya marcado desde que está en la familia de Cáritas. Eleodoro piensa un poco, luego vuelve a sonreír y responde:

Mira yo soy nacido y criado aquí en Trinidad, y nunca me imaginé que hubieran tantas personas necesitadas. Yo recuerdo que en 2012 hubo una tormenta local que provocó desastres, tumbó casas, hubo inundaciones. Cáritas ayudó mucho y a mí entre ellos. Ahora con el huracán Irma tuve la oportunidad de visitar a las familias afectadas y fue un impacto que nunca en la vida podré olvidar, las insuficiencias reales que vi en el terreno. Por otra parte, aquí llegan beneficiarios que viven solos y no tienen ese calor humano, entonces desde que entran comienzan a contar lo que les pasa, y yo los escucho a todos aunque a veces no pueda resolverles los problemas. Esas son cosas que marcan a uno. Muy bonito es ver la felicidad que sienten las personas cuando las ayudas, cuando nos reunimos para celebrar el día de las madres, los padres, la Navidad o la Semana Santa. También se sienten felices cuando damos paseos y siempre agradecen.
En su casa, a veces, a Eleodoro le han reclamado tanta entrega por sus beneficiarios, pero él me confiesa que estará allí hasta las últimas fuerzas. Hacemos una pausa y él va enseguida a la cocina. Toma la batidora y la arma con destreza, coloca un poco de agua en el vaso, luego la conecta y vierte una bolsa de leche dentro. Mientras se bate la mezcla, dispone un recipiente donde quepan los cinco litros. Pronto tiene preparada la nueva entrega. En el fogón ha puesto a hacer café. Eleodoro sonríe, se vuelve a pasar la mano por la pierna, como en un gesto dominador y me pide que me siente en lo que él atiende a una beneficiaria que ha llegado. Cuando se marcha la señora termina nuestra conversación diciendo: “uno se siente útil y satisfecho de servir a los demás, y eso es lo que siempre he querido hacer”.
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