Sabiduría del corazón
Texto y fotos: Aliuska Pone de León
Santiago de Cuba, enero de 2021— “Mi padre era mi vida”, dice, y cada sílaba despierta una nostalgia que asoma a su mirada, una nostalgia que en otro tiempo fue dolor inmenso y que convirtió su vida bruscamente en un caos. “¡Fue tanto el vacío…! ¡Yo no sabía dónde encontrar consuelo! Mi padre se me fue de repente con aquel infarto y a pesar de tener a mi hijo, al que quiero mucho, sentía que nada podía llenar el espacio que me dejaba con su partida”.
Madelaine Acosta Fernández revive aquellos momentos en que la esperanza se desvaneció. “Comencé a ir a la misa de los martes, donde se reza por los difuntos, y anotaba el nombre de mi padre. Eso era lo único que me daba paz. Cada semana iba, hasta que llegó un momento en que no podía dejar de asistir porque me sentía muy bien… es que ya mi papá no era solo el motivo… Es curioso, después de todo, porque algo tan terrible como la muerte de mi padre fue lo que me llevó a la iglesia… nada, que hay veces en la vida en que uno tiene que abrir una ventana y esa fue la que yo abrí”.
Lo que no sospechaba Madelaine era que aquella ventana la asomaría a un paisaje distinto, un horizonte que le daría un nuevo significado a su vida. “Fui sintiendo cada vez más dentro de mí que quería estar en la iglesia, quería ayudar en lo que hiciera falta”. No es de extrañar, entonces, que al poco tiempo de asistir a la parroquia La Sagrada Familia, de Contramaestre, en el municipio santiaguero donde vive, diera el sí al párroco en un proyecto que se gestaba.
“Vi la oportunidad de ayudar y sentirme útil cuando el padre Ezio habló de crear un lavatín como un servicio más del Programa de Personas Mayores de Cáritas. Mi casa reunía las condiciones para eso, además, vivo en un lugar bastante céntrico”. De este modo, hace ya poco más de un año, cada martes, temprano en la mañana, el sonido de dos lavadoras es habitual en la vivienda número 96 A, ubicada en la calle 9 del Reparto Frank País. El lavado de ropa se convierte aquí en sinónimo de entrega y fraternidad.
Virgen Quesada es otra voluntaria que hace tres meses se incorporó a esta labor con Madelaine. “Lo hacemos con amor para esos ancianitos y ellos lo agradecen, a veces no con muchas palabras pero sí con sonrisas. Y te digo una cosa, fíjate —y su mirada se vuelve pícara—, lo que más disfruto hacer en una casa es cocinar, pero yo lavo porque ahora es lo que hace falta y uno tiene que hacer lo que hace falta en cada momento, sobre todo si uno está consciente de que con eso está sirviendo a otras personas, es algo que me da felicidad”.
No faltan quienes se acerquen sorprendidos para averiguar más acerca de lo que ocurre cada martes en el patio de Madelaine…”Tengo vecinos que se han admirado mucho de esto, como si nunca hubieran visto lavar a alguien. Y yo les digo que sí, que en la iglesia esto existe. Hasta me han preguntado si cobramos algo y cuando les digo que no, yo creo que se asombran mucho más”.Una sonrisa corona la frase y se extiende un poco más allá, mientras responde mi siguiente pregunta… “No, no, qué va, yo sólo llevo tres años y medio en la iglesia”.Enseguida las palabras de Jesús hacen eco en mí y pienso… ¿quién sabe si cuando él se refería a que los últimos serán los primeros no sólo hacía alusión a la misericordia de Dios sino a aquellos que, llegando después, serían sus manos, su voz, y emprenderían sin miedo el camino trazado por el Evangelio?
El servicio de lavatín en Contramaestre favorece actualmente a 17 personas y tiene el propósito de llegar a 30 beneficiarios para el próximo año, pues los planes para el incremento en el número de favorecidos se vieron interrumpidos por la pandemia y el aislamiento.
El día anterior al servicio, los beneficiarios llevan la ropa que las voluntarias les devolverán limpias en la jornada siguiente. Madelaine es, además, miembro del grupo de Cáritas parroquial y cuenta con entusiasmo cómo algunos domingos, después de misa, se realizan rifas o venta de artesanías, con el objetivo de recaudar fondos destinados a actividades para los ancianos. “Las Cristo Ferias son muy bonitas, todo el mundo colabora para recaudar y ayudar así a los abuelitos. Con lo que vamos haciendo de fondo realizamos actividades donde todos se relacionan y disfrutan”.
Ambas voluntarias están muy satisfechas con la labor que realizan. No han necesitado leer a Aristóteles para tener bien claro que la dignidad no consiste en tener honores sino en merecerlos. Seguramente ellas saben que, como dijera el Papa Francisco, la sabiduría del corazón es servir al hermano. Por eso, mientras ejecutan su habitual tarea, van abriendo un camino de luz y así, junto a la ropa tendida en los cordeles, resplandece, silenciosa, el alma de un mundo mejor.
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