Quince Años de Amor
Lic. Maritza Sánchez Abillud
Directora de Cáritas Cuba
Quince Años de Amor es el título de la historia sobre el Programa de Personas Mayores de Cáritas Santa Clara contada por el Dr. Antonio Moré y su esposa Marta Duarte. Ambos han sido formadores por largo tiempo en ese programa de la Iglesia Católica que a través de Cáritas desarrolla acciones comunitarias a favor de las personas mayores.
No todos tenemos la capacidad de generar memorias escritas, Quince Años de amor nos ofrece la posibilidad de conocer a través del testimonio de estos hermanos una labor que de forma anónima también han realizado muchas otras personas por más de 25 años, tanto en la animación y acompañamiento de los grupos de personas mayores como en los servicios.
Que la lectura de esta historia nos inspire sentimientos de gratitud hacia Dios por la dedicación y entrega de quienes han tenido la oportunidad de escribirla, dando así visibilidad a la labor de muchos hermanos que, como ellos, han dedicado una parte de sus vidas a sembrar amor entre nosotros.
Gracias Señor y permite que la misión continúe por muchos años, gracias Moré y Marta, Dios, nuestro Padre, que Ve en lo escondido, les recompense abundantemente.
… Por lo que se refiere al servicio que se ofrece a los que sufren, es preciso que sean competentes profesionalmente: quienes prestan ayuda han de ser formados profesionalmente de manera que sepan lo más apropiado, y de la manera más adecuada….Cuantos trabajan en las instituciones caritativas de la Iglesia deben distinguirse por no limitarse a realizar con destreza lo más conveniente en cada momento, sino por su dedicación al otro con una atención que sale del corazón…
Deus Caritas Est. (31, a)
Transcurre el día apacible, como otro cualquiera en los cuales ocurren hechos que nos parecen fortuitos, pero quizás pudieran estar programados en el acontecer diario de nuestras vidas. Así me encuentro con Ramón de Jesús Monteagudo, el cual fue mi paciente. Persona amigable, franca; entablamos una amena conversación donde me propone participar en un proyecto dirigido a personas adultas mayores que necesitan cubrir sus necesidades tanto materiales como espirituales. Me explica que también mi esposa Marta pudiese participar en el mismo, siendo este proyecto de profundo corte humanitario.
Días después, mi esposa y yo visitamos la oficina de Cáritas Santa Clara, donde radica Monteagudo, con el interés de conocer más detalles sobre lo propuesto. Allí nos explican cuál sería nuestra labor en el Programa de Personas Mayores (P.P.M).
Cáritas es una Institución de la Iglesia Católica que realiza acción caritativa y social. Ejerce su accionar en toda Cuba, pero también está presente en muchos otros países tanto desarrollados como en vías de desarrollo.
En el diálogo conocimos la amplitud de esta institución, que abarca proyectos para la atención a personas discapacitadas (Programa Aprendiendo a crecer), a niños y adolescentes radicados en familias disfuncionales (programa Grupos de Desarrollo Humano), a personas con VIH-sida, e incluso contempla ayuda en situaciones de desastres naturales (Programa de Emergencias), etc.

En nuestro país encontramos personas mayores carentes no solo de una adecuada alimentación como importante medio de subsistencia, sino también otras privadas de afecto, comprensión, amor, algunos con depresión psíquica, tal vez relacionado con la avanzada edad o acentuado por la pérdida de familiares, amigos; otros excluidos de la sociedad, sin actividad física ni laboral. El servir a estas personas, acompañarlos, empoderarlos en el medio social en el que habitan, tratar de incentivar en ellos actividades y aptitudes tal vez dormidas, olvidadas por los problemas de la vida cotidiana; todo esto nos motivó a dar un SI a la propuesta. Desde ese momento, nos dispusimos mi esposa y yo a emprender una actividad que hasta entonces era desconocida por nosotros, pero por lo que representaba nos sentimos motivados a dejarnos llevar por esta corriente de Amor, paz y ayuda, a semejanza de un apacible río claro, límpido y sereno, seguros de que nos llenaría de gozo y satisfacción.
Al dar el sí, el primer paso fue trasladarnos a La Habana, donde nos reunimos con los miembros del Grupo Nacional de Cáritas Cuba. Ellos nos explicaron detalladamente sobre este Programa y su estrategia de trabajo en nuestro país. En aquel encuentro de formación, junto a numerosas personas de todas las Diócesis de la isla, con iguales intereses, nos evaluaron para conocer nuestra capacidad de trabajo así como el grado de satisfacción que obtendríamos con nuestro servicio.
En aquel taller se articularon los grupos de formadores, que serían tres por Diócesis y tendrían que asistir a cursos de capacitación tres veces al año. En esos cursos recibiríamos temas acorde a la misión del Programa, en su mayoría de contenido gerontológico, que después nosotros como formadores debíamos replicar a un número de personas capaces de conducir y de animar los diferentes grupos que se formarían según las características y necesidades propias de cada región. A estas personas las nombramos “animadores socio-culturales”, que como su nombre indica serían los encargados de animar a grupos de personas mayores en estado de dependencia, a los cuales designamos como “beneficiarios” y que serían el fin último de todo nuestro trabajo.
De esta forma se fueron articulando numerosos grupos de beneficiarios, con sus formadores y animadores, en disimiles lugares de la región central de la Isla, específicamente en Villa Clara, que según las estadísticas es la provincia con mayor número de personas de edad avanzada en Cuba ,por lo cual resulta de gran importancia este proyecto de Cáritas.
En la Cáritas diocesana creamos un equipo formado por un coordinador y tres formadores.
La coordinadora que inició el Programa fue Gloria Fariñas Fernández, maestra pedagoga jubilada, con una sólida formación cristiana, llena de amor al prójimo. En los años en que trabajamos juntos, pudimos valorar su interés en servir a los demás. Los formadores fuimos María Lourdes Cobo Luege, doctora de profesión; mi esposa Marta de la C. Duarte Delgado, técnica en atención estomatológica, y un servidor, Antonio Moré Pérez, médico gastroenterólogo.

Comenzamos en el año 2004 a transitar juntos un largo camino de felicidad, donde servimos con amor y desinterés a numerosos grupos de personas mayores en diferentes lugares, en ciudades y campos de la región central de Cuba. Tuvimos la oportunidad de trabajar con el Director de Cáritas Santa Clara, José Ignacio García Retana, de amplio conocimiento en este quehacer, muy humano, de profunda base cristiana.
También trabajamos con Mariano Moreno, Ramón de J. Monteagudo, José Gálvez, miembros de Cáritas en diversos programas.
Estuvimos dirigidos y asesorados por Cáritas Cuba, por su directora Maritza Sánchez Abillud, de una gran capacidad en su cargo, humana, cristiana, que con su sonrisa siempre mostraba estar dispuesta a escucharnos y dar orientaciones claras y precisas en relación con nuestra labor, sobre todo en lo referente a la formación.
Como Coordinadora Nacional del Programa de Personas Mayores fungía por esos años Migdalia Dopico Paz, muy sencilla, afable y capacitada en su labor. Comenzamos a recibir diversos cursos de formación en La Habana, junto a los demás equipos diocesanos del país. Los mismos eran impartidos por los miembros del Equipo Nacional de Formación, los cuales fuimos conociendo: Ofelia Bravo, psicóloga; María Magdalena Rodríguez (Malena), geriatra y gerontóloga; Dr. Edreira, Lourdes Pérez, Ángel Antonio Martínez, ambos de Ciego de Ávila; Marcelino Cristo, joven geriatra de Holguín; Ramón de Jesús Monteagudo, natural de Santa Clara; Julieta Pastó, de Santiago de Cuba; Cormac Bustillo, médico endocrinólogo. En ocasiones eran invitadas otras personas en correspondencia con el tema impartido en la actividad, como trabajadores sociales, sacerdotes, etc.

En estos encuentros nacionales de formación fuimos aprendiendo sobre las características poblacionales en Cuba, el anciano y la familia, el protagonismo de las personas mayores, estilos de vida saludable , sobre el maltrato al adulto mayor, en fin toda una amplia capacitación gerontológica general que nos permitiera trasmitir estos temas en nuestras comunidades a los animadores, quienes trabajan directamente con los beneficiarios.
Nuestra misión era capacitarlos para que pudiesen animar, ayudar, compartir de una manera democrática a estos grupos de personas mayores en sus diferentes actividades: comedores, lavanderías, talleres de costura y manualidades, grupos de cultura y recreación.

La nuestra era una tarea difícil, pues los grupos de animadores están formados por personas de diferentes niveles sociales, culturales, religiosos o no, y con disímiles modos de actuar. Pero siempre tuvimos la seguridad de que cuando estas actividades se realizan con amor, comprensión y humanidad, se logra el verdadero objetivo: servir a los más necesitados, hacer que se sientan miembros de la sociedad en que viven y lograr elevar su autoestima.
Nuestras visitas a los diferentes grupos no solo sirvieron para comprobar si los animadores eran capaces de llevar a la práctica los temas que le habíamos impartido en los talleres diocesanos; también fueron un estímulo a su ardua labor, ya que al vernos comprendían que no estaban solos, que éramos capaces de reconocer el trabajo que hacen, de profundo corte humanitario.
Durante quince años trabajamos en el Programa, visitamos lugares en ocasiones muy distantes de la ciudad de Santa Clara, algunos de difícil acceso, sin olvidar la sonrisa, suave y sincera, como expresión de agradecimiento de tantas personas mayores con precaria situación económica, tal vez inmersos en un medio social o familiar hostil.

Asistimos a talleres de costura y manualidades en los que pudimos ver cómo mujeres adultas mayores confeccionaban labores con gran esmero, siendo muchas de ellas capaces de trasmitir con amor y sencillez sus conocimientos a niñas y adolescentes, para que esa tradición no quede olvidada por el paso de los años en la época actual. Notamos como estas jóvenes generaciones le impregnaban la frescura, su jocosidad y complacencia a las de edades avanzadas, podemos decir que eran verdaderos talleres intergeneracionales.

Con gran satisfacción acompañamos a grupos de cultura y recreación en los que hombres y mujeres “que peinan canas” realizan ejercicios físicos de acuerdo a su edad, enfermedades que padecen y estado físico-motor, siempre guiados y monitoreados por jóvenes profesores de educación física del INDER (Instituto de Educación Física y Deportes de Cuba).
Algunos de estos grupos de personas mayores realizan visitas a casas de abuelos y círculos de abuelos, instituciones del Estado cubano, logrando así un provechoso intercambio de experiencias entre los mismos. También pudimos ver cómo miembros de Casas de Cultura de algunas localidades asistían a estos grupos, llevándole actuaciones, canciones y la alegría propia de esta institución cubana.
Nuestro equipo diocesano (coordinador y formadores) pudo apreciar con gran satisfacción cómo en muchos de estos grupos de personas mayores el núcleo no era recibir un alimento o una ayuda material. Los beneficiarios, al reunirse, conversan, intercambian opiniones sobre diferentes tópicos que trasmiten la radio, la prensa, la televisión; cuentan anécdotas de sus vidas, realizan oraciones y rememoran hechos acontecidos con anterioridad. En algunos nos sorprendió ver a hombres y mujeres entonando décimas y canciones propias de nuestra cultura campesina, así como decir versos y poesías de su autoría, todo esto como expresión de alegría ante nuestra visita de acompañamiento y dando a entender que a pesar de los problemas propios de la vida, de los cuales nadie está ausente, ellos se sienten personas útiles y necesarias. En estas visitas, los formadores impartíamos algún tema previamente preparado y acorde con el grupo visitado.

Es encomiable la labor animación de estos grupos, tantas personas de bien, capaces de anteponer su acción caritativa para con los beneficiarios a los problemas familiares que en muchas ocasiones se les presentaban, su compañero/a, hijos, nietos, enfermos en la familia. Nuestros animadores nunca le dieron la espalda ni abandonaron esta noble labor social.
En estos quince años han quedado grabados numerosos grupos de nuestra Diócesis de Santa Clara en nuestras mentes y en nuestros corazones:
En el poblado de Santo Domingo, el grupo de Nélida Gálvez, animadora incansable que hace funcionar desde temprano en la mañana un servicio de lavado de ropa, y otro de desayuno y almuerzo donde muchos beneficiarios cooperan en la confección de los alimentos y se le lleva también a las casas a los que se encuentran postrados y muy enfermos.
En un lugar más distante nos encontramos “El Guanito”, donde Gladys, Emma y Roberto elaboran y brindan a beneficiarios un apetitoso almuerzo “al carbón”, como en tiempos de nuestros abuelos.
En el poblado de Manacas encontramos a Cointa, que a pesar de su avanzada edad es capaz de animar a varias personas mayores que realizan ejercicios físicos acorde a sus edades y estado físico, dirigidos por un profesor de Educación Física.
En la comunidad de Cascajal, Manolito y su esposa brindan desayuno y almuerzo a numerosos adultos mayores que se reúnen con amor y alegría.
Muy cerca de la ciudad de Santa Clara encontramos un pequeño poblado llamado Jicotea, donde varias mujeres se reúnen para realizar labores de costura. También allí, animados por Edilia, se les proporciona almuerzo a numerosos beneficiarios, unos vienen al comedor y a los encamados se les lleva a sus casas.
En la legendaria ciudad de Remedios acompañamos a un grupo de mujeres que realizan labores de costura y manualidades, ellas trasmiten sus conocimientos a niñas y jóvenes adolescentes, los sábados, animadas por Migdalia y “Chabela”. Cerca de este local encontramos a “Yiyo” enfrascada en la elaboración de desayuno y almuerzo para un grupo de personas mayores.
Hacia el norte de la provincia de Villa Clara nos encontramos con Caibarién, bella ciudad bañada por el mar, donde un grupo de mujeres se dan cita para realizar labores de costura, estimuladas en su quehacer y recordando tiempos pasados.
En el norte también hallamos a la ciudad de Sagua, donde temprano en la mañana se da cita un pequeño grupo que realiza lecturas bíblicas en espera del desayuno; muy cerca otro grupo de mujeres se dedica a realizar costura y manualidades, aquí Mirta Tornero y el enfermero José Luis se encargan de animarlos.
Casi al centro de nuestra provincia, en la carretera central, hallamos a Placetas, aquí nos sorprende “La Chiqui”, que a pesar de sus años solía interpretar al piano, acompañada por algunas personas mayores, temas de nuestra cancionística popular cubana. Existen allí un taller de costura y un comedor en que se brinda desayuno y almuerzo a beneficiarios. Muy cerca existen dos pequeñas comunidades: “La Mina” y “La Vigía”, donde se reúnen pequeños grupos para disfrutar de un almuerzo y compartir sus inquietudes.
En Yaguajay encontramos un pequeño grupo que comparte desayuno y almuerzo, siendo animados por Teresa Girado.
Visitamos Itabo, un poblado lejano y campestre donde se brinda lavado de ropa y desayuno a un grupo de personas mayores, allí nos recibe Odalys, siempre muy animada.

En una pequeña comunidad llamada “Jorobada” encontramos a la animadora Mayra, que con gusto brinda desayuno y almuerzo a numerosos beneficiarios. Este grupo posee un huerto, así como cría de cerdos, aves, conejos y cabras, como medios de autoabastecimiento al comedor, y algunas de las personas mayores brindan su ayuda diariamente.
En la ciudad de Santa Clara están presentes todos estos grupos: comedores, lavanderías, talleres de costura y manualidades, así como grupos de cultura y recreación. La ciudad cabecera cuenta con animadores entusiastas y llenos de amor como son: Aleida Fabregat, Ileana Fernández, Bernardina Padrón, Nieves Pérez, Miriam y Lucio, Nilda García Lamadrid, Hna. Petrona.
En nuestro Programa no solo efectuamos talleres, cursos, visitas de acompañamiento a los diferentes grupos, sino que también una vez al año tienen lugar los llamados “Encuentros Zonales”, actividad que como su nombre indica se realizan en las tres zonas de nuestro país: La Occidental (en la cual participan las provincias de Pinar del Río, La Habana y Matanzas); la Central (que comprende Villa Clara, Cienfuegos, Ciego de Ávila y Camagüey) y la Oriental (con Santiago de Cuba, Holguín, Bayamo-Manzanillo y Guantánamo-Baracoa).
En estos encuentros se reúnen un grupo de personas mayores de una comunidad seleccionada, acompañado de sus animadores, así como los coordinadores y formadores de cada Diócesis; permanecen durante 3 ó 4 días en convivencia y allí se imparten temas afines a las personas mayores, dando amplia participación a los concurrentes al evento. A los encuentros, además, se visitan lugares de interés de la ciudad cede como museos, galerías, parques, monumentos históricos, iglesias, y se realizan actividades culturales y recreativas.
Nuestro Encuentro Zonal Central desde hace varios años lo realizamos en la legendaria ciudad de Camagüey, allí nos instalamos en el hospedaje adjunto a la Iglesia “La Merced”. Siempre nos reciben, con muestras de alegría y beneplácito, Luis Monasterio, Ana Elvira, Graciela. También podemos mencionar a Coordinadores y Formadores de Ciego de Ávila como Teresa Fuego, Elina, Sonia, Lourdes y Ángel Antonio y los de Cienfuegos: Carmen María, María Teresa, Pedro y Alain. Todos compartimos como hermanos, con una misma finalidad de servir.
En estos encuentros anuales nos inunda una gran alegría, se entonan canciones, se dicen poemas, se juega dominó y cartas, se realizan competencias y actividades casi olvidadas como el “Tesoro escondido”, donde se regalan varios presentes que además de serles útiles a los beneficiarios, siempre permanecerán como un grato recuerdo de esta actividad. Son días que sirven también como reconocimiento al trabajo de animadores, coordinadores y formadores, y refuerzan las relaciones entre todos como miembros de este gran Programa de Personas Mayores (PPM).

Anualmente, en el mes de diciembre, se efectúa un encuentro en la Diócesis donde participan el director de la Cáritas diocesana, los coordinadores y formadores de cada Programa y se invitan a animadores de los diferentes grupos. Allí se resumen las actividades realizadas en el año en favor de las personas necesitadas y los beneficios logrados, recogiendo las inquietudes y preocupaciones de los presentes.
Después, en la ciudad de La Habana, coordinadores y formadores del PPM de todo el país asistimos al Encuentro Nacional de Evaluación, donde la Directora Nacional de Cáritas Cuba, en unión con la Coordinadora Nacional del Programa, exponen los logros del año a nivel nacional y regional, las deficiencias que pudieran haber existido, causas y posibles soluciones, y se planifica el venidero año. Toda esta actividad va enmarcada en el deseo de todos de mantener y mejorar nuestro trabajo hacia aquellas personas mayores necesitadas en nuestro país.
En diciembre del 2011 fallece nuestra formadora María Lourdes Cobo, víctima de una larga enfermedad, quedando como formadores del equipo mi esposa Marta y yo, junto a la coordinadora Gloria. Tiempo después se nos incorpora como formador Reydel Robles Delgado, Profesor de Economía de la Universidad “Marta Abreu”, de Santa Clara, persona de una gran capacidad laboral, sencillo, de profunda base cristiana y con deseos de ayudar en esta hermosa labor humanitaria. Ya completo el Equipo, nuevamente, continuamos nuestras labores según el PPM (Programa de Personas Mayores).
Años después, en febrero del año 2016, nuestra querida Coordinadora Gloria Fariñas nos abandona físicamente a consecuencia de una penosa enfermedad, pérdida irreparable que dejó una profunda herida en nuestros corazones, ya que supo entregarse por completo a tan meritoria y humana labor de servir a las personas necesitadas con verdadero amor. Un tiempo después, el formador Reydel Robles pasó a ocupar el cargo de coordinador del Programa de Personas Mayores de nuestra Diócesis. Continuamos así este largo camino con igual deseo de trabajar en favor de los más necesitados.
Un tiempo después (años2016—2017) se nos incorpora como tercer formador Rafael Rodríguez Rivas, médico geriatra-gerontólogo que resultó una notable adquisición por su experiencia laboral con personas mayores.

En nuestro cotidiano andar, Marta y yo confeccionamos una serie de plegables de base gerontológica con la finalidad de educar y proporcionar ayuda sencilla y comprensible a los cuidadores de personas dependientes en diversos tópicos de la vida diaria, así como para tratar de solucionar situaciones que pudieran presentarse en su trabajo. En los mismos expusimos temas sobre alimentación, higiene personal y del hogar, maneras de accionar ante eventos que se presenten en el cuidado de estas personas, cómo lograr que el cuidador realice su difícil labor sin que sufra daños irreparables sobre su salud. Estos plegables los fuimos distribuyendo con la ayuda de los visitadores de enfermos en las diferentes comunidades eclesiales para que llegasen a las manos de los cuidadores y que se les explicase a los mismos sobre su contenido.
A partir del año 2015, Shirley Núñez comienza a ocupar el cargo de Coordinadora Nacional del Programa de Personas Mayores, persona sencilla, muy comprensible y dedicada a su labor, siempre dispuesta con una amplia sonrisa a darnos orientaciones y a escuchar nuestras inquietudes.
En el año 2019 realizamos un Encuentro con animadores y beneficiarios de los grupos de GDH y Aprendiendo a crecer en el cual estuvieron presentes la Coordinadora Diocesana de estos programas, Vanesa Hernández, y sus formadores. En el mismo se expusieron numerosos trabajos realizados por grupos de personas de diferentes comunidades, tanto de personas mayores como de GDH y Aprendiendo a Crecer. Ese día contamos con la valiosa presencia de la coordinadora nacional del PPM, Shirley Núñez, que se mostró satisfecha por la labor desplegada.
Resulta duro sentirse excluido en la sociedad, como algo inservible, que no aporta nada material tal vez a causa del deterioro físico y mental, por el paso de los años, sin que seamos capaces de valorar tantas experiencias acumuladas en el largo camino recorrido, tantos triunfos y alegrías vividas, muchos de los cuales pueden ser trasmitidos a las nuevas generaciones con el propósito de servir con amor y desinterés a los demás.
En situaciones así, es importante que sepamos comprendernos, teniendo la certeza de que como seres humanos somos capaces de cometer errores, que siempre necesitamos de una mano amiga, que no debemos perder ese “calor humano” a pesar de las dificultades que se nos presenten.
Mi esposa y yo estamos convencidos que en este largo camino que juntos hemos recorrido durante todos estos años hemos entregado mucho amor. Tenemos la certeza de haber cumplido el Sagrado Deber de servir al necesitado con verdadera satisfacción y hemos logrado que las personas mayores tengan calidad de vida, que se sientan útiles hasta el final de sus vidas, es algo que nos alienta y reconforta.
Pero también recibimos una gran satisfacción, un inmenso placer: el agradecimiento de tantas personas necesitadas de ayuda; no solo material sino también en el aspecto espiritual.

En verdad en esta labor se nos exige esfuerzos, sacrificios; en no pocas ocasiones dejar a un lado asuntos familiares y laborales. A veces llegamos al agotamiento a causa de disímiles tareas a cumplir. Pero estamos convencidos de que al llenar las necesidades de otras personas, descubrimos que las nuestras son suplidas. Que el verdadero gozo se recibe por medio de servir, no por medio de ser servido. Cuántos rostros llenos de alegría, de regocijo, han quedado para siempre en nuestra memoria, de tantas personas mayores al recibirnos en sus grupos en numerosas comunidades. Tenemos la certeza que también ellos, animadores y beneficiarios, nos han regalado Amor sin límites en todos estos quince años.
Siempre estaremos agradecidos a Monseñor Arturo González Amador, Obispo de la Diócesis de Santa Clara, por su valiosa ayuda al Programa de Personas Mayores de Cáritas Santa Clara, su sensibilidad e interés en la ayuda a estas personas en estado de dependencia.
No podemos dejar de mencionar la valiosa ayuda brindada por Cáritas Alemania y Cáritas Española. No solo en el aspecto material, sino también en el asesoramiento de nuestro trabajo. Siempre recordaremos a Christel Wasiek, Presidenta de la Fundación Pro Adultos Mayores en el mundo, de Alemania, quien fue capaz de trasmitir sus experiencias a todos los que tuvimos la suerte de conocerla.
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