Paciencia de una vida

Texto y foto: Roberto Alfonso Lara

Cienfuegos- 10 de marzo de 2021— Cristina Enriquez Martínez ha tenido que juntar toda la paciencia del mundo para criar a su Juani. Tiene ahora 91 años. Es una mujer delgada y de cabellos plateados que conserva el estoicismo aun en la vejez. Escucha y habla con dificultad, pero nadie más podría hacerlo tratándose de su hijo, Juan De la Grana Enriquez, un hombre de 50 de edad que vive con Síndrome de Down (SD).

No sabe si es una década o dos el tiempo que ambos comparten como beneficiarios del taller “Sembrando siempre amor”, de la Catedral de Cienfuegos, perteneciente al programa Aprendiendo a crecer de Cáritas. “Llevo cantidad de años”, dice, luego de sumergirse en el polvo de almanaques y hechos que presumen del color sepia.

“Él fue de los primeros”, recuerda casi de súbito. “Me vinieron a avisar para que lo llevara, que iba a comenzar una escuelita para ellos. Yo asistí ese día y había otras madres, con ‘niños’ igual a Juani y algunos que estaban mejor. Nos dijeron que la semana próxima, y allí empezamos”.

Por instantes, Cristina pareciera sorprenderse de su propia lucidez mientras desordena años y evoca el retrato de pasajes vividos. “Cuando era chiquitico —prosigue—, lo tuve bastante malito y hubo que ingresarlo. Lo llevaron para Santa Clara y después para el ‘William Soler’, en La Habana, donde recibió buena atención y me dijeron que iba a costar trabajo que aprendiera. Se le había afectado mucho el cerebro, porque a él le daban unas convulsiones así, y así, para atrás…”. La alusión a la escena es muy triste y pertubardora.

Desde entonces supo que tendría que luchar mucho y procurar la calma, no únicamente porque el doctor se lo comentara; también lo hizo Martica Muñiz, la profesora de los inicios del taller: “‘China —dijo— tienes que tener paciencia’, y yo le respondí: ‘más de la que tengo, si toda mi vida he estado con él, y sola desde que perdió a su papá’”, relata.

Cristina viaja a las memorias y trae aquellos días en que Juani salía a pasear con su padre cuando no había clases. “Los domingos era el fútbol sala y se iban tempranito a dar una vuelta por ahí”, dice, sin dejarse inquietar por la nostalgia, y repite: “yo he tenido que luchar mucho con él”.  Nadie puede dudarlo, pero acaso ella siente que el calendario se deshoja y busca las maneras de esquivar la estación.

“A él le gusta estar en la escuela y hace lo que la maestra indica; sin embargo, no veo que trabaja bien como los otros ‘muchachos’. Con la pandemia, a veces coge la ropa para vestirse y me dice ‘vamos’, y tengo que explicarle que todavía no hay escuela: ‘Papi, todavía no hay escuelita’. La extraña mucho y prometí que cuando empiece lo llevo, si me dejan ir”.

Teresa, la hija, cuida de los dos y alega que la madre casi no puede caminar y se cansa mucho. Que Juani es muy dependiente, aunque laborioso, le place ayudar y aprende con rapidez los nombres de las personas.

“Nosotros —apunta Cristina— salíamos, y yo no venía para la casa, me quedaba en la Catedral hasta que fueran las once de la mañana para traerlo. Ahora hay que averiguar cuándo vuelve a comenzar, porque me sigue preguntando y tengo que decirle que todavía no”.

Así de maternal y serena se muestra siempre. Juani, a contrapelo de lo que comúnmente sucede, es la razón por la que ha sabido vivir con paciencia, a la espera de todo lo que sea bueno para él. En la sala de su casa, sentada en un viejo butacón, aguarda el momento de  poder salir juntos de nuevo.

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