Osmel y la felicidad: una historia de perseverancia
Texto y foto: Roberto Alfonso Lara
CIENFUEGOS.- Mientras Osmel retoza intranquilo en el patio de la Iglesia de Montserrat, Naydachi, su madre, se pregunta si finalmente encontrará para él ese sitio que busca.
Sentados a la sombra de un almendro, Naydachi me cuenta que su hijo, de cinco años, fue diagnosticado como autista, con un trastorno asociado de hiperactividad.

“Llevaba tiempo buscando una respuesta para la situación de Osmel y ya se había valorado la posibilidad del autismo; incluso, la habían descartado. Entonces nos fuimos a La Habana, y allí consideran otra vez esa opción. No quise aceptarla porque sabía lo que era, y cuando me lo dijeron, reaccioné muy mal.
“Al principio uno llora, se deprime; necesita saber qué pasó, por qué, en qué erramos; pero luego vamos conformándonos. Ahora mismo lo que más me importa es hacer: qué debo hacer para que mi niño esté bien y salga adelante”, asegura Naydachi Caro Sabina.
La presencia de ambos —junto al padre y el hermano mayor de Osmel— en una de las actividades organizadas por el programa Aprendiendo a crecer, de Cáritas Cienfuegos, habla a favor del consenso familiar en pos de proveerle al pequeño toda la felicidad posible.
“Nuestra mayor preocupación es el futuro: qué puede pasar con él y qué opciones reales tiene, afirma Naydachi. Cuando uno comienza a indagar a través de otros padres, con mayor experiencia, tropiezas con un límite, un momento en el que todo parece acabar.
“Cienfuegos dispone, por suerte, de una escuela de autismo. Al inicio le hice rechazo porque sentía que mi hijo era diferente al resto; después me sirvió de mucho. Conocí otras realidades similares o más complejas. Por ejemplo, Osmel tiene el lenguaje un poco enredado, no es totalmente claro ni funcional, pero me dice mamá. Allí supe de padres que nunca han escuchado a sus niños llamarle mamá o papá.
“También intercambié con otros, cuyos hijos ya egresaron de ese centro tras cumplir los 18 años y hoy afrontan una situación complicada. ¿Qué pasa con ellos después? ¿Qué otros lugares les brindan ayuda y aceptación? ¿A dónde pueden ir sin ser bichos raros? ¿En qué espacios pudieran aprender otras cosas?”.
Osmel todavía es un niño, sin embargo, Naydachi teme que con el paso del tiempo ella pueda hacer menos y desde ya puja por un sitio para el muchacho, donde su intranquilidad, sus caprichos —propios del trastorno que padece—, no le impidan incluirse en ámbitos de socialización que contribuyan a su desarrollo.
“Por eso estamos acá, donde participan varios talleres de Aprendiendo a crecer, para evaluar a cuál pudiera sumarse—comenta—. De momento, le han abierto las puertas y eso nos complace. Generalmente no encuentras ni talleres ni proyectos socioculturales para niños autistas, porque el manejo con estos casos resulta difícil. Aquí, al menos, percibo la intención de llegar a ellos.
“Osmel no dice lo que siente, aunque sí lo manifiesta. Cuando está bien en un lugar, abraza a las personas, se acerca, deja de encerrarse en sí mismo. Desde que llegó a Montserrat actúa como si hubiese venido muchas veces. Este sitio no le ha sido extraño”, sostiene orgullosa y con la esperanza asomada en su semblante.
En la actividad, Osmel apenas logra permanecer en reposo: aplaude, corre, tira la pelota, salta, baila, grita…Sus padres se ruborizan, pero el niño es feliz. Naydachi, apenada, sonríe, inmersa en la incógnita de su vida.
Visitas: 1
