No nos dio tiempo a salvar

Texto y fotos:Melissa Cordero Novo

Cuando la noche se hizo más oscura el nivel del agua sobrepasó los límites sospechados. Hacía varios días que llovía. El pueblo estaba húmedo. Todos en sus casas aguardaban alertas, pero esa madrugada algo imprevisto los sorprendió y el tránsito hacia el alba se convirtió en un tormento. Raque y Celia son dos personas mayores y aseguran que en los 40 años que llevan viviendo en Aguada de Pasajeros nunca el agua les había entrado en las casas como ahora. La tormenta subtropical Alberto trajo a Cienfuegos experiencias dolorosas.

Ha transcurrido casi un mes del fenómenopero Raquel Gil Valentín aún padece de una gripe que se le agarra del cuerpo con insistencia. Casi no puede hablar con claridad y me cuenta su historia despacio y con los ojos llenos de imágenes.

Roque Gil

“Todo fue muy rápido, muy violento, no nos dio tiempo a salvar prácticamente nada porque el nivel del agua subió mucho en poco tiempo. En la casa se me mojó todo, dos colchonetas, una cama pequeña y el colchón mío; un cartón que tenía como bastidor se me hinchó y el escaparate también.La ropa la pude salvar porque fue una de las primeras cosas que guardé en alto, perose me mojó además el refrigerador, la lavadora y un quintal de arroz. Mi casa todavía tiene las paredes mojadas”.

Raquel vive sola y todo el tiempo de la tempestad se mantuvo en su casa, resistiendo la presión, la oscuridad y la frialdad del agua que demoró en salir 7 horas—, e intentando salvaguardar algunas pertenencias, aunque le fue casi imposible. “Ya por la madrugada lo vecinos vinieron y me subieron el refrigerador encima de la meseta, me levantaron la lavadora y me sacaron la turbina y las balitas del gas debajo del agua.
“Imagínate lo que pasamos…, fue muy triste ver cómo se me destruía lo que con mucho sacrificio había conseguido: los muebles, los cojines, los adornos;todavía voy a buscar algo y no lo encuentro”.

Gil Valentín me cuenta que fue muy raro la repentina subida del agua y que temporalmente era imposible que aquello se debiera solo a la lluvia. “En realidad nadie nos explicó qué había pasado —afirma Raquel— ni dijeron que habían abierto las compuertas de la presa, pero sí dicen que se fue una de esas compuertas y por eso fue la crecida tan grande. Yo decía: ‘el agua me está llevando, me tengo que agarrar’, el teléfono sonaba y yo no podía llegar, no podía caminar. El agua entraba por la sala y salía por la cocina. Al otro día en el patio encontré zapatos, medias, jarros, cestos de basura… y muchas otras cosas las perdí. Los frutales se cayeron y todas las matas estaban borrachas.

“Lo otro que ocurrió fue que muchas personas que siembran, como un vecino cercano a mi casa, tenía en su patio 40 sacos de abono y eso se mezcló con el agua y fue arrastrado. Recuerdo que el agua estaba muy fría, sucia y tenía peste. Me comencé a poner morada y todavía estoy con la gripe, tengo mucho asco en el estómago, me siento mal. Al otro día de la inundación a todos en el pueblo, por salud pública, nos dieron 2 pastillas antibacterianas y nos vendieron las colchonetas.

“Hemos ido tratando de sobrellevar las cosas. Yo había pintado mi casita hacía poco y todo está sucio, los pisos no tienen color ni brillo, están blancuzcos”.
Celia Rivera Hernández me cuenta que ella no quiso salir de su hogar en un inicio y que a las cuatro de la madrugada su nieto tuvo que llevarla casi a rastras a través del agua que ya les llegaba por la cintura.

Celia Rivera H

“Cuando crece el río dice Celia a mí me entra agua, pero poca, ahora fue tremendo. Todo nadaba en el agua yen mi casa demoró 2 días para salir. Al día siguiente las Hermanas de acá de la parroquia fueron las primeras que llegaron a auxiliarnos y se encontraban los zapatos desde la entrada del portal. Yo aún tengo dolor en los huesos, se me enfermaron los pies porque el agua tenía mucho churre”.

Tanto Raquel como Celia afirman que la ayuda de Cáritas fue muy beneficiosa, “sobre todo por el gesto bonito que tuvieron con nosotros y pudimos remediar con los donativos que nos dieron”.

La Hermana Sagrario de la Orden de Las Carmelitas de la Caridad me narra otros testimonios que ella vivió en sus acompañamientos. “Las personas de acá han perdido todo, los colchones no les sirven para nada, algunos los han puesto a secar pero la guata tiene tal peste que no creo que los puedan utilizar. La mayoría de la gente que estuvo cubierta por el agua está llena de erupciones en la piel, de hongos en los pies que no se les quitan. Laspérdidas materiales han sido fuertes, lo que pasa, como dicen ellos, es que tienen vida y entonces: adelante.

“En Campiña —que es un pueblecito de Aguada— mucha gente se ha salvado porque se subieron a las rejas de la puerta y resistieron con la cabeza pegada al techo, o encima de las mesetas agarrados fuertes a la ventana.Un viejito que abrió la puerta fue arrastrado por el agua todo un patio, llegó al otro y quedó enganchado en el tronco de un árbol hasta que lo recogieron allí. El peligro fue muy grande y muchos perdieron las cosechas de arroz que habían recogido para vender.Hay testimonios muy bonitos de solidaridad entre los vecinos y todos están muy agradecidos con la ayuda de Cáritas que fue un poco para todos.

“Por otra parte, los responsables de la presa no explicaron qué pasó, pero lo cierto es que ha sido un desastre en el pueblo y enlas otras comunidades: en Covadonga fue terrible y en Campiña se inundó el cementerio y muchos han visto los cadáveres flotando, hay una infección tremenda allí”.

Los desastres naturales son imprevisibles, los pobladores de Aguada están habituados a las crecidas del río, las lluvias, las pérdidas de las cosechas, pero Alberto les trajo otras desgracias innombrables.

Las palabras de Raquel y Celia aún están húmedas.

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