Mercedes Llerena Pando: voluntaria en el Programa Aprendiendo a crecer de Cáritas Pinar del Río
Por: Equipo de comunicación Cáritas Pinar del Río

En un mundo donde la empatía y la comprensión son esenciales, figura Mercedes LLerena Pando, una voluntaria que ha dedicado más de diez años de su vida al Programa Aprendiendo a Crecer. Este programa, perteneciente a la diócesis de Pinar del Río, se centra en el apoyo y la integración de niños con Trastorno del Espectro Autista (TEA).
Mercedes, como responsable del grupo Arcoiris de Amor, transforma vidas y contribuye a crear un entorno más inclusivo para los pequeños y sus familias.
El compromiso de ser voluntario en Cáritas
«Ser voluntario de Cáritas significa comprometerme a ayudar a los más necesitados y contribuir a su bienestar. Implica dedicar tiempo y esfuerzo para apoyar a personas en situaciones de discapacidad, ya sea a través del acompañamiento emocional o la promoción de la inclusión social.
Además, es una oportunidad para aprender, crecer y desarrollar habilidades interpersonales, así como para trabajar en equipo con otras personas que comparten el mismo propósito. Es un acto de solidaridad que no solo beneficia a quienes reciben la ayuda, sino que también enriquece la vida de nosotros los que decidimos involucrarnos, fomentando valores como la empatía, la generosidad y el respeto por la dignidad humana».
Motivaciones y fortalezas en el camino del voluntariado
«Mis motivaciones para trabajar en el programa van encaminadas a lograr un compromiso social, contribuyendo al bienestar y a ayudar a personas en situación de discapacidad y sus familias. A servir de apoyo y crear un impacto positivo en la vida de niños, adolescentes y jóvenes, ayudándolos en su desarrollo personal y educativo para que puedan adquirir nuevas habilidades y ver su progreso y crecimiento emocional.

La oportunidad también de trabajar con otros voluntarios y profesionales que comparten intereses y valores similares a los míos, creando un sentido de comunidad.«
Fortalezas que le genera servir como voluntaria
«En mi caso personal, la empatía primero que todo porque me ha ayudado a desarrollar una mayor comprensión y sensibilidad hacia las necesidades y experiencias de los beneficiarios y sus familias. Mis habilidades comunicativas se han expandido más y eso me ha ayudado a mejorar la capacidad para escuchar, expresar ideas y trabajar en equipo. A ser más resolutiva ante los problemas para poder enfrentar los desafíos de manera creativa y motivar a otros, así como para tomar decisiones en situaciones desafiantes. Me ha servido para aumentar mi autoestima y la confianza en mí al ver el impacto positivo que mi trabajo tiene en los beneficiarios y sus familias. Y por último, a ampliar mis redes de contactos y crear amistades significativas con personas y conocer sus realidades.«
Promoviendo la inclusión social
«Considero que la inclusión de las personas con discapacidad es un compromiso que debemos asumir como sociedad. Fomentando una cultura de empatía, donde entendamos las experiencias y desafíos que ellas enfrentan. Escuchar sus historias nos ayuda a crear un entorno más comprensivo. Sería fundamental la accesibilidad universal, o sea que todos los espacios, tanto físicos como digitales, sean posibles a los beneficiarios y sus familias. Esto incluye edificios, transporte público, servicios en línea y más porque la accesibilidad beneficia a todos y aún persisten barreras al respecto.
Continuar promoviendo la educación inclusiva desde temprana edad para ayudar a derribar estigmas y construir una sociedad más tolerante. La diversidad en las aulas enriquece el aprendizaje de todos los estudiantes no importa la discapacidad o no que tengan.
Dar voz a las personas con discapacidad en los medios de comunicación y en la toma de decisiones. Su perspectiva es valiosa y puede guiar políticas y prácticas más inclusivas.

Que la inclusión laboral de personas con discapacidad no solo sea un derecho, sino que también enriquezca a los diferentes ámbitos laborales con sus diversas habilidades y experiencias. Por último; cambiar la narrativa sobre la discapacidad; porque en lugar de enfocarnos en sus limitaciones, debemos celebrar las capacidades y contribuciones únicas de cada beneficiario o persona con discapacidad. Al final, la inclusión es un camino que requiere el esfuerzo conjunto de todos. Cada acción cuenta y puede marcar la diferencia.«
Un viaje de crecimiento espiritual
«En mis comienzos como voluntaria dentro de programa me resultaba un tanto difícil lograr mi trabajo por miedo a no poder aplicar mis conocimientos profesionales en beneficio de las personas que lo integraban, pero todo eso cambio a raíz del «diagnóstico de mi hija».
Ser madre de una niña con trastorno del espectro autista (TEA) puede ser un viaje lleno de desafíos, pero también de profundas lecciones de crecimiento espiritual.
Desde el nacimiento de mi hija, supe que su camino sería diferente. A medida que crecía, comenzaron a surgir comportamientos que no encajaban con lo que la sociedad consideraba «normal». Al principio, me sentí abrumada por la incertidumbre y el miedo. La idea de que no podría comunicarme con ella como deseaba me llenaba de ansiedad.
Un día, mientras jugábamos, noté que mi hija se sentía atraída por un cajón de Legos (piezas de construcción plástica de diferentes colores y tamaños con los cuáles se arman figuras). En lugar de forzarla a jugar con otros niños, decidí seguir su impulso. Nos sentamos junto al cajón y la observé. Ella tocaba los bloques, los tomaba en sus manos, sonriendo y riendo con cada movimiento que hacía al poner uno encima de otro y lograr hacer un edificio. En ese momento, comprendí que había belleza en su forma de experimentar el mundo.
Esa tarde, mientras la veía disfrutar del juego, me di cuenta de que estaba aprendiendo a apreciar las pequeñas cosas de la vida. Mi hija me estaba enseñando a ser presente, a encontrar alegría en lo simple y a valorar cada pequeño logro. Su forma de ver el mundo era única y, a través de ella, empecé a entender que la conexión no siempre se establece a través de palabras, sino a través de momentos compartidos y emociones.
Con el tiempo, aprendí a dejar ir mis expectativas y a abrazar la singularidad de mi hija. Cada día se ha convertido en una oportunidad para crecer juntas. Comencé a meditar y a practicar la gratitud, enfocándome en los momentos positivos y en las lecciones que cada desafío trae consigo.

Este viaje me ha enseñado sobre la resiliencia, la paciencia y el amor incondicional. He aprendido a ser una madre más compasiva, no solo hacia mi hija, sino también hacia mí misma. La espiritualidad se ha convertido en un refugio donde encuentro paz y fortaleza.
Hoy, miro hacia atrás y reconozco que ser madre de una niña con TEA ha sido uno de los mayores regalos de mi vida. Me ha llevado a un crecimiento espiritual profundo y a una comprensión más amplia del amor en todas sus formas. La conexión que compartimos es un recordatorio constante de que cada ser humano es único y valioso, y que nuestras diferencias son lo que nos hacen especiales. Muchas veces el crecimiento espiritual no siempre proviene de grandes lecciones o momentos trascendentales. A veces, se encuentra en la simplicidad de una verdad compartida por alguien que ha aprendido a ver el mundo desde una perspectiva diferente. Mi hija me ha recordado la importancia de la autenticidad y la aceptación, tanto en el arte como en la vida misma.«
Cada acción cuenta

La labor de Mercedes Llerena Pando en el Programa Aprendiendo a crecer es un testimonio de cómo el compromiso hacia la inclusión y el enfoque en el crecimiento personal de los beneficiarios son ejemplos inspiradores para todos. A través de su historia, queda claro que cada acción cuenta y que todos podemos crear un entorno más comprensivo y solidario para las personas con discapacidad porque al final del día, la inclusión no es solo un objetivo: es un camino que debemos recorrer juntos.
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