Mercedes, la maestra
Fotos: Lourdes Abuin
Por Lianet Fundora Armas

¿Qué le pasó a esa maestra?
¿De verdad ella es maestra?
¿Dónde está el brillo en sus ojos?
Mercedes Suáres Piñeiro
Hubiese querido entrevistar a Merci en el sitio donde ejerce la docencia, contemplar ese momento en que los rostros infantiles hacen su entrada y se abalanzan sobre aquella mujer cuyo instinto maternal la convierte en puerto seguro, en punto de giro para la historia de muchos alumnos.
“Cáritas llegó para convertirse en el proyecto de amor más grande que he llevado a cabo. Cuando pensé que el adiós a las aulas iba a ser definitivo, Martica Choong, de mi parroquia La Milagrosa, me comenta acerca del programa Grupo de Desarrollo Humano y la posibilidad de brindar un refuerzo escolar a los estudiantes más necesitados.
“Poco a poco la idea se fue materializando. La dirección de la escuela primaria Francisco Vega Alemán escuchó de forma receptiva mi propuesta de apoyarles y en un horario extraclase atender a esos educandos que presentaban mayor dificultad. Fue increíble volver a ese centro educativo donde una vez fui directora. Al inicio nos reuníamos en el comedor, actualmente son alrededor de 15 y contamos con un aula. A decir verdad, no me importaba dónde fuese, les dije: si desean pongo una mesa debajo de un árbol, ¡yo soy guerrillera!”
Merci se desenvuelve con vitalidad. Lleva el cabello siempre arreglado y tanto su complexión delgada como la elegancia al andar, conspiran para hacer increíble el hecho de que 87 amaneceres se ciernen ya sobre su vida.
La primera vez que la escuché hablar frente a otros colegas les explicaba cuán importante era el respeto y cómo el profesor jamás puede destruir la autoestima o la esperanza de sus pupilos. “No vas a aprender nunca”, “eres el peor”, —quien se atreve a pronunciar esas frases no es digno de enseñar —, asegura.
“Yo les exijo trabajar a mis niños. Cuando alguno tiene dificultad lo traigo a la pizarra para explicarle de forma diferenciada, hacemos competencias, ideamos medios de enseñanza… Mi hija Ileana me ayuda en todo. Ella es Ingeniera Industrial ya jubilada y ha sido indispensable ese entusiasmo con el cual se suma al proyecto. Resulta una suerte de auxiliar y se encarga de preparar las meriendas, intenta complacer los gustos de los muchachos. Sé que ellos la quieren muchísimo.
“No voy a negar que el comienzo fue complejo. Llegaban molestos al repaso, con la mirada esquiva. Ahora solo reina la alegría cuando uno de ellos anuncia: “¡Ahí viene la maestra!. Los padres también han cambiado su perspectiva, se han vuelto cercanos y se sienten agradecidos.
MIRADAS A LA RAÍZ DE LA VOCACIÓN

El magisterio llegó a Mercedes sin anunciarse, como esos designios que al inicio no comprendemos y luego estremecen nuestra existencia, al punto de reconocer que en ellos hallamos la auténtica felicidad.
“En el año 1970 muchos profesionales del sector educacional emigraron. La escuela a la cual asistían mis hijos sufrió como tantas otras el impacto de aquella problemática y un día la directora se acercó a las madres y pidió ayuda. Yo fui una de las que se brindó. Estábamos a mediados de curso y no había presupuesto para pagarnos.
“Así fue como me dieron un aula de segundo grado con muchos estudiantes repitentes, algunos de 15 años. Me había graduado de laboratorio industrial, pero nunca ejercí la carrera, porque en aquella época la mayoría de las mujeres debían consagrarse al esposo, los hijos, la casa”.
Contra todo pronóstico Mercedes logró que el grupo completo avanzara. Aquella pasión que descubrió entre pizarrones y pupitres no se circunscribía a la rutina escolar. Cada sábado los niños con mayor dificultad encontraban resguardo en su hogar para recibir una atención diferenciada.
“¡Me di cuenta que yo había nacido para ser maestra! Después vino el reto de la superación. Primero estuve en el IPE (Instituto Profesional de Educación) y más adelante llegó la oportunidad de cursar estudios superiores. Pertenezco al primer grupo de licenciados que se graduaron en la Habana. Aquello fue tremendo, porque había que trabajar y estudiar a la vez”.
Diversos son los desafíos que avalan su trayectoria, entre ellos haber sido directora del Goicuría, un centro con matrícula superior a 1000 niños; así como cumplir misión en la Isla de la Juventud.
“No he parado de estudiar. Siempre hay que consultar materiales de psicología; o remitirse a un libro de texto. El día que no busques superarte, ya dejaste de ser maestra.

“Cáritas ha sido una bendición para mí, porque a pesar de mis años me siento útil. Nadie me ha ofrecido más comprensión, más cariño, más confianza, más crédito que Cáritas. Pido a Dios que me de fuerzas para continuar entregando lo mejor de mi vida a mis alumnos”.
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