Lourdes Fraga: miradas de una mujer consagrada a servir
Fotos: Lourdes Abuin
Por Lianet Fundora

— Si me vas a entrevistar ten cuidado porque yo soy disparatera- Nunca voy a olvidar el saludo de Lourdes Fraga justo en la puerta de su casa ubicada en la ciudad de Matanzas.
Esa manera desenfadada de recibirnos fue la certeza de que las horas de diálogo estarían marcadas por la espontaneidad.
La vocación de Lourdes fue el magisterio. Quizás por eso su discurso es directo, despojado de toda hojarasca, pero capaz de mantener en vilo a los espectadores. Sabe contar su propia historia de tal forma que hay puntos de inflexión a veces hacia la nostalgia, otras hacia la risa.
Reclinada sobre el asiento se acomoda cuando ve los dedos sobre el obturador de la cámara – ya empezaron los retratos- protesta y yo me concentro en la expresión de sus ojos, que más allá de las propias cruces, saben medir el peso del madero asido a las espaldas del prójimo.

La sala donde nos acomodamos es pequeña pero acogedora. Se trata de una entrevista atípica porque no estamos a solas. Nos acompañan Ileana Sarmentero, formadora de Formación Institucional, quien ha sido testigo del trayecto de Lourdes; Isel Gómez, coordinadora del Programa de Personas Mayores (PPM) y Lourdes Abuin, también encargada de la comunicación, que se mueve constantemente para captar las imágenes.
“Conocí la esencia de Cáritas en Matanzas incluso antes de que llevara ese nombre. El Padre Ramón, en la Parroquia El Carmen, tenía todo un movimiento de ayuda. En tiempos difíciles se las arreglaban para ofrecerles comida a las personas mayores. En ese momento no me involucré totalmente porque era directora de escuela y tenía muchas responsabilidades, pero mi esposo, que manejaba una ambulancia, trasladaba los alimentos, hay anécdotas increíbles de aquellos días.
“Mis trillizas crecieron corriendo en el patio de esa parroquia y ya tienen 40 años. ¡Ah no te he hablado de ellas!. Yo tuve un varón fruto de mi primer matrimonio y cuando salgo embarazada de nuevo el doctor me dice que serían tres. Recuerdo que una vecina me gritó “se te desgració la vida” y yo le dije no, Dios me la bendijo. Y así mismo fue. Mis cuatro hijos son lo más grande que tengo. Todos están bautizados, lamentablemente su padre muere y luego de ese golpe las muchachitas no continuaron asistiendo igual a la Iglesia”…
—¿Lurdita pero antes de formar parte del equipo de Cáritas fuiste catequista también no? – la interpela Ileana, para ganarle al silencio que se expande siempre que alguien rememora una tristeza.
“Yo impartí catecismo primero. Es que son tantas cosas que a veces uno no recuerda todo lo que ha hecho. Pero volviendo a Cáritas, creo que el punto de partida de mi trayectoria fue conocer a Rosita Rodríguez Pascual, una mujer extraordinaria que animaba el grupo de la tercera edad en el Carmen. Junto a ella descubrí cuán importante era servir, visitábamos el hogar de ancianos y cuando ya no pudo continuar, el Padre Miguel Ángel me pidió que asumiera. Fue maravilloso. Extraño tanto ese trabajo…
-Y ellos a usted, le interrumpe Isel. “Cuando te mencionamos hasta las lágrimas asoman al rostro de los beneficiarios. Si tuviese que hacer una analogía, pues me atrevo a afirmar que son como los pétalos de una flor donde siempre serás el centro”.
Lourdes se sonroja. Le pregunto cuál es el secreto para captar durante tantos años la atención del grupo sociocultural que invariablemente se reunía cada viernes, una cita que no abandonó ni siquiera cuando asumió otras responsabilidades en el equipo diocesano.
“Cuando estoy con ellos me transformo: juego, canto, brinco… Algunos llegaban agobiados por los problemas cotidianos, pero siempre les decía: al levantarse pónganse delante del espejo y repitan: ¿cómo me siento? Me siento bien y voy pa’ alante.

“Cáritas me enseñó a ponerme en la piel de todos, a mirar sus sufrimientos, sus sueños… Una vez se me ocurrió hacer una dinámica que consistía en que escribieran en un fragmento de papel sus necesidades y luego las colocaran en una cajita. Lo que vi ahí no te lo puedo explicar, yo lloré. Hasta hace poco tuve guardados esos papeles. Comprendí también que ofrecerle aquellos espacios de espiritualidad era imprescindible.
“Igual me sucedía durante las visitas a personas en situación de vulnerabilidad. Tengo experiencias que todavía me erizan la piel. Íbamos a apoyar el servicio de comedor en los municipios. No se me olvida que en Jovellanos había un hombre encamado y su única compañía era un gallo. El animal estaba ahí parado en el tubito de la cama y el señor me repetía que eso era todo cuanto tenía en el mundo”.
Una de las trillizas pone pausa al diálogo para ofrecernos café. Dejo reposar el bolígrafo sobre la agenda para beber un sorbo mientras el filo del mediodía se cierne sobre la sala. Lourdes está más relajada, se acomoda sobre el sillón. En la pared del fondo distingo los retratos de su numerosa descendencia. Cuán dichosos han sido por tener a esta mujer que sonríe mucho y al hablar transmite una valentía que solo proviene de la fe.
“Es importante referirnos a la etapa en que fuiste coordinadora de Formación General”- señala Ileana. “Su estilo era auténtico. Juan Fredy y yo aprendimos trabajando junto a ella. Cuando debíamos impartir un tema nos decía llévense el material y traigan sus propuestas. Luego nos sentábamos los tres y discutíamos cada aspecto, eso nos permitía impartir lo mejor posible el contenido”.
Lurdita asiente y nos cuenta sobre aquellas jornadas donde cada miembro del equipo desempeñaba múltiples funciones, desde cocinar, hasta apoyar en la labor con los Síndromes de Down, otra de las experiencias que más le impactó.
“Nos reuníamos y antes de terminar los llevaba al Santísimo, allí les enseñé a rezar. A muchos los preparé para el sacramento de la comunión”.

La salud de Lourdes desde hace algún tiempo le impide asumir las tareas que durante décadas fueron parte vital de su presencia en Cáritas. No obstante, su huella persiste en tantas personas que todavía hoy se acercan a visitarla llenas de añoranza.
“Puedo decir que me sentí más realizada que en mi propio trabajo. Aquí me estremeció el agradecimiento. No se trata de lo material, sino de esa alegría que se desborda cuando los beneficiarios te reciben. Cáritas ha sido amor y enseñanza, ha sido una escuela para mí”, concluye y la cámara logra captar al fin la expresión de sus ojos, bendecidos por Dios para mirar más allá de sí misma.
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Hermoso texto. Un testimonio conmovedor que habla de la vocación de servicio del personal de Cáritas en toda Cuba. Gracias al equipo de comunicación de Matanzas por contarlo tan bien.