“Levántate y anda”

María Antonieta Colunga Olivera

El día que fuimos a casa de Lazarita, apenas había pasado una semana del azote de Irma. Sobre los tizones encendidos de su hornillo de carbón humeaba un arroz blanco… solo eso, arroz blanco. En el agua que le iba quedando almacenada dentro del tanque, luego de siete días sin electricidad, flotaba un recipiente plástico con puré de tomate reembasado. “Ese poquito lo herví y lo tengo ahí, en remojo, para ver si no se echa a perder con el calor” me dijo, y luego empezó a desenterrar de abajo de unos paños muy pulcros las computadoras, los televisores, los equipos de DVD y otros electrodomésticos que guardaba desde antes del huracán a sus vecinos, los que tenían viviendas más malas y perdieron techos o paredes.

Las apenas dos habitaciones que son su casa parecían no pertenecerle: todo era de alguien más, para alguien más… los equipos de los vecinos y las cajas y grandes bolsas de alimentos o artículos de higiene, “todo eso es de Cáritas, de la oficina diocesana de Ciego de Ávila, yo solo lo guardo, lo cuido y ayudo día a día a distribuirlo entre las personas de mi comunidad que más necesidad tengan”.

Lazara Maria

Lazarita es una mujer pequeña y ágil que ahora en diciembre de 2017 cumplirá 80 años. En Falla, su pueblito de origen, es una especie de matriarca respetada por todos: los vecinos, el gobierno local, incluso los adolescentes del barrio, que quizá desobedezcan de cuando en vez a sus padres, pero están sentados en la sala de su casa a la espera de la señal añosa de sus manos para salir a “hacer terreno”.

Esta mañana son siete los que esperan la voz de Lázara para levantarse y echar a andar, como si de repente el pasaje bíblico cambiase de roles. “Hoy vamos para Barrio Nuevo”—anuncia con el sombrero de ala ancha ya enganchado en la cabeza y una mochila inflada sobre el pecho. Si se la mira desde cierto ángulo, se parece a la imagen remota que en los años de infancia nos dibujó aquel cuento de Francisca y la Muerte.

Lazara voluntaria

El grupo que la secunda carga unos 30 módulos: pequeñas bolsitas de nylon con detergente, jabón de baño y de lavar, velas, fósforos, refresco en polvo, galletas y huevos. “Algunos de ellos no van a la iglesia—me dice bajito—pero entre una cosa y otra yo los enseño a rezar el Avemaría y el Padrenuestro, y los embullo. Lo importante es que aprendan y practiquen la ley primera: amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”.

La pequeña Lázara trabaja incansablemente junto a Cáritas desde 1996, a veces dentro del Programa de Personas Mayores, ahora como contacto en Falla ante la situación de Emergencia generada por el Irma.

Según los reportes del Consejo Popular de Chambas, el municipio norteño al cual pertenece el pueblito, se han reportado daños severos en el 60% de su fondo habitacional. “Eso es, mijita, un montón de gente sin casas, o sin techo, o con pedazos del hogar derrumbados… como mis vecinos del frente, mira pa allá. Y Falla es la Cenicienta de Ciego, mi niña” bromea Lazarita, como quien no espera mucho. Pero no hay en su voz un acorde de tristeza, ni en sus ojos un gesto de abismo.

“Estamos vivos”—rezonga—y se arremanga a los hombros las asas del mochilón que desborda su figurilla menuda. La tropa se para tras de ella, de un golpe; cada quien agarra el bulto que le toca hoy. Irán casa por casa, tocando, dejando alguito, diciendo “esto es una ayudita de la iglesia, es gratis, agradézcale a Dios”. Algunos, temerosos, dirán que ellos no van a la iglesia, que no creen en Dios. Lazarita les responderá que no importa, “él sí cree en usted y lo ama”. Y se irá a la casa siguiente, sin hacer más proselitismo que el justo.

Al borde del camino nos despedimos, ella en bermudas y tenis, con esa pinta de “Francisca” a la que la muerte nunca tendrá cómo dar alcance.
“La semana que viene, cuando de Cáritas me empiecen a traer el carbón, me pongo a cocinar raciones diarias para repartir comida caliente”. Lo dice con la alegría del que está esperando la llegada de un premio, y a mí se me inundan los ojos al recordar su cocinita y el arroz blanco que hoy será su almuerzo cuando regrese agotada de bendecir a los demás.

Su nombre entero es Lázara María Monzón Hernández, a su casita la llama todo el tiempo “Villa Alegría”. Y mientras se aleja calle abajo, todos la saludan con un respeto que estremece.

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María Antonieta Colunga Olive
María Antonieta Colunga Olive
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