Las mil y una décimas de “Papito”
Texto y fotos: Roberto Alfonso Lara

Los 96 años de Oscar Reyes González (Papito para su familia y amigos) riman con las más de mil décimas que confiesa haber escrito en su casi centenaria vida. Andan por ahí, diseminadas en longevas libretas que guarda en algún sitio de su hogar, ubicado en el Centro Histórico Urbano de la ciudad de Cienfuegos.
Sin embargo, esa afición que todavía conserva empezó de niño, en Quivicán, un campo habanero (ahora perteneciente a la provincia de Mayabeque) donde nació y creció. “Y guajiro al fin, allí todo el mundo cantaba décimas ―dice―, pero había un tío de mi padre, analfabeto, que improvisaba de maravilla. Era una biblioteca ambulante y con él aprendí muchas cosas.
“De oído supe cómo sonaba el punto guajiro y ya después, de joven, tuve un laúd y pude tocarlo. Comencé con temor, tenía miedo escénico, pero luego hasta formamos un grupo, de doce o trece muchachos. Cantábamos en Quivicán, Bejucal; dimos conciertos y llegamos a tener una hora de radio, los domingos, en CMBF, en La Habana”.
Para un hombre de su edad, impresiona el modo en que repasa a detalle los hechos de su infancia y juventud, como si se trataran de acontecimientos recientes. Lo hace, además, con la emoción que provoca desempolvar los recuerdos para contarlos a colores.
A Cienfuegos llegó improvisando, mas, una vez instalado en esta urbe del centro sur de Cuba, dejó de cantar y se dedicó a escribir décimas. “A pesar de ver con un solo ojo, sigo escribiendo”, refiere orgulloso. “Mis décimas tratan de diversos temas: del matrimonio, de los niños, de los ancianos, de distintos asuntos”, agrega.
Con una de sus últimas obras, el Programa de Personas Mayores (PPM) en Cáritas Cienfuegos saludó el Día de los Abuelos, el pasado 26 de julio. Papito lleva años vinculado a este proyecto, y a la Iglesia Católica desde muchacho. Una de sus mayores satisfacciones es haber sido el único hombre de Cienfuegos que tomó la comunión con el Papa Juan Pablo II, cuando la histórica visita del sumo pontífice a la ciudad de Santa Clara.
“Fue el 23 de enero de 1998”, sostiene Oscar con memoria fotográfica para despejar cualquier tipo de dudas. Tampoco lo olvida fácil, pues aquel día las sensaciones que sintió llegaron a ser tantas que terminó descontrolado de su padecimiento de arritmia y una ambulancia debió traerlo de regreso a Cienfuegos. “Y aun así ―afirma― fue magnífico”.

Desde hace cerca de seis décadas comparte la vida con Narcisa, la musa que desató aquellos versos apasionados, con los que Papito consiguió besarla en el altar de la Iglesia.
Eres la rosa fragante
salpicada de rocío
que ocasiona desvarío
al poeta que te cante.
Tu simpático semblante
profunda ilusión me inspira,
tú hechizas al que te mira
con esa mirada franca
que domina cuando arranca
el acorde de mi lira.
(Fragmento de Para ti, Narcisa. Décimas)
“Me enamoré de ella y llevamos 57 años de casados, como el primer día, y seguirá así hasta que muramos”, asegura Oscar, con la misma seguridad con que se atrevió a cortejarla, siendo entonces la futura esposa nada menos que su profesora de inglés. “Estuve meses y meses para que me dijera sí, pero logré convertirla en mi señora, con trabajo”, bromea.
Papito se afana de ser un adulto mayor feliz, aunque reconoce que no todo el mundo piensa ni vive igual. “Uno debe saber y dominar su circunstancia, dónde estás, hasta dónde llegar, si bien es importante permanecer rodeados de personas que nos quieran y ayuden. Nosotros, los viejos, somos un ejemplo para los niños y los jóvenes en una realidad hoy revuelta”, señala.
Mil y una décimas hablarán de su legado, el que por suerte ya se registra en un libro que alcanzó a editar, gracias a un joven colombiano. Su título será, definitivamente, la manera en que lo recordemos: “Guajiro, poeta y contador”.

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