Las dimensiones del amor
Texto y foto: Katiuska Fournier
Guiado por el afecto y la huella vital de Marina, Maikol Caraballo aprendió el lenguaje de la caridad, las obras de bien, el compromiso con la comunidad desde los primeros años de vida. “Mi abuela es un ejemplo de fe y amor para mí”.
Recuerda sus afanes cuando él era niño y ella convirtió la casa familiar en un comedor del Programa de Personas Mayores de Cáritas, en la Diócesis de Guantánamo Baracoa.
La elaboración y entrega de alimentos a personas con diversas vulnerabilidades, que en otros países es común ver en comedores sociales impulsados por el Estado, ONGs o la propia iglesia, en la red de Cáritas Cuba tiene una particularidad impresionante: los voluntarios la realizan muchas veces en sus propios hogares, recibiendo semana tras semana, durante años, a las personas necesitadas y tejiendo con ellas una relación de familiaridad muy profunda.
Con apenas 12 años, Maikol vivió los inicios de un servicio así junto a su abuelita y el resto de la familia: “Cuando empezó el comedor, hace casi tres décadas, cocinaban tres personas, cada uno en su casa y yo trasladaba la comida ya hecha hacia la mía, que era donde se repartía. En aquel entonces, ayudaba también a mi papá a repartir los alimentos en bicicleta e íbamos en tren hasta la comunidad de Jamaica, con aquella carga, para abastecer al comedor de la parroquia. Luego, todo se hacía en mi casa y hasta la actualidad seguimos juntos en esas funciones. Para mí aquella experiencia era toda una aventura y me alegraba ser parte”.
Esta alianza a favor del prójimo les fortalece como familia y deja en los nietos un gusto único por el servicio y la solidaridad.
“Nos organizamos para contribuir todos en este comedor, más ahora que mi abuela tiene 87 años y sus fuerzas disminuyen. Por eso programamos nuestras tareas de tal manera que, en la semana de servicio, alguien esté en casa y apoye en todo. Mi madre colabora en la cocina, mi hermana también lo hace en su tiempo de descanso laboral y entrega la comida a los beneficiarios. Hasta a mi cuñado le ha tocado cocinar picadillo para rellenar la harina. Yo ayudo con los calderos, que son muy pesados. Este quehacer es parte de nuestras vidas. Abuela pone el sabor y supervisa”.
Su historia devela cuán valiosa es la relación entre abuelos y nietos, la familia unida y pendiente a las necesidades de los demás, el calor del amor y el acompañamiento.
“Cuando mi abuela está enferma, mi papá le dice que no puede hacer más, que otros voluntarios asumirán ese trabajo; pero ella insiste, busca alternativas y nos recuerda cuánto necesitan las familias en desventaja social y de salud esta atención en casa. Nos dice que vive para este servicio y lo hace con una alegría que contagia. A diario reza por sus “viejitos”, y si alguno falta, enseguida me pide averiguar qué pasa y que le ayudemos. Hay voluntarios que se acercan y colaboran también. He crecido con esos pasos de bien, con su cariño y agradezco sus enseñanzas”.
Es una dinámica familiar que entusiasma, sobre todo al apreciar cómo a este nieto le desborda el amor por una anciana de ilimitadas fe y fortaleza, cuyas huellas dibujan su camino de hombre.
A sus 32 años, Maikol coordina el Programa de Acompañamiento a Familias Campesinas, colabora ante emergencias y ayuda en lo que se precise por parte de la Cáritas diocesana, sin obviar nunca el servicio de comedor que atiende su abuelita hace casi treinta años.
Al igual que Marina, lo caracterizan la sonrisa y el buen ánimo, y la disposición de ayudar; regalos de abuela que bendicen su camino y el de otros hacia una caridad fraterna que impulsa y descubre el amor en todas sus dimensiones.
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