Lajas: el día después

Texto y fotos: Roberto Alfonso Lara

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Algunas personas con discapacidad, enfermos y encamados recibieron la ayuda directamente en sus casas

Todavía el amanecer no se inclinaba ante la torre campanario de la Parroquia de San Antonio de Padua, del municipio de Lajas, cuando allí mismo, en el parque, comenzó a organizarse la descarga de la ayuda humanitaria del gobierno de los Estados Unidos al pueblo de Cuba, esta vez destinada a la Diócesis de Cienfuegos.

A pocas horas de su arribo, más de una decena de estibadores aguardaban para bajar de los camiones los 1400 kits de alimentos e higiene que con inmediatez se distribuirían a la población vulnerable identificada previamente. Como si fuese una soga humana, las cajas iban de mano en mano. La operación fluía con la rapidez de una exigencia desafiante: entregar casi la totalidad de la ayuda en un solo día.

Un alivio frente a la crisis

A media mañana el ajetreo era intenso. Los beneficiarios esperaban de pie en la acera o sentados en los bancos del parque, mientras más de 50 voluntarios alistaban el despacho de los módulos.

Para Santa Rosa, un asentamiento de muy difícil acceso, salió un tractor con una carreta. Otros carretones emprendieron el camino hacia zonas de campo, y en la casa aledaña a la Parroquia ya se atendía a la mayor parte de las personas registradas.

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Miriam Olano Casanova fue una de las primeras beneficiadas.

Miriam Olano Casanova, una anciana de 77 años, figuró entre las primeras en recibir la ayuda. «Llegó en un momento crítico, por la situación económica que atravesamos. Es un gesto humanitario y solidario del cual tenemos una opinión favorable. Desde que asoma el día pasamos por muchas carencias y estas cajas, con alimentos y productos de higiene, constituyen un alivio para nosotros y nuestras familias», expresó.

El contenido de los kits se mostró y explicó en presencia de cada una de las personas beneficiadas como parte del protocolo dispuesto. Darielvis Frómeta Delgado, una joven madre que asume la crianza de cinco niños, ofreció también su criterio al ser favorecida. «Ahora estoy pasando por una situación bastante dura: mi niña pequeña todavía no logra caminar y eso me impide trabajar. Por tanto, me siento más que agradecida», dijo.

Al tiempo que esto sucedía en el parque principal de Lajas, otros voluntarios se trasladaban en carretones para entregar la ayuda a personas con discapacidad, enfermos y encamados. Llegaron al hogar de una señora ciega, visitaron a un anciano que vive solo y en condiciones de pobreza, y así, a pacientes con cáncer, y a varios mayores en sillas de ruedas y totalmente necesitados de cuidados.

Al paso del carretón con las cajas, hasta los vecinos manifestaban su gratitud: «¡Ay, menos mal que le dieron a Amelia, menos mal!».

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En carretones se llevó la ayuda a comunidades intrincadas y a zonas de campo.

Difícil, pero reconfortante

Cuando se supo que la primera ayuda humanitaria del gobierno de los Estados Unidos para la Diócesis de Cienfuegos iniciaría por la Parroquia de Lajas y sus comunidades, apenas había siete voluntarios y con los días la cifra superó el medio centenar.

Maité Castellón Limontes, coordinadora de la Cáritas parroquial, refiere este dato con orgullo. «Realizamos un trabajo exhaustivo. La necesidad en todos los lugares del municipio es grande y nos propusimos llegar a zonas intrincadas y a la mayoría de los barrios. Pusimos corazón y vida: caminamos las comunidades, fuimos en bicicleta a los campos, y, aun así, siempre nos faltaron algunas personas. Fue difícil, pero reconfortante. Hicimos el mayor esfuerzo para beneficiar a los más vulnerables», afirmó.

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Orlando Rosau Fernández, joven de 17 años que participó como voluntario en la distribución de los módulos.

El joven Orlando Rosau Fernández, de 17 años, integró el grupo de voluntarios parroquiales. Para él resultó una experiencia bonita y a la vez dolorosa.

«Sabes de antemano que la ayuda va destinada a gente muy necesitada; eso te alegra el alma. Luego caes en la cuenta de las condiciones críticas y casi infrahumanas en que transcurren sus vidas. Espero de verdad que esto los alivie un poco», opinó.

Rolando Chongo Echevarría, un adulto mayor de 60 años y con discapacidad, calificó el donativo como una «bendición». Tal fue la palabra exacta que utilizó antes de compartir su punto de vista: «Sufrimos, dijo, todo tipo de escaseces: de medicamentos, alimentos y aseo. Los salarios no combinan con los precios y en varias ocasiones me he quedado hasta sin comer. Es duro, especialmente para los enfermos. Doy gracias a Dios y a quienes tuvieron que ver con la ayuda. De veras, muy agradecido».

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