La pobreza del Evangelio… y?

La cuaresma tiempo propicio de meditación…

y cualquier otro tiempo también.

Ser pobre no ha sido nunca algo que favorezca, o privilegie al ser humano. Ser pobre ha estado siempre, y desgraciadamente asociado a lo marginado, despreciado, discriminado. Nadie en sus proyectos sueña con ser pobre. Nadie lo desea ni lo busca.

Generalmente se asocian con personas despreciadas por la suerte. Desguarnecidas del favor de la bonanza y la felicidad. Limitados emocional, incapacitados, psíquica o mentalmente. De todo puede haber.

En algunos momentos de la vida y de la historia personal de algunos, de algunas familias, la atención y los cuidados que necesitan los ancianos, los enfermos, se llegan a convertir en una carga. Su atención y cuidados para algunos, los distrae y ocupa de dedicarse plenamente a tareas lucrativas o labrarse un mejor futuro; pueden existir sociedades en las que los pobres, los desvalidos, los ancianos, también pueden ser valorados o considerados egoístamente como una carga u obstáculo para el progreso y el bien común.

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Es triste que además de sufrir el ser pobre, carecer de lo más elemental, a lo que un hombre o una mujer deben aspirar, casa, agua corriente, electricidad, un hogar para descansar, ingerir los alimentos en familia, criar y educar a sus hijos, te puedan considerar como un criminal, que pone en peligro la vida, la salud y la paz del resto de la sociedad.

Si no fuera suficiente el sufrimiento propio de su condición carencial de lo más elemental, son acusados de afectar la estética, fragmentar el ecosistema, la diversidad biológica, el normal desarrollo social, el equilibrio y la estabilidad social, carecer de reputación adecuada. A veces, parece ser que son responsables de ser pobres y se les debe condenar por ello. Son un delito. Penable, punible. Al convertir el ser pobre, en un delito. Constituimos la pobreza en un legalismo y no en un asunto de justicia.

El cristiano, aún cuando no considera la pobreza una virtud –y es algo que debe luchar por aminorar o desaparecer- siempre tiene en cuenta que lo que más importa es la persona humana… la caridad que le dispensamos debe abarcar al ser humano, completo, pleno. Siempre habrá quien necesite algo: un bien material, tiempo, cariño.

Benedicto XVI, Papa Emérito, nos dijo: “La Iglesia en su camino de Salvación, no puede prescindir de las condiciones concretas de la vida de los hombres, a los que es enviado. Contribuir a mejorarlas forma parte de su vida y de su misión, puesto que la Salvación de Cristo, es integral, atañe al hombre en todas sus dimensiones, físico y espiritual, social y cultural…

La caridad puede tener muchas dimensiones y su espectro es tan amplio como el mismo Dios. Podemos servir al prójimo regalándole una aspirina para un dolor de cabeza y también cuando voluntariamente ayudamos a construir un hospital. Este ejercicio de la caridad nunca denigra al que la hace y al que la recibe. Cuando nace de una recta intención y un sentido del amor trascendente al ser humano. No puede la verdadera caridad crear dependencia, ni ser manipulada, ni anular la personalidad del ser humano receptor de ella. No puede el ejercicio de la caridad ser humillante. Despreciar al pobre, es despreciar a Cristo y su mensaje. El respeto al ser humano es inherente a la Caridad.

Desde nuestra fé y la labor caritativa que emprendemos desde Cáritas, o sencillamente como un cristiano a pesar de que lo sea solo de sentimiento, debe primar en las relaciones con los enfermos, los pobres o cualquier necesitado un clima de respeto, si aún no hemos llegado a amarlo que fue lo que nos pidió Cristo.

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Nunca porque sospechamos y a veces tenemos la certeza, que en la lucha por la sobrevivencia diaria, se están apoyando en la mentira, la dobleza y el engaño, debemos permitir en nuestro trato habitual o eventual, que aparezca la humillación, la desconfianza visceral, el desprecio o el menosprecio.

Y esto no significa convivencia con la mentira y el engaño, no significa aceptación y complacencia. Es una realidad que aceptamos que existe, pero sin resignarnos. Siempre podemos elegir.

Sabemos que el crecimiento económico no produce crecimiento social y tampoco reduce necesariamente la pobreza y la desigualdad. El respeto a la vida, al ser humano, a su dignidad en todas sus manifestaciones, no puede separarse del desarrollo de los pueblos.

No puede haber moralismo ni legalismo. No podemos sustituir el creer por el hacer. No podemos luchar a favor de un hombre o una mujer a medias, reduciendo a su mera dimensión horizontal. Puede en un momento dado ser lo único que puede hacerse, saciar el hambre. Ningún proyecto, ya sea social, político o económico, puede sustituir esa expresión de la caridad que es el don de darse uno mismo a los demás. Eso lo ha aprendido en pequeños detalles aquel que ha sido capaz de desprenderse de lo que necesita para él, para ayudar a otro.

Aquel capaz de ver el sufrimiento y el dolor tras la fachada horrible de la degradación, la mentira, el engaño, como artimañas de sobrevivencia, comprenderá que, abrigarte del frío un tiempo, protegerte de la lluvia, servir de refugio, vestirte, gestos que pueden parecer como “limosnas” empleando el termino peyorativamente, o de forma despreciativa; pero en un momento dado y como parcial solución momentánea y expedita, es lo único que tenemos a mano para aliviar claro está, en ese momento. Aún cuando esto no significa abandonar los ideales por un orden social más justo, trabajar para acabar la desigualdad y la exclusión, la marginalidad y otros males que corroen la dignidad del ser humano que lo denigran, pero son más difíciles y complejos de extirpar.

Tratemos de recordar algo que aprendimos en nuestra Iglesia

Lo pequeño, no es necesariamente lo menos importante

Ni lo sencillo y común, es sinónimo de mediocridad.

Porque lo pequeño, no es triste, ni lo feo es débil

No es limosna para enajenar, para olvidarse. Acallar los gritos de rebeldía.

La indiferencia, el egoísmo, la injusticia nunca han construido pueblos, nunca han formado naciones, nunca han sido cimiento de ninguna civilización que sostenga y persevere.

Encerrarse en sí mismo ha provocado desarreglos mortales y autodestrucción en hombres y en pueblos. La pobreza siempre ha sido un reto para el hombre de bien. Siempre ha sido acuciante recordatorio para no permitir reposar creyéndonos haber realizado ya, la obra de la vida.

Roguemos a Cristo Resucitado y a Nuestra Virgen de la Caridad, que anima la esperanza en nuestra Iglesia Diocesana que: VEAMOS EL VALOR SALVIFICO DE TODA LA VIDA, que respetamos independientemente de su “status”, y con la que también oramos, bendecimos y damos gracias.

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Manuel Martínez Hernández
Manuel Martínez Hernández
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