Irma Medina
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Para quienes formamos parte de la comunidad de la Catedral San Rosendo, no es
extraño escuchar, al terminar la Misa dominical, una voz firme que desde los primeros
bancos anuncia los detalles del próximo encuentro. Esa voz es la de Irma Medina,
profesora de Geografía que ha formado a generaciones de pinareños y que, desde hace
casi seis años, lidera con energía el grupo de la Tercera Edad «Dios es Amor».


Irma se ha sentado con nosotros para compartir su testimonio y contarnos cómo
funciona este grupo que, con cada acción, proclama que el amor de Dios se hace
presente en la vida de los mayores. Aunque su labor no es individual, sino parte de un
equipo coordinador, esta mujer de 80 años y espíritu de 20 nos confiesa que la
responsabilidad no le pesa, aunque a veces se estresa cuando las cosas no salen como
fueron soñadas. «Me apeno mucho, me pongo sentimental y hasta lloro», admite. Sin
embargo, quizás no es consciente de que ese sentir es parte de su celo por defender la
dignidad de cada persona, desde el acompañamiento comunitario, la participación activa
y la evangelización del afecto.

GRUPO DIOS ES AMOR


Este programa de Cáritas, presente en varias parroquias de la Diócesis, encontró en Irma
a su principal impulsora en la Catedral. Ella asumió la coordinación al sentir un llamado
a renovar el grupo. «Notaba que le faltaba calor, alegría, movimiento a aquellos cuerpos
y mentes que se estaban oxidando»
, recuerda. Así, preparó los encuentros para
desarrollar habilidades que se creían perdidas y, con ello, aumentó la participación y la
alegría entre los miembros.


«El grupo se forma más por necesidad que por afiliación. Necesidad de ser considerados
por alguien, de ser escuchados, atendidos, queridos; de tener a alguien que tenga
deferencia con ellos cuando en sus casas ya los ven como obstáculos»
, explica Irma. Por
eso, su labor no se limita a los muros del templo: se organizan para ayudar en la Iglesia,
en la calle, en el barrio y en los hogares, especialmente de quienes viven solos. No
tienen bienes materiales que ofrecer, pero entregan lo más valioso: su tiempo y su experiencia.

Un testimonio de entrega y esperanza 1

La llegada de un nuevo miembro es siempre motivo de fiesta. «Todo lo que se hace les
gusta y desean volver, preguntando siempre cuándo será el próximo encuentro; sus
caras muestran ilusión y felicidad»
, añade. Las actividades son variadas: escuchan
música de su juventud, participan en juegos que evocan su niñez y surgen amistades que
fomentan la socialización y el compañerismo.


Un grupo digno no trata a los mayores como «receptores» de cuidados, sino como
«protagonistas«. «Tratamos de tocar aquellos aspectos propios de su edad que los
motiven a sentirse identificados y a querer volver»
, señala Irma. Entre las actividades
destacan visitas a lugares históricos, proyecciones de películas, charlas con
profesionales de la salud, y la participación de los propios miembros, entre los que han
descubierto cantantes, pintores, costureras, maestros y actores.

Un testimonio de entrega y esperanza 3

Pero no solo reciben atención: ellos también entregan su oración por las necesidades del
mundo, animan la liturgia y guían el rezo del Rosario. «Ya han vivido tantas cosas que
cada vez creen más en Dios»,
afirma Irma. Los encuentros comienzan siempre con una
oración, y algunos participan en las Casas de Oración. También realizan lecturas
bíblicas compartidas, una especie de Lectio Divina sencilla, que enriquece su
espiritualidad. Muchos reciben con frecuencia los sacramentos y sienten la cercanía del
sacerdote, que aunque no siempre puede asistir, sigue de cerca el trabajo.

Un testimonio de entrega y esperanza 2


La edad de los miembros hace que la experiencia de la muerte esté presente. Ante un
fallecimiento, el grupo brinda un espacio para expresar los sentimientos y vivir el duelo
desde la fe, recordando que, aunque la separación duele, los cristianos caminamos hacia
el encuentro con Dios. En estos procesos, también se busca la ayuda de profesionales.

La soledad es uno de los grandes enemigos de la dignidad. Muchos mayores viven solos
o se sienten segregados por la sociedad, de ahí que el acompañamiento de la Iglesia a
través de este grupo sea tan valioso.


Irma no solo coordina, es una más del grupo, pero con una misión definida: el servicio.
«Trato de mirar la vida con alegría contagiosa, de tener paciencia, sonreír y, a veces,
decir cosas que llegan antes al cerebro que a la boca, y la gente se ríe y todos se
relajan»,
confiesa. Su estilo de liderazgo se basa en el respeto: trata a todos de «usted«,
los conoce por su nombre y siempre consulta las decisiones importantes.


La comunidad, incluidos jóvenes y niños, ve en este grupo a personas entregadas y
valiosas que contagian entusiasmo. «Ellos no vienen a llenar bancas, vienen a ser
Iglesia»,
subraya.


Irma no olvida a quienes la han acompañado en este camino, especialmente a la Hna.
Blanca Aurora Valdés Abreu, a quien considera una bendición y una guía en su servicio.
Como consejo a los jóvenes, les pide que «escuchen y aprendan de sus abuelos, de su
sabiduría, nobleza y humildad»
. A los sacerdotes, los invita a acercarse más a los
mayores, pues ellos son los primeros promotores de la dignidad humana.


Cuando Irma se encuentra frente al Sagrario, su oración es clara: «Que el grupo siga
creciendo, que Dios me dé salud para seguir invitando a más personas, que me presente
al próximo coordinador, y que cada encuentro sea un llamado a volver, porque allí está
la familia que Dios nos regaló»
. Y es que todo lo que viven y comparten, concluye con
una sonrisa, «ha hecho que valga la pena».

Articulo original de Tania Gómez Rodríguez, publicado en Duc in Altum, boletín de la diócesis
de Pinar del Rio.

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Cáritas Pinar del Río
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