La fortuna de Amanda
Texto y foto: Roberto Alfonso Lara
Cienfuegos, febrero de 2020-. Amanda Becerra Bernal tiene cuatro años y está diagnosticada de una parálisis cerebral en el hemisferio izquierdo. Su condición es físicamente visible: no puede hablar, ni caminar, ni sentarse; y a veces, incluso, quiere comer y a duras penas lo consigue.
Cuidar a un ser así, tan especial, demanda una fuerza que solo genera el corazón de quien ama profundamente. A decir verdad, un corazón muy grande. El de Mallarly y Elmo, sus padres, es inmenso, y vigoroso, y puro. De otro modo, qué va, sería para ellos imposible.
Para ambos al principio lo pareció, y a cada rato la sensación regresa, confiesa Mallarly. “Nunca imaginé verme en esta situación, con mi primera niña. Resultó una cosa inesperada, muy fuerte. Todavía hay momentos en que pienso en eso y necesito desahogarme”, dice.
Su instinto maternal la llevó a sobreponerse y salir adelante, para lo cual contó siempre con el apoyo de su esposo y del resto de la familia. “Me adapté a las condiciones de la niña, trato de estar la mayor parte del tiempo con ella; me dedico a Amanda completamente.
“Procuro su comodidad, asistimos juntos a las actividades, la saco a pasear y le enseño los lugares a donde vamos aun cuando no pueda reconocerlos. Y de esta forma voy acomodándome a lo que venga”, sostiene.
La experiencia de Elmo, el padre, se expresa acaso en su primera reacción ante la entrevista: “¡Imagínate tú!”. Comenta que hay días en que debe dejar de trabajar para dedicarse a la hija, y alega: “es muy enferma y entre todos (su esposa, y la suegra que es buenísima, dice) tenemos que luchar”.
“Hemos recibido la ayuda de muchos. La niña también es epiléptica, convulsiona, y cada vez que llamamos a la ambulancia, acude lo más rápido posible para atenderla. Nosotros visitamos la Iglesia Católica de Buenavista y de ahí nos traen a distintas actividades, y nos gusta”, añade.
Los tres participan, desde hace algunos años, en la acciones organizadas por el programa Aprendiendo a crecer, en Cáritas Cienfuegos. Y para ellos ha sido una valiosa oportunidad, “porque estos niños no son menos que nadie”, opina Elmo, y “porque he aprendido a fortalecerme, a ver cómo otros se apoyan y a afrontar mejor la circunstancia”, afirma Mallarly.

“Te muestran el valor de las personas con discapacidad en la sociedad y eso es muy bonito, el poder compartir todos en un mismo lugar. Yo nunca pensé encontrar un proyecto tan bello como este. Después uno solo quiere dar amor, que la niña se ría y se sienta alegre, a pesar de los problemas”, agrega Elmo.
Cierto, el dolor trasunta sus palabras, las cuelga de un hilo y parecen que caen para romperse. Pero no sé, existe algo allí, raro, profundamente limpio en las almas de Mallarly y Elmo. Transparente. Algo que dice que Dios guarda, para todos, una fortuna.
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