La epopeya de Panchita
Texto y foto: Roberto Alfonso Lara
Cienfuegos, noviembre de 2020— La vida ha sido un campo de batalla para Francisca Manresa Moré, a quien todos conocen por Panchita. “He tenido que luchar mucho, trabajar, y luchar, y luchar mucho”, alega, como si cargase de veras el peso de cientos de combates. A sus 93 años, es una posibilidad muy remota. No cabe en ese cuerpo diminuto, ni en la voz cansada, ni en la lentitud de sus pasos, la armadura de una heroína. Pero ella disfruta blindarse en la recreación épica: “desde que nació Juan Francisco Berna Manresa, mi hijo, no he parado de luchar”.
Donde él esté, siempre estará Panchita. Así funciona. Juan Francisco tiene 53 años, fue diagnosticado desde pequeño con Síndrome de Down (SD) y la mitad de su edad puede contarse a través del taller Sembrando siempre amor —perteneciente al programa Aprendiendo a crecer, de Cáritas—, que acoge la Catedral de Cienfuegos y al que asiste desde el comienzo. Allí saltó de la juventud a la adultez, prendido de la mano de su madre, sin que la fuga de los días permitiera a otros reparar en ese brinco.
“Lo tuve en la ‘escuela de impedidos físicos’ desde los siete años y, cuando salió, ya grande, enseguida una amiga me avisó sobre este proyecto. Fuimos de sus primeros beneficiarios y siento que nos ha ayudado bastante. Él no sabe leer ni escribir, pero ha aprendido muchísimas cosas aquí; por ejemplo, a poner su nombre. Antes no había logrado nada de eso”, relata Panchita, con la emoción acumulada de aquel instante en que descubrió la firma del menor de sus tres hijos.
“Tengo dos más: la mayor tiene 57 años y vive conmigo. El otro varón, de 55, se casó y fue a vivir a La Habana. Está un poco alejado de nosotros y casi ni lo veo”, dice, sin dejar que la tristeza la despoje de su optimismo. “¡Imagínate lo que he debido hacer para poderlos criar! Esto ha sido de luchar y trabajar todo el tiempo para mantenerlos.
“He lavado mucho para la calle, ¡cantidad! Trabajé ocho años en ‘Estadística’ y llegaba a la casa y era lavando y planchando para sostener la crianza de los muchachos. En esa guerra he estado toda la vida, y estoy todavía”, comenta. Quizás sus palabras no suenan con la misma fuerza que transmiten. Pero Panchita es eso que su voz anciana enmascara: una mujer fuerte.
El más prolongado de sus combates parece destinado a no acabar nunca. Lo libra diariamente junto a Juan Francisco. “Llevo alrededor de 25 años asistiendo con él a este taller. Vivimos lejos de la Catedral, por la Calzada de Dolores, y venimos y nos vamos a pie. Caminar no me molesta, pese a algún que otro achaque de viejos. Jamás lo he dejado solo: voy con él a todas las actividades, a los paseos, a la playa, y me siento muy satisfecha y contenta por esas oportunidades que Dios me ha dado”, asegura.
Con el paso del tiempo, Juan Francisco ha sumado otras dolencias. Ahora padece, además, de una “hernia hiatal” y una gastritis bastante severa. Panchita sostiene que él siempre ha gozado de buena salud, a pesar de que la aparición de estas enfermedades complejizó la realidad de ambos. Aunque en apariencia se muestra sano, ella percibe que no está bien. Lo describe en una frase: “ya no me lucha como antes”.
Sin embargo, nada consigue desanimarla. Ni siquiera el asedio de los años que parecen ponerla contra la pared, como si llegasen en ráfagas en medio de una batalla. “Son 90 años y voy desmejorando —dice—. Pero quisiera seguir, y voy a seguir hasta que pueda caminar; hasta que pueda caminar seguiré aquí”. Juan Francisco va asido a ella. Se acompañan por los pasillos de la Catedral. La presencia de uno es también la del otro. Así funciona. La epopeya de Panchita se llama Juan Francisco, y viceversa.
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