¿La Caridad tiene fronteras…? ¿Límites?

Por Manuel Martínez Hernández

Esta pregunta nos inquieta. Nos hemos estado acostumbrando en muchos órdenes de la vida a que todo se rija por los cálculos fríos y serenos. Solo lo que es medible nos permite —y como que nos da seguridad y firmeza— en todo cuanto hacemos y proyectamos. Es cierto que aquello de “ver para creer” y “el poder tocar” de la narración bíblica ante el Cristo Resucitado se convierte para muchas personas en obsesión en su vida práctica. Es el origen, tal vez, no sé si alguien lo había investigado, del utilitarismo, de “lo que rinde”.

Un poco el sentido utilitario y pragmático de la vida se va apoderando de la persona. Estas aguas trajeron estos lodos que han permitido pensar que estas generaciones son las de “los papeles”, que se traducen en: “hago constar”, “certificados”, “autorizo”, “por este medio”… Y las anteriores, las generaciones de la Palabra del hombre que respondía con su honor, su sentido de la honradez a lo dicho o hecho, su ausencia hoy ha hecho crecer la nostalgia por esos tiempos caballerescos.

Es por eso que hacemos notar cómo la desesperanza, la duda, la desconfianza han hecho brecha en las relaciones humanas; hasta hacer surgir la frase grosera de “yo no creo ni en mi madre” de algunos “duros”. También hoy observamos los “fundamentalistas” que se refugian en los fundamentalismos políticos, religiosos, sociales para tener sus seguridades totales, para vivir o dar su vida.

Todo esto ha tenido un proceso que los sociólogos, historiadores, fechan y enmarcan en etapas del desarrollo social, humano, político, etc.

Los que no somos especialistas observamos los hechos como se desenvuelven y sus expresiones hoy, a los que tratamos de aplicarles la mejor solución posible a partir de una reflexión evangélica y un discernimiento a la luz de nuestra fe.

Además, profundizando en la D.S.I donde recogemos las principales experiencias, acciones que hacen resplandecer los principios evangélicos vividos en el actuar de todo cristiano y todo hombre de buena voluntad cuando buscan en primer lugar restablecer la dignidad de ser humano, el bien común la subsidiariedad y la promoción integral del hombre buscando una sociedad de bienestar para los más, donde la paz, la libertad, la justicia, la solidaridad y la fraternidad no solo sirvan para manipulaciones políticas, los que hoy trabajamos en el campo de lo social con un sentido de fe, desde la Iglesia (y que hoy engloba el término de “Pastoral Social”). Término no muy conocido, o comprendido pues es relativamente nuevo entre nosotros ¡Pero cuidado! la novedad del término no se corresponde con la esencia de su nacimiento u orígenes en las mismas Sagradas Escrituras y obligados remitirnos a recordar el Cap.25 de San Mateo (31-46), que conocemos como las “Obras de Misericordia”: “dar de comer al hambriento, de beber al sediento, acoger al peregrino, vestir al desnudo, visitar al enfermo, ayudar al que esta privado de libertad”… y que forman parte de la misión de la Iglesia, y también podemos ir mucho más atrás al Antiguo Testamento y recordar a título de muestra la cita siguiente: “el jornal que nos pagasteis a los trabajadores que segaron vuestras mieses está clamando a los oídos del Señor y su clamor”… y nos lo enseña el mismo Jesús en la Parábola del Buen Samaritano (Lucas 10,25-37); o en la celebración de la Misa cuando el Sacerdote reza: “Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana frente al hermano solo y desamparado, ayúdanos a mostrarnos disponibles ante quién se siente explotado y deprimido, triste o desconsolado”, oímos la voz de los Profetas en el texto de Isaías 56 (1-8) “Grita con fuerza y sin miedo, levanta tu voz como trompeta y denuncia a mi pueblo sus maldades”…, de los Santos hasta los actuales y más recientes santos proclamados por la Iglesia universal, de la Iglesia toda, orando y reclamando al mundo estas “obras de misericordia” que hoy el papa Francisco tanto nos insiste en celebrar y vivir.

Todos los que trabajamos en el campo social o pretendemos hacerlo debemos “reflexionar nuestras intenciones y purificar nuestras motivaciones, porque indudablemente lo necesitamos más que muchos. Manejamos recursos, los distribuimos y debemos hacerlo con justeza, sin privilegios, con equidad, y no utilizarlos en beneficio propio o desviarlos a otros fines y no solo
“lo debemos hacer” sino hacerlo con sentido de fe y coherencia. A pesar de que también, sin que parezca paradójico, también tenemos carencias personales y familiares, pero nunca podemos privar a otro más necesitado y cercano de lo que le corresponde para beneficiarse.

Esto nos ayuda a comprender que nuestras actividades y acciones deben responder y dirigirse a las personas y no responder solo a un frío plan que nos enviaron para ejecutar y que nos enmarca lo que debemos hacer o lo que creemos que debemos hacer.

Tenemos que reaccionar ante hechos y no ante teorías. Esto no implica que seamos materialistas. Ni tampoco queremos decir, que no debemos hacer planes y proyectar nuestras actividades. Lo fundamental y que no debemos perder de vista es que nuestra labor es con el que sufre, con el oprimido, no con cifras, ni estructuras que son medios, tampoco conteo de utilidades, a fines a año, ni enorgullecernos por lo que ahorramos y no gastamos dejando de aliviar a un hermano que sufre.

No somos empresas, muchas veces se ha dicho. Ni bancos financieros de préstamo. A veces se confunden los términos, porque se hagan funciones parecidas.

Somos comunidades de trabajo, comunidades de servicio y si no se vive ese servicio y ese trabajo con un sentido evangelizador y de Comunidad Cristiana y como una misma unidad de fe para hacer el Bien, estamos echándolo todo en un saco roto.

Es mucho más que un solo y simple medio de ganarse la vida, una gratificación o una remuneración, o una cuestión burocrática o de sencilla administración de manejo de recursos, ni debe ser reducido, tan solo a un servicio social o a una mera administración de bienes y servicios. Manejando servicios-costos-beneficios.

Mucho más lejos aún es una cuestión “de imagen”, de “buena gente”, de ganar prosélitos, de propaganda, de competencia, “lo hacemos mejor que”…

La primera caridad que somos llamados a ofrecer es para con nuestros prójimos. Incluso la distribución de alimentos, medicamentos, la reconstrucción de una casa, una letrina sanitaria, la atención a un postrado, el empoderamiento, la mano tendida para brindar apoyo, son y deben ser la expresión del Amor de Dios al Hombre, somos el medio de hacer presente ese Amor entre todos y si no estamos llenos de Él o al menos luchamos cada día porque ese Amor crezca. Será inútil el esfuerzo.

El ejercicio de la Caridad es “una actividad” una acción de la Iglesia como tal y forma parte de su misión originaria, al igual que el servicio de la Palabra y los Sacramentos.

No es un problema de ayuda técnica o resolver problemas y dificultades materiales, no es ni siguiera el simple gesto filantrópico, tiene que ser una expresión “tangible del amor evangélico”.

A un mundo que busca lo tangible tratemos de compartir con un Amor que si se puede tocar y ver en el prójimo en su dolor, sus angustias, sus necesidades y no solo materiales sino la Paz, justicia, libertad, Reconciliación, Fraternidad, brotar y crecer de ese amor.

Porque todo lo que atente contra la dignidad que proviene de ser Hijo de Dios y hermano de Cristo, agrede o atenta y restringe el ejercicio de la Caridad.

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Manuel Martínez Hernández
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