Homilia del Padre Jorge Luis Perez Soto 8

«La comunicación como Sacramento del Encuentro»

Queridos hermanos y amigos:

Qué alegría poder compartir con ustedes este espacio de reflexión pastoral. Al mirar el caminar de nuestras comunidades, sobre todo en las circunstancias actuales de Cuba tan marcadas por el cansancio, la frustración y la desesperanza; a menudo nos preguntamos cómo hacer más viva, más eficaz y más evangélica nuestra acción caritativa. Y hoy el Señor nos invita a dirigir la mirada y el corazón hacia un tesoro bendito que custodia nuestra Iglesia: nuestros hermanos de la tercera edad.

Generalmente, cuando pensamos en la caridad, nuestra mente activa corre a planificar «cosas por hacer»: organizar colectas, preparar bolsas de alimentos, gestionar medicamentos… Todo eso es santo, es necesario y es un reflejo del Evangelio. Sin embargo, corremos el riesgo de olvidar que la primera, la más urgente y la más divina caridad que podemos tener con nuestros mayores es «la caridad de la presencia, de la escucha y de la comunicación».

Homilia del Padre Jorge Luis Perez Soto 5

Para comprender esto, debemos ir a la raíz de nuestra fe: Dios es comunión y, por lo tanto, es comunicación. El misterio de la Encarnación es el acto comunicativo más grande de la historia: la Palabra se hace carne para entrar en diálogo con el hombre. Por eso, cuando nos comunicamos con un anciano, no estamos realizando un acto de cortesía social o de mera asistencia; estamos actualizando el deseo de Dios de encontrarse con su criatura.

Esto nos exige, en primer lugar, una conversión de nuestro tiempo. La sociedad contemporánea, y la nuestra, padecen la enfermedad de la prisa y la productividad; solo parece tener valor aquello que produce rápido. El anciano, por ley natural, va a otro ritmo: camina más despacio, hilvana sus ideas con pausa, repite sus vivencias. La caridad nos pide pasar del tiempo del reloj (cronos) al tiempo de Dios (kairós).

Detenerse ante un mayor, sentarse a su lado sin mirar el teléfono, es un acto de ascesis espiritual. Es decirle en nombre de la Iglesia: «Tu tiempo es sagrado y mi tiempo te pertenece».

El libro del Eclesiástico nos advierte: «No rechaces el consejo de los ancianos, porque ellos mismos aprendieron de sus padres» (8, 9). Una comunidad que no se comunica con sus ancianos padece de amnesia espiritual; pierde sus raíces. En sus relatos, a menudo sencillos, se esconde la historia viva de cómo Dios ha sostenido la fe en las familias a lo largo de las décadas, superando crisis, dolores y transformaciones sociales.

El «Sacramento del Oído»: La Escucha Activa como Acto de Caridad

Homilia del Padre Jorge Luis Perez Soto 1

En nuestro servicio pastoral debemos cuidarnos del «activismo eficiente». Si limpiamos la casa de un anciano o le dejamos un paquete de comida, pero nos marchamos a prisa porque «no tenemos tiempo para oír sus historias», estamos haciendo asistencia social, pero no comunión eclesial. La peor pobreza de la tercera edad no es la falta de recursos materiales; es el dolor lacerante de la soledad y el aislamiento.

El aislamiento fractura la identidad del ser humano. Cuando un anciano pasa días enteros en el silencio de su cuarto, empieza a sentir la tentación de pensar que su existencia ya no tiene relevancia para nadie. Al escucharlo con atención plena —reprimiendo el impulso de interrumpir o de mirar las notificaciones del celular—, estamos ejerciendo un verdadero «ministerio de sanación». Al permitirle contar su historia —sus antiguas glorias laborales, sus dolores de juventud, la partida de sus amigos de toda la vida—, le estamos devolviendo su dignidad. Le confirmamos que su vida sigue teniendo un peso específico y valioso ante Dios y ante los hombres.

Por eso, es urgente que como agentes de pastoral superemos la comunicación meramente funcional. Preguntar si ya se tomó la pastilla, si tiene frío o si ya almorzó es necesario para cuidar el cuerpo, pero la caridad cristiana va derecha al alma. Debemos transitar hacia preguntas afectivas y existenciales: «¿Cómo está su corazón hoy?», «¿Qué es lo que más alegría le da en este momento?», «¿Qué recuerda con más cariño de su vida?», «¿Por qué intención quiere que ofrezca mi comunión este domingo?». Es pasar de tratarlos como «objetos de cuidado» a considerarlos sujetos de comunión.

Dicen los que saben de comunicación que nuestras palabras trasmiten un 7% del mensaje, nuestro tono de voz un 38% y nuestro lenguaje extraverbal un 55%. Esto nos lleva a un replanteo importante en nuestra comunicación:

El Lenguaje No Verbal: La Teología del Abrazo y de la Mirada

Homilia del Padre Jorge Luis Perez Soto 15

Con el paso de los años, las capacidades sensoriales como el oído o la vista suelen desgastarse, pero el «sentido del alma» y la intuición afectiva se agudizan notablemente. Los ancianos tienen una gracia especial para detectar si nos acercamos a ellos por cumplimiento o por verdadero amor. Por eso, nuestro lenguaje no verbal es el vehículo primordial de la caridad.

Pensemos en la mirada que rescata de la invisibilidad. El mundo moderno suele desviar la mirada ante la vejez y la enfermedad; prefiere no ver el declive físico. Muchos mayores experimentan la dolorosa sensación de volverse «invisibles» en el espacio público e incluso dentro de sus propios hogares. Una mirada limpia, fija, serena y cargada de afecto fraterno tiene un poder sanador contra el desprecio. Sostenerles la mirada es asegurarles: «Te veo, te reconozco y te amo como hermano en la fe».

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A esto se suma la mística del tacto. El Papa Francisco nos recuerda constantemente la importancia de «tocar la carne sufriente de Cristo» en los vulnerables. Sostener esas manos arrugadas, a veces resecas o temblorosas, mientras les hablamos, es traducir el Evangelio al lenguaje de la piel. Para un anciano que vive solo, el contacto físico respetuoso y cálido —un abrazo, una caricia en la mejilla, tomar sus manos durante la oración— puede ser el único gesto de ternura humana que reciba en semanas. Es la Iglesia misma que los estrecha contra su pecho.

La Comunicación Espiritual: Orar «Con» y «Por» Ellos

Homilia del Padre Jorge Luis Perez Soto 12

Nuestra acción caritativa quedaría trunca si no elevara el alma del anciano hacia la trascendencia. La mayor caridad que podemos hacer por una persona en la etapa madura de su vida terrena es ayudarla a mantener encendida la lámpara de la fe. Sin embargo, no debemos cometer el error de verlos como agentes pasivos que solo reciben nuestra oración; ellos son, en realidad, la fuerza oculta de la Iglesia.

El sufrimiento y la limitación física a menudo hacen que el anciano caiga en la tentación de la desesperanza y se pregunte: «¿Para qué sirvo ya? Solo soy una carga». El revulsivo pastoral ante esto es dignificar su misión como intercesores. Hay que decirles con claridad: «Usted ya no puede caminar las calles o trabajar la tierra, pero su misión ahora es la más importante de la parroquia: ser nuestra retaguardia espiritual». Cuando un sacerdote o un voluntario le dice a un anciano: «Necesito que esta semana ofrezca sus dolores y rece un Rosario por los jóvenes, por las vocaciones o por este problema que tengo», le está devolviendo una misión vital. Pasan de sentirse una carga a saberse valiosos e indispensables en la comunión de los santos.

Para lograrlo, debemos usar el lenguaje de la fe compartida. Cuando la mente se desgasta debido a la edad o a la enfermedad, el lenguaje conceptual puede desaparecer, pero el lenguaje litúrgico y devocional impreso en el alma permanece intacto. Rezar con ellos el Padrenuestro, el Avemaría o entonar los cantos tradicionales de su infancia abre compuertas espirituales que creíamos cerradas. Es un canal de comunicación mística donde el Espíritu Santo intercede, devolviéndoles la paz y la certeza de la presencia divina.

Renovar la Alegría y la Esperanza: El «Evangelio de la Sonrisa» y el Fruto Tardío

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Hermanos, la caridad no está completa si solo alivia el dolor; la caridad cristiana debe, por encima de todo, comunicar el gozo de la Resurrección. El gran peligro de la vejez no es el desgaste del cuerpo, sino el marchitamiento del alma: la tentación de la melancolía y el sentir que «lo mejor ya pasó». Nuestra comunicación caritativa tiene la misión de renovar su alegría y su esperanza.

¿Cómo lo hacemos? En primer lugar, ayudándolos a sanar la memoria a través de la gratitud. La desesperanza se alimenta a menudo de los reproches del pasado o de los «hubiera». Una comunicación llena de amor ayuda al anciano a hacer una relectura providencial de su vida, invitándolo a mirar su historia con los ojos de Dios. Cuando los ayudamos a verbalizar un «Gracias, Señor, porque en todo momento estuviste ahí», transformamos la melancolía en alabanza. La esperanza nace cuando descubren que Dios no ha terminado su obra en ellos.

En segundo lugar, anunciándoles la profecía del fruto tardío. El Salmo 92 nos regala una promesa hermosa:

«En la vejez seguirán dando fruto, llenos de savia y frondosos» (92, 15). La esperanza se renueva cuando se tiene un propósito. El anciano no es un barco encallado; es un faro. Su alegría vuelve cuando descubre que su sonrisa, su paz en medio de la enfermedad, su paciencia y su testimonio de fidelidad son el regalo más hermoso que le pueden hacer a las nuevas generaciones. ¡Hay una alegría específica, madura y luminosa que solo un abuelo puede transmitir!

Por último, debemos recordarles la «juventud del corazón«. Como nos dice San Pablo, aunque nuestro cuerpo exterior se vaya desgastando, nuestro espíritu se renueva de día en día. El sentido del humor, la capacidad de maravillarse por las cosas pequeñas y la sonrisa son herramientas de comunicación caritativa mutua. Muchas veces, el voluntario va a un hogar o a un asilo con la intención de «llevar alegría» y sale contagiado por la alegría profunda, pacífica y perenne del anciano que confía plenamente en el Señor.

Comunicar la Esperanza de la Eternidad

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Toda acción caritativa de la Iglesia tiene un horizonte que va más allá de este mundo: es un horizonte escatológico. Acompañar a nuestros hermanos de la tercera edad es, en última instancia, ayudarlos a preparar el equipaje del alma para el encuentro definitivo con el abrazo del Padre.

Por eso, el tono de nuestra pastoral jamás debe ser la condescendencia, la lástima o la nostalgia estéril. Nuestra comunicación debe estar preñada de la esperanza de la resurrección. Debemos hablarles del Cielo no como un consuelo lejano, sino como la patria definitiva que está cerca, donde cada lágrima será enjugada y cada dolor transfigurado.

Homilia del Padre Jorge Luis Perez Soto 7

Volvamos, pues, a nuestras diócesis y a nuestros barrios decididos a «perder el tiempo» con nuestros mayores. Vayamos no con cara de funeral, como si la vejez fuera una maldición, sino con el rostro transfigurado por la fe. Que la caridad de la palabra, de la sonrisa y del oído florezca en medio de nosotros, sabiendo con certeza evangélica que cada vez que escuchamos, consolamos y abrazamos a uno de estos abuelitos, es al mismo Jesucristo a quien se lo estamos haciendo.

Que la Virgen María de la Caridad, que acompañó con amor filial el paso del tiempo en la Sagrada Familia, nos enseñe a ser custodios de la vida y comunicadores de la verdadera esperanza.

Homilia del Padre Jorge Luis Perez Soto 11

Foto: Víctor M. Menéndez, comunicador de Cáritas Habana

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Diamela Leyva Fraga
Diamela Leyva Fraga
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