Huellas de amor desde el servicio
Texto y fotos: Equipo de Comunicación Cáritas Guantánamo
85 años tiene Marina Cotorruelo Sastre, y de ellos, más de veinte dedicados a servir en uno de los primeros comedores del Programa de Personas Mayores de la Diócesis Guantánamo-Baracoa.

Su rostro jovial revela una vitalidad que parece no acompañar al cuerpo, pero uno cambia de opinión al verla cocer con carbón el arroz y esperar a cada uno de los beneficiarios o voluntarios para entregar la comida: caliente, olorosa, digna.
P: ¿cómo puede usted dedicar tanto tiempo a una tarea difícil como la cocina?
E: “Dios y la Virgen me ayudan. Las rodillas duelen hace un tiempo, pero yo rezo para servir a mis viejitos un poco más. Y mi Padre y Madre me escuchan y complacen.”
Este comedor inició en el año 1996, en pleno “periodo especial” cubano. Sus comienzos revelan la herencia de Jesús a los cristianos: el servicio. En busca de esa historia, escuchamos el testimonio de Maribel Sánchez Abillud, quien en ese momento era Coordinadora del Programa en la diócesis y que hoy funge como directora de Cáritas.

“El comedor arrancó bajo las fórmulas de la solidaridad. Cada persona, motivada a ayudar a los ancianos desprotegidos de la comunidad, aportaba productos para la elaboración de los alimentos, pues el mercado tenía un gran desabastecimiento. Las personas donaban un poquito de arroz, viandas, verduras, vegetales, alguna proteína y tres voluntarios se encargaban de cocinarlas en sus casas. Recuerdo que eran 12 los beneficiarios del servicio. Más tarde comenzamos a recibir dinero que donaban otras Cáritas o instituciones de ayuda a Cáritas Cuba y comprábamos lo básico. A lo largo de este tiempo se han enfrentado muchos tropiezos por carencias de todo tipo, pero nunca hemos dejado de ayudar a los adultos mayores de ese comedor ni de los otros 16 que existen en la diócesis. Hay que resaltar la fortaleza del voluntariado, que ofrece su tiempo, sus energías, su amor, para acompañar a otros que necesitan alimentarse y sentirse cuidados, queridos. Hay que agradecer, además, a las familias, que se han involucrado desde diversos modos de ayuda”.
Más de 400 ancianos reciben hoy alimentos y atención desde los comedores diseminados en toda la diócesis de Guantánamo. En ellos no solo se brinda el plato de arroz con frijoles, las salchichas o el pollo, la malanga o el platanito; en ellos se maximiza el valor de la familia, el amor al prójimo, el deseo de servir a Dios. Es un espacio donde se promociona la dignidad humana, una red que comparte experiencias, dichas, conocimientos.
Para Marina, por ejemplo, es una motivación de vida que se imbrica en su trabajo y sus rezos.
“Una semana al mes cocino para mis viejitos. La mayoría de ellos viven solos. No muchas personas quieren asumir este tipo de responsabilidad, para mí es un placer, es mi incentivo porque me mantiene activa y con la mirada de Jesús. Tengo además la dicha de contar con una familia que me apoya, porque esto es una cadena solidaria. Mi hijo, mi nieto, mi nuera, ayudan en lo que haga falta; al igual que otras personas que se encargan de llevar la comida a quienes están postrados o padecen alguna enfermedad compleja.
“No me molesta esperar si se retrasan a la hora de recoger su ración, porque comprendo cuánta falta les hace ese alimento y el pesar que cargan por sus dolencias. Y no dejo de ponerlos a cada uno en mis oraciones, al que le falla la memoria, al que no puede caminar, a quienes los cuidan. Ya quisiera yo poder ayudarlos más.”
Lo dice con humildad, con el cariño de quien se entrega en actos pequeños y grandes porque le nace de adentro, de lo aprendido en el Evangelio. No importan los años, ni el dolor de las piernas, vale vivir con sentido, servir y amar, cocinar con gusto, sobre todo cuando es el quimbombó “a lo Marina”.
“Es el menú preferido de mis viejitos, se chupan los dedos. La receta es dejarlo al punto, ni duro ni blando y combinarlo con platanito maduro al terminar. Les gusta también la col compuesta. Yo varío el menú cada día. Si el lunes cocino arroz con frijoles, jamón frito y fufú de plátano; el miércoles toca congrí o arroz amarillo y salchicha en salsa… y así, según lo que dispongamos.”
Sin embargo, aunque la sabrosa sazón de Marina atraiga a los comensales, la alegría de compartir es la mayor bendición de este comedor del Programa y reinan las opiniones de ese tipo en los 17 servicios.
La gratitud la expresa el brillo de los ojos de cada beneficiario cuando recibe el plato de comida material y espiritual de Marina, o de la maisiense Ana Almaguer y el resto de los voluntarios.
Aprecian antes de cada almuerzo las charlas o dinámicas de formadores y animadores como Rider Hernández, quien es licenciado en enfermería y les comparte conocimientos acerca de cómo cuidar su piel, mantener la higiene, la alimentación más sana, el poder curativo de la medicina natural tradicional y otros cuidados esenciales en la vejez.
“Se interesan mucho por estos saberes. Hacemos oraciones juntos, juegos, ejercicios. Me piden también que les busque otros temas para ampliar sus conocimientos y se percibe el interés y alegría de contar con este espacio de ayuda y crecimiento espiritual.”
Ahondar en las huellas del surgimiento de los servicios de comedores en la diócesis, hace más de dos décadas, emociona. Asombra ver cómo van creciendo los pequeños gestos de ayuda y conocer los rostros del voluntariado que hace realidad esta caridad, en su mayoría personas que también peinan canas pero que sonríen al acto de servir y aseguran que su trabajo les complace y gratifica. Esa es su manera de seguir los principales mandamientos del Padre, es su camino amando a la manera del Señor.
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