Historias de Irma contadas por Cienfuegos.

Por Melissa Cordero Novo
Fotos: Mariela Warens

Caidade arboles cienfuegos

Cuando al día siguiente preguntamos en las comunidades cómo habían pasado las dos noches de viento y lluvia intensas que trajo el huracán Irma a Cienfuegos, la mayoría respondió: rezando. Rezaron cuando la oscuridad se hizo más intensa, rezaron cuando el agua entró sin cesar en los templos, cuando se escurrió por las paredes e hinchó las antiguas puertas de madera; rezaron cuando los árboles se desplomaron en los patios como si fuesen figuras de papel, rezaron cuando las casas más débiles se movieron al compás de las rachas, cuando cayeron al suelo algunas tejas, algunas puertas, algunos techos; cuando la falta de fluido eléctrico obligó a cocinar todo el alimento reunido y luego impidió la cocción de otros, cuando el agua limpia comenzó a escasear…

Caritas Cienfuegos

Nosotros nos habíamos presentado en Cáritas el lunes temprano en la mañana. En un inicio no sabíamos de qué manera ayudar mejor y más rápido, pero con Carmen María al frente y las ansias de hacerlo, se encontró la forma adecuada.

Días antes ya se había reunido el Equipo Solidario de Emergencia, que tenía orientaciones precisas de cómo actuar en estos casos, gracias a los cursos recibidos con anterioridad. Se habían hecho compras de alimentos, agua y artículos de higiene; llamadas y coordinaciones; recargas a celulares del personal movilizado. Cáritas Cienfuegos estaba atento y preparado para enfrentar a Irma.

Entonces amaneció ese día después de todo el desastre. Tras el contacto de rigor en la oficina diocesana, nos dividimos en grupos y comenzamos a recorrer varios sitios ubicados al norte de la provincia, para así conocer cuáles habían sido los daños y las necesidades básicas en que podríamos auxiliar.

De inmediato se comenzó la comunicación con todas las diócesis del país, y muchas de ellas, sobre todo las de las zonas más afectadas, llamaron también a Cienfuegos. Para el mediodía, durante la contabilización de los casos, nos dimos cuenta de que los perjuicios en la Perla de Sur no habían sido catastróficos, habían ocurridos derrumbes parciales y totales, más la urgencia general e inmediata era de alimentos y aseo personal.

En Cartagena, municipio de Rodas, visitamos la sede del taller «Rayito de sol», perteneciente al programa Aprendiendo a Crecer. La casona del siglo XIX resistió milagrosamente. Las maderas, húmedas aún, se removieron de su sitio, se resintieron algunas vigas, entró el agua tempestuosa al sitio donde los niños se sientan a crear y dejó estragos peligrosos. La siembra del patio, que representaba una ayuda, desapareció. Un vecino, del otro lado de la cerca, les alcanzó a las hermanas coordinadoras, mientras conversábamos, algunas calabazas, pues las siembras habían recorrido unos 10 metros con los vientos. Encima de unas mesas había decenas de aguacates, los últimos que probarían de su cosecha, así como una buena cantidad de limones. Otro vecino les había traído un poco de arroz, la familia de al lado les dio unos boniatos para el almuerzo… así se ayudaban entre todos, como podían.

Una de las hermanas, María Eugenia, o Manyú como cariñosamente le llaman, nos contó que había amarrado la turbina del agua a la mata de limón, para asegurarla, y tuvo que salir a mitad de la tempestad, porque el limonero se elevaba del suelo llevándose consigo la soga y la turbina. «Lo que vivimos fue tremendo, aquí el viento fue muy fuerte», nos repetían a cada rato, y el nerviosismo por no saber con seguridad cuándo volverían a tener agua potable y luz eléctrica hacía que las cosas se volvieran más frenéticas. Todas temían por «sus niños», como les llamaban, por su situación, por el golpe que significaría, sobre todo en los pueblos rurales, este huracán.

Mayte

Mayte y Justo son un matrimonio que vive en una modesta casa situada en La Lolita (también municipio de Rodas) muy cerca de la carretera. Mayte es una deMayte las beneficiarias del Taller «Lazos de amor y amistad». Las dos noches de lluvias, el empuje de los vientos y la persistencia del comején en la madera, hizo que la puerta principal se separara del marco. Cuando llegamos, colaban café en un fogón artesanal de carbón, alrededor, toda cosecha que era su sustento también estaba en el piso.

Mayte corrió a saludarnos, nos tomó de la mano y nos llevó para que viéramos su mata de chirimoyas en el suelo, los plátanos, sus sembrados caídos. Justo nos decía: «estamos aquí, eso es lo importante». Antes de irnos Mayte quiso tirarse una foto junto al televisor, aún sin corriente. Para ella era una gran alegría verse en la pantalla de la cámara. Mariela (la Coordinadora de Aprendiendo a crecer en la Diócesis de Cienfuegos) apretó el obturador.

El miércoles llegamos a Cumanayagua casi al mediodía. Cuando entramos a la casa de Marita, animadora del taller «JOLOPI», ella le daba el último vaso de agua a su esposo, que estaba sentado junto a la puerta en una silla de ruedas. Yo creo que Dios quiso que llegáramos en ese momento y que pudiéramos auxiliar, horas más tardes, para que esta familia, y otras del pueblo, tuvieran una ayuda. Creo que Dios también quiso que el jueves regresáramos a alguno de los destinos anteriores para llevar los módulos alimenticios y de aseo personal; y quiso que nos invadiera un bienestar en el alma, bienestar que sucede cuando uno desea y tiene la oportunidad de hacer el bien, de acompañar, de servir.

En el resto de la semana, todo rincón de la sede de Cáritas Cienfuegos se fue llenando, poco a poco, de alimentos. Crecieron las pilas de bolsas de leche, las cajas de agua, de galletas y espaguetis, de aceite, puré de tomate y jabón. El equipo, como hormigas, no paró de sacar cuentas, anotar en las planillas los vales, separar los módulos, envolverlos, colocarlos en jabas y cajas, y luego pegarles un papel por fuera donde con plumón azul escribían el destino. En un espacio de cinco metros cuadrados, aproximadamente, podía leerse: Ciego de Ávila, Lajitas, Abreus, Cartagena, Arimao, Guabairo, La Habana, Pedrera, etc.

También hubo estrés, algunos se aturdieron por la vorágine, hubo que detenerse en ciertos momentos y recapitular, hubo que respirar, calmarse, conversar, hubo fallos y aciertos, pero nadie se desvió de su tarea; y todos los días, sin importar la hora en que se hubiese terminado la jornada anterior, se regresó temprano a la mañana siguiente.

Irma fue una prueba, una dolorosa, pero sirvió para consolidar más este camino de servicio que algunos han escogido.

Usted puede ser parte del ministerio caritativo de nuestra institución. Ante la situación de emergencia que aún sacude a Cuba, tras el paso del huracán Irma, instituciones hermanas nos ayudan para recibir donaciones monetarias desde el exterior. Estas son sus direcciones:

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