Hilda y Jorgito, desde el otro lado
Texto: Roberto Alfonso Lara
Fotos: cortesía de la entrevistada
Cienfuegos, noviembre de 2021— Hilda vive convencida de que todo lo malo tiene un lado bueno. “Antes estábamos juntos, pero distanciados. Uno comía por un sitio y el otro por otro, y era menos la ayuda en casa. Ahora —dice— él lleva muy intrínseco el concepto de familia, de estar cerca, de apoyarnos”. Tras casi dos años de cuarentena, distanciamiento físico y restricciones sanitarias por la Covid-19, ella y su hijo, Jorge Alberto Ciscal Loza (Jorgito), hallaron luz en la incertidumbre de la compleja situación epidemiológica que afrontó Cuba.
“Fue una etapa dura, en la cual adquirió madurez, conocimientos y responsabilidad. Esto lo llevó a sentirse con deberes dentro del hogar. Nos ha obligado a compartir en familia, a sentarnos a la mesa que él mismo prepara. Fíjate que a veces quiero ver la novela comiendo con el plato en la mano, pero cuando lo veo poner los doyles, digo, no, aquí hay que comer en la mesa.

“Está —afirma Hilda— más pendiente de ayudarnos. Cuando ve que hacemos un poco de fuerza, no nos deja. Ha tomado conciencia de que mi mamá, mi papá y yo, somos personas mayores, y no hay otro hombre en casa. Eso lo ha hecho asumir hasta cierto liderazgo y es, para nosotros, de las enseñanzas de la pandemia: cómo él, dentro de su discapacidad, entendió ese significado de familia, que es lo principal”.
Fuerza y sostén
Jorgito tiene 28 años y fue diagnosticado con Síndrome de Down por translocación de cromosomas. Por esa razón, asiste al taller “Sembrando siempre amor”, en la Catedral de Cienfuegos, el cual pertenece al programa Aprendiendo a crecer, de Cáritas Cuba, dirigido a la atención de personas con discapacidades físicas e intelectuales.
Sin embargo, el cierre temporal de este espacio lo dejó en el limbo de su domicilio. No podía salir mucho, ni disfrutar de la independencia de aquellos días en que iba solo al templo. “Entonces, sentado en la casa, se dijo que ‘como no tengo taller, voy a fregar’, y ahí comenzó. La loza del desayuno —cuenta la madre— hay que dejársela para que la friegue, y lo mismo pasa con la del almuerzo y la comida.
“Lo otro que hace es acompañarnos a la bodega, a comprar el gas licuado, y realiza el esfuerzo físico de llevar la carretilla y de cargar la jaba. Eso, dice, es problema de él, que tiene que estar, y cuando no le avisamos se pone bravo. Además, expresa su preocupación por los amiguitos del taller. A los que viven cerca, Rosmary y Juan Bernal, los visitó hasta hace poquito, y cuando la maestra llama por teléfono, pregunta por el resto. Jorgito siente que debe protegerlos; incluso, los trata como si fueran sus alumnos”.
Durante el pico pandémico que golpeó a Cienfuegos —donde llegaron a reportarse cifras superiores a los 2 mil casos por día en el mes de agosto—, sobrevino para el joven uno de los momentos más arduos, pues todos los miembros de su familia, incluido él, enfermaron de coronavirus.
“Mi papá lo cogió primero y Jorgito era quien me ayudaba a levantarlo, porque en dos o tres ocasiones se nos cayó al piso. Al parecer —supone Hilda— por esta relación tan cercana entre ambos contrajo la Covid-19. En el proceso de aislamiento, en Perlazúcar (uno de los centros acondicionados para tales fines), casi no manifestó síntomas, y era conmigo ‘mamá come; mamá tienes que comer’. Yo quisiera que tú vieras cómo, mientras estuve tirada en la cama, él me alcanzaba el agua y avisaba cuando el médico quería verme. Fue un apoyo y sostén incalculables”.
Para quien gustaba de pasear, ir al taller, abrazar y besar a los amigos, adaptarse a las nuevas circunstancias resultó muy difícil al principio. Fue más fácil que asimilara el uso de la mascarilla que limitar esas expresiones de afecto que a cada rato se le escapaban. Pero es cierto lo que dice su mamá: Jorgito entendió el problema, y mejor aún, se comportó a la altura.
Dolor y vida
“Ahora, después de vacunarse, pide que acaben de matar al coronavirus. Y yo le digo que sí, que lo están matando poco a poco con las vacunas”, refiere Hilda. La muerte es, precisamente, uno de los temas que con mayor fuerza ha calado en el espíritu de Jorgito durante la etapa de pandemia.
“Él entiende bastante lo que significa morir. Por eso cuando oyó que el papá de un amiguito suyo había muerto, reaccionó diciendo: ‘pobrecito, ya se quedó sin papá y sin mamá’. Y me quedé así, sorprendida, por la conclusión tan rápida que sacó. El sentimiento de angustia por el deceso de personas conocidas ha estado presente en Jorgito.
“Sucedió, por ejemplo, cuando supo del fallecimiento de Adalberto Álvarez, el Caballero del Son. Imagínate, él fue muy cercano a este artista. Iba a sus conciertos, bailaba con la agrupación encima del escenario, y enseguida —cuenta la madre— hizo que le buscara una foto junto a Adalberto. Lo conoció personalmente y su pérdida le dolió. Por tanto, si sostengo que mi hijo ha asimilado esta situación es porque la ha vivido igual que nosotros, con momentos de tristeza y alegría”.
Ante otro intento de apertura hacia la nueva normalidad, las expectativas de Jorgito se centran en el inicio del taller y las ansias de volver a encontrarse con sus “amigos-alumnos”. De ver a Dianlí, a quien se le murió el papá y él llama su novia; y a Sandor, que también perdió al padre. Quiere que regresen las fiestas y retornar a la vida lleno de cosas buenas. La pandemia, a él, no pudo esconderle ese lado.
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