Gilda y su historia de colaboración con Cáritas Habana

Gilda y su historia de colaboración con Cáritas Habana

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Por: Equipo de comunicación de Cáritas Habana

“La sonrisa de los niños de la Capilla”
Gilda ha visto crecer a sus hijos a la par que al proyecto “Brotes de Amor y Esperanza”, que acompaña el Programa Grupo de Desarrollo Humano de Cáritas Habana.


Ella posee una larga lista de logros profesionales: es Doctora en Estomatología, Máster en OdontoGeriatría, Profesora Auxiliar de la Facultad de Estomatología de La Habana y Titular de la Consulta de Cabeza y Cuello del Instituto Nacional de Oncología y Radiología. Pero aún con tanto trabajo, no duda en asistir cuando es convocada para servir en la Capilla de Fátima de Los Pinos.


Aunque acude a esta comunidad desde hace mucho tiempo, se sintió especialmente inspirada por las Misioneras del Corazón de Jesús, quienes se establecieron allí a comienzos de los 2000. Por entonces la superiora era sor Lucía Castro y Gilda quedó especialmente impactada por su trato horizontal, por el modo en que escuchaba a todos y los hacía partícipes. Con esta religiosa y sus restantes hermanas de congregación, se sembró a lo largo de los años una semilla de comunión fraterna que ha impactado la vida de muchas personas en situación de vulnerabilidad.


¿Cómo inició el proyecto?
Gilda: Fue interés de sor Lucía y de las Misioneras ver el área donde vivíamos. Conocer la cantidad de niños alrededor, las familias disfuncionales, las personas carentes en el aspecto material pero también a las que se necesitaba llegar con una educación en valores. Primeramente existía la motivación de ayudar a que esos niños y niñas transitaran hacia la adolescencia sin violentar etapas; enseñándoles modales, juegos infantiles, participación, integración, vivencias diferentes a las que veían en su entorno.


Me llamó mucho la atención el interés que mostraron las hermanas, a pesar de no ser cubanas, por hacer de estos pequeños personas de bien. Para muchos de los que asistíamos a la Capilla existían zonas que eran como mundos paralelos. Si vivías en la parte residencial del reparto, te dabas cuenta que en los Consejos del Rosario y La Güinera la realidad era otra. Sor Lucía vio la necesidad de que los niños de ambos ambientes se mezclaran, con el objetivo de que quienes tuvieran condiciones de vida más complejas, tuvieran una infancia lo más feliz posible. Hacer un esfuerzo común por propiciarles ese acceso.


Comenzamos con las visitas y levantamientos de las necesidades de la comunidad. Era tanto nuestro deseo de ayudar, de involucrarnos, que hasta algunos voluntarios prestaron sus propias viviendas para la obra. Se crearon tres casas misión y una cuarta en los albergues. Poco a poco comenzamos, atrayendo a niños y padres de manera inteligente, sin ofenderles nunca. Según ellos estimaran, podían entregarnos sus datos personales, situación laboral, información que nos pusiera en sintonía con sus realidades. Con los resultados obtenidos y el diálogo con los niños acerca de sus preferencias, hicimos los talleres y sentamos las primeras bases.


En los comienzos cada taller (idiomas, música, manualidades) tenía más de 20 niños. Así que eran alrededor de 100 en cada convocatoria. Sor Lucía distribuyó a los voluntarios en las diferentes Casas misión, y a mí me correspondieron los niños del albergue. Íbamos una vez por semana. Les leíamos cuentos, les dábamos confituras, nos dejábamos abrazar por ellos. En el caso específico de los niños sin amparo filial, recuerdo que lo que más buscaban era afecto. Los adolescentes comenzaron a animarse y nos apoyaban. Hicimos un verdadero camino juntos como comunidad.

Con los niños del Rosario y La Güinera
Gilda: Todos esos niños querían participar de la oración (aunque no se les obligaba a asistir) y del encuentro. Se hacían préstamos de libros, juegos de participación, planificamos excursiones como la del circuito de Viñales, donde muchos de ellos -además de conocimientos- sintieron por primera vez un trato digno, la experiencia de comer en un restaurante, de utilizar una copa, de tomar un refresco rico. Ese recuerdo me ha marcado de una manera extraordinaria y agradezco a Cáritas y al proyecto “Semillas de Paz” por la oportunidad que me brindaron de ver las sonrisas de esos niños. No solo se estaban ocupando de procurarles algún aliciente material, sino también de que accedieran a otras experiencias.


Lo primero que logró sor Lucía fue el apadrinamiento de los muchachos. Atendimos a muchos en esos repartos. Incluyendo a los que estaban entre 0 y 6 años en la Casa sin Amparo Filial. Los niños que asistían al proyecto estaban entre los 4 y los 14 años de edad. Actualmente empiezan con esa misma edad, pero solo llegan hasta los 12 o 13. También los había de 18 años que crecían y seguían con nosotros, pues se sentían bien allí. Hasta preparamos excursiones a la playa, y los padres se sumaban.

La actualidad del proyecto
Gilda: En estos momentos, ha disminuido la matrícula. En cada taller asisten entre 7 y 10 niños. Estos datos son posteriores a la COVID. Muchos han crecido, la migración nos ha marcado, y los padres de ahora no son los de hace un tiempo atrás. La falta de recursos materiales nos golpea muchísimo, entre otras cosas para poder brindar una merienda a muchos que no la tienen al salir de la escuela. Ya no podemos hacer actividades como las excursiones al Parque Lenin, el Jardín Botánico Nacional o el Acuario, o recorrer los nacimientos de las iglesias en Navidad, cosa que esperaban todo el año. Incluso sorprenderles con los regalos de Epifanía. El 90% de esos niños viven en familias con padres divorciados, malas condiciones de vida y un entorno difícil. Y después de la pandemia, en algunos casos ha empeorado. El voluntariado también está envejecido. Se han incorporado dos personas, pero aun somos pocos.

¿Cómo llegó Cáritas al proyecto?
Gilda: Mediante una convocatoria que hicieron buscando apoyar segmentos poblacionales vulnerables. La hermana los contactó. Entonces había recursos y voluntad. Ahora hay más voluntad que recursos. Las iglesias están muy envejecidas. Y no hablo solo de la estructura, sino también de sus miembros.
En nuestra Capilla muchos de estos niños han seguido asistiendo a Misa y se han integrado a la sociedad. Gracias al apoyo de los donantes, a la ayuda de Cáritas, al trabajo de los voluntarios, hemos incidido en ellos; y se siente la satisfacción cuando los ves con sus profesiones, siendo buenos trabajadores, amas de casa y hasta padres.
¿Qué le gustaría a Gilda que renaciera en el proyecto para poder llegar a más personas?
Gilda: Me gustaría que integrara a los niños de diferentes estratos sociales. Que hubiera recursos para fomentar las clases de idioma, tan necesarias para que accedan a las oportunidades. A la vez, un proyecto comprometido con la formación de valores. Que se volviera a hacer un diagnóstico de las condiciones reales que existen. No es lo mismo tener una visión que ir al terreno y descubrir allí lo real.
Tenemos que orar porque se incorporen nuevos voluntarios, porque lleguen personas jóvenes a nuestros templos, que deseen vivir la caridad y hacer sonreír a esos niños nuevamente. Con el afán de la ayuda desinteresada, el amor al prójimo y a Dios por encima de todas las cosas.

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