GDH: por el bien común de nuestros infantes
Por: Equipo de Comunicación de Cáritas Guantánamo-Baracoa
A pesar de haber traspasado la infancia hace ya unos años, María del Rosario y Karen siguen atrapadas en sus talleres. Antes, cuando pequeñas, las motivaban los juegos, lo que allí aprendían a hacer con sus manos, atención y buen corazón. Ahora la conexión es mayor, les gratifica el deseo de hacer crecer a la familia grande.
Ambas recibieron en su infancia la alegría y valores que comparte el programa Grupos de Desarrollo Humano de Cáritas, en la Diócesis Guantánamo-Baracoa.

A sus catorce años, María del Rosario colabora en el Taller “El Principito”, ayudando a la profe Asela, animadora de ese grupo con seis años de existencia. Allí se complace al leer a los niños cuentos, motivar dibujos o reír mientras juegan.
En los inicios del taller, apenas llegaban a quince los participantes; pero hoy superan los 50, divididos en grupos según edades y con la colaboración de 12 animadores.
Dos veces al mes la casa de la voluntaria Asela se torna un espacio de felicidad y aprendizaje. Durante una hora, estos voluntarios regalan el mejor tiempo del día a sus beneficiarios, chicos que adoran hacer amigos, sumar saberes y destrezas, pasear juntos y divertirse en cada encuentro.
Los padres hablan del buen efecto del taller en sus hijos, y se esfuerzan por organizar sus rutinas y responsabilidades para no dejar de acompañarlos a las actividades.

“Socializan, logran una mejor convivencia, aprenden valores que les sirven para crecer como personas de bien, hacen amigos, pasean a otros sitios”; expresa Katia, madre de dos niños y añade: “Tambien los padres nos motivamos con este taller, porque vemos cuán efectivo es el crecimiento humano y espiritual de ellos, además de participar en algunas de las actividades y disfrutar juntos. Ya somos una gran familia”.
Veinte talleres de GDH, con más de 500 beneficiarios, laten hoy en la diócesis de Guantánamo. Todos trabajan bajo la misma esencia: desarrollar valores desde la magia de las habilidades manuales, la lectura, pintura, artesanía, canto, teatro, deportes y el cuidado del medio ambiente; todo con miradas también hacia los buenos hábitos y modales de niños y adolescentes.

Mediante sus espacios potencian intercambios que guían a la familia hacia un mejor desempeño en la difícil misión de educar a sus hijos en un escenario cada vez mas complejo por la crisis de valores y otros males sociales.
Ello impone al programa y a sus 43 animadores el reto de ampliar relaciones con varios actores de la comunidad y lograr su apoyo para el mejor alcance de sus metas, teniendo en cuenta que vivimos en sociedad y precisamos de ella para crecer.
¿Se logra? ¿Qué resultados tenemos?
Algunos talleres de GDH, fundamentalmente en zonas montañosas de la diócesis, funcionan en escuelas, una suerte de imbricación que apuesta por sus infantes .
En la Yaya, por ejemplo, el centro de enseñanza primaria Jose Martí abre sus puertas a los beneficiarios del taller Sagrado Corazón de Jesús cada semana, gestión de dos de sus maestros que además figuran como voluntarios del grupo: Yorlinda y Ordanis.
Las tardes se convierten en una verdadera fiesta para las artes, el deporte y los valores, al decir de sus integrantes.
Dicen que la alegría contagia y que lo bueno atrae. Hoy ese taller cuenta con la colaboración de uno de los padres, quien ajusta su horario de vida a multiplicar los bienes espirituales de GDH. Desde el deporte, combina juegos en busca del trabajo en equipo, el compañerismo, la honestidad; además de sugerirles actitudes saludables.

Crear talleres donde los padres sean protagonistas del bienestar de sus hijos y que ello bendiga la unión y desarrollo familiar, es sueño y proyecto de GDH; al igual que el motivar a más varones a sus talleres, sobre todo en la adolescencia y etapa juvenil, en pos del bien común.
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