Estas son historias de amor…

Texto y fotos: Roberto Alfonso Lara

Amor es una palabra fácil. Y muy gastada, estamos de acuerdo. Pero, ¿a cuál otra podríamos aferrarnos para hablar de Isabel, María Elena y Tita?

Ellas, tres mujeres ancianas, escriben hermosos capítulos en el último tramo de sus vidas. Asisten a la parroquia Santa Soledad, muy cerca del malecón cienfueguero, y juntas conspiran para ayudar a personas mayores en situación vulnerable, de escasos recursos económicos y enfermas.

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Para Isabel, ser voluntaria del PPM, de Cáritas Cienfuegos, ha sido una experiencia maravillosa, sobre todo al percibir la gratitud de las personas.

Cada semana garantizan el desayuno a los viejos más necesitados de la comunidad religiosa: litro y medio de leche o yogur que distribuyen a pie, casa por casa, por los portales del Paseo del Prado y zonas aledañas del Centro Histórico Urbano de la Perla del Sur, casi siempre cuando la noche comienza a caer sobre la ciudad.

Disfrutan de este servicio como si protagonizaran el acto más extraordinario del mundo, con sonrisas y mensajes de aliento que secundan sus pasos por las calles bicentenarias de Cienfuegos, a cambio de un bienestar espiritual que parece robarle tiempo a los años.

“DIOS ESTÁ CON NOSOTROS”

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María Elena, junto a su prima Isabel, en los portales del Paseo del Prado, de Cienfuegos, zona urbana por donde distribuyen el desayuno a los ancianos más vulnerables.

Isabel Domínguez Oramas está próxima a cumplir ocho décadas de vida. Tiene ahora 79 años y desde los siete, muy pequeña, comenzó a desarrollar cierta vocación para cuidar a enfermos. Recuerda que entonces ayudaba en casa para atender a su abuelo, que padecía de Parkinson. Por eso no resulta casual que desde 2011, cuando surgió la idea de socorrer a los ancianos más vulnerables de “Santa Soledad”, decidiera involucrarse.

“Con el apoyo del Programa de Personas Mayores (PPM), de Cáritas Cienfuegos, iniciamos este camino —cuenta. Se empezó así a repartir la leche por los distintos hogares de aquellos que lo necesitaban y no podían valerse por sí mismos.

“Salíamos con jabas, carretillas, con lo que hubiera, y la llevábamos ya preparada. Actualmente, debido a la crisis generada por la Covid-19, este alimento ha escaseado en el mercado y, como alternativa, estamos distribuyendo yogur, que igual ha gustado muchísimo”, agregó. 

Isabel asiste a siete adultos mayores y comparte también con ellos la condición de ser anciana. “No es fácil, a mi edad, tener obligaciones en la casa, atender tantas cosas, y a la vez permanecer al tanto de la persona que está enferma, de ir visitarla. Porque no se trata —comentó— de llevar la leche, tocar la puerta y ya; es preguntar cómo siguieron, pues algunos ni siquiera pueden levantarse de la cama”.

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En el centro de esta foto, una de las beneficiarias del servicio de desayuno de la comunidad religiosa de Santa Soledad, en Cienfuegos, junto a Isabel y María Elena  a la izquierda, y “Tita” a la derecha.

Sin embargo, pese a los achaques, procura mantenerse activa y optimista para confrontar, incluso, los momentos aciagos de esta labor. “El otro día, cuando fuimos a distribuir el yogur, supimos que uno de los beneficiarios había fallecido. A  veces —admitió— eso desanima, y siento ganas de dejarlo, pero la Iglesia nos alienta, sabemos que Dios está con nosotros y trabajamos por amor”.

“JOVEN HA DE SER…”

Si por actitud pudiésemos descifrar los años de una persona, María Elena Pérez Domínguez tuviese edad de adolescente y no esos 78 que se desperdigan en su piel arrugada. Ella afirma que “joven ha de ser quien quiera serlo” y  preguntarle es una redundancia placentera.

—¿Y usted se siente joven?

—Yo sí, muy joven, responde entre risas, con esa picardía que tal vez algunos juzgarían impropia en una mujer anciana.

Digamos que es su manera de acorazarse para asumir un servicio que va de la misericordia, y reserva, también, pasajes de dolor. “Yo había llegado y nadie me dijo nada, que estaba en el hospital, y al otro día, cuando fui, supe que Gladys había muerto. Fue muy duro —confesó—, esta señora apenas podía hablar y siempre nos recibía. La verdad, no esperaba que ocurriese de forma tan brusca, pero Dios así lo quiso”.

María Elena lleva el desayuno a tres personas mayores. Al principio, cuando se inició en la faena, debía ir a recogerlo muy lejos de donde vive, y aunque resultaba agotador, libraba el cansancio con el entusiasmo con que los beneficiarios la recibían en sus hogares. Ahora cumple esta misión junto a su prima Isabel, y busca mostrarse alegre ante los asistidos y dejar atrás los pesares.

“No les doy chance para que digan que se sienten mal —afirmó. En ese rato que compartimos con ellos, hablamos de que estamos mejor y vamos hacia adelante. Algunos, en estado de demencia, hasta me reconocen, saben quién soy, y que eso pase significa mucho.

“Son personas encamadas, muy enfermas, y cuando pregunto, tienen la misma edad mía. Y yo pienso, debo darle gracias a Dios por la posibilidad de serviles, por la dicha de poder llevarles un mensaje de amor”.

“COMO SI FUERA PARA MIS VIEJOS”

Tres años atrás, Victoria Araña Ortiz, “Tita”, parecía asfixiarse en su propia agonía. Su hija se marchó a vivir a los Estados Unidos y ella quedó vagando en el nido. Entonces, conminada por una vecina, fue un día a “Santa Soledad”, y otro, y otro… Hoy es voluntaria del PPM y asegura haber encontrado la paz y tranquilidad que necesitaba.

“Empecé a llenarme tanto espiritualmente, que todo lo que hago aún me resulta poco, sostuvo. Cuando hablaron conmigo para asumir este servicio dije ‘vamos a ver’ y ahora es una actividad que no puedo abandonar. Le dedico la semana: lavo los pomos, filtro el agua o salgo a buscar agua limpia por el vecindario para preparar la leche. Al entregarla, siento una satisfacción enorme, como si fuera para mis viejos.

“Fíjate que aunque la parroquia queda bastante lejos y a veces estoy cansada, salgo y no me doy cuenta ni de los dolores.  Cuando llegas a las casas te tratan con otra cosa; hay una alegría en cada una de esas personas que motiva a hacer más. En ocasiones me retienen, no puedo escapar tan fácil, y he regresado casi a las once de la noche”, añadió.

Tita tiene 61 años, vive sola, y cree que a estas alturas, “Dios, la vida, no sé qué”, entendió que para aliviar su vacío era preciso que se entregara a algo. Y lo hace con una pasión que las emociones explican con la claridad y certeza que requerimos de las frases. Tita llora…

“Uno saca ánimo de donde sabe que no tiene, pero da ánimo, dijo. Dejamos los problemas nuestros a un lado para prestar este servicio de ayuda al prójimo, porque a ellos no está bien agobiarlos con más tristezas. Por eso yo hasta les canto y bailo”.

Para ella, como lo fue antes para Isabel y María Elena, todo se trata de amor. Y estamos de acuerdo: es una palabra fácil. Y muy gastada. Pero, ¿a cuál otra podríamos aferrarnos para contar sus historias?

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Roberto Alfonso Lara
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