En las manos de Dios
Por Michel Pérez Abreu
Uno de los proyectos de Cáritas Ciego de Ávila con un mayor calado en la comunidad, por su propia naturaleza, es el de los comedores. En la parroquia de Nuestra Señora de la Caridad, de Pina, funciona uno, el comedor Padre Olallo, que cumplió el pasado mes de diciembre 10 años de servicio. Tuve el privilegio de conversar con dos de sus fundadores, Armandito y Arletys, jóvenes avileños que crecieron en la fe, al lado de mucha gente humilde y agradecida.

- ¿Cómo surge la idea de abrir un comedor en Pina?
Armandito (A): La idea de abrir un comedor en Pina surgió como una necesidad, digamos que lo parió la necesidad, pero una necesidad muy genuina del espíritu. Recuerdo los primeros pasos que dieron origen a su surgimiento por allá por el año 2009. Teníamos en Pina un grupo de jóvenes con mucha energía por gastar, pero a la misma vez con mucha vocación para la caridad. Por otra parte, la existencia de muchas personas que necesitaban de algo tan elemental como era la alimentación, algunos en su manera más elemental, y eran personas descartadas por la sociedad, la gente se les alejaba por repulsión, por miedo.
Todo esto fue visto en primer lugar por quien fue su líder, Jorgito, quien tiene aún la habilidad, quizás el carisma, de encontrar a los más necesitados como nadie y una sed de hacer la caridad. Fue él el protagonista indispensable para hacer que un grupo de jóvenes dejara de dormir la mañana de un día 25 de diciembre y fuera a colaborar con la primera comida para pobres en nuestro templo. Fue mi primer encuentro con algo así, ahora recuerdo el impacto a nivel espiritual que esa experiencia provocó en mí, no tenía precedentes entonces, y creo que fue la reacción de todos los muchachos.

Luego vinieron otras oportunidades en que se hizo por otra fecha una comida con las mismas características, hasta que Cáritas Diocesana, en la persona de Roberto y otros hermanos en la Fe, tienen información sobre lo que estaba pasando y hacen la propuesta a Jorge, que fue acogida con mucha alegría, no solo por él, sino por el padre Juan, quien comenzaba a atender la comunidad entonces.
Así surgieron una vez al mes las comidas para los más necesitados, como le llamamos al principio. El 99 % de los voluntarios éramos jóvenes que comenzamos a poner nuestra ilusión en ese comedor y en lo que era evidente: un alivio increíble para estas personas tan necesitadas. Luego, tras las muchas necesidades que los beneficiados mostraban tener, se amplían las comidas y se comienza a dar desayuno y almuerzo, llegando a ofrecerse todos los domingos.

Nos dividimos en dos grupos para poder cubrirlos y comenzamos a hacer cosas, yo creo que fue a desarrollar dones del Espíritu… Así, unos aprendimos a animar, otros a pelar, otros a lavar las cabezas, peinar, cocinar y muchas cosas más. Era algo verdaderamente impresionante, el aspecto de las personas cambió tanto que suscitó en la gente del pueblo la curiosidad por saber cómo era posible aquello y así crecían los frutos del trabajo, las colaboraciones venían de todas partes y maneras, mucha gente se nos acercaba para ayudar con su trabajo, con algo que traían de su casa. Así comenzamos.
- ¿Quiénes fueron, algunos, no tienen que ser todos si no los recuerdan, los voluntarios que iniciaron en el proyecto?
A: El comedor lo fundamos unos diez jóvenes y una señora mayor, Gladys, quien era la cocinera más experimentada y nos sirvió de maestra. Por supuesto, Jorgito, Arletys, Alain, Merle, Sandra y Joagny, un joven matrimonio, Madeline y yo. Luego se incorporaron otros, pero esos fueron los que, si mal no recuerdo, empezamos.
- ¿Qué servicios recibían los beneficiarios del comedor de Cáritas en Pina?
Arletys (Ar): En aquellos momentos comenzamos con el servicio de comedor solamente. Luego, según las necesidades que fueron saltando a la vista, se incrementaron los servicios de pelado a hombre y mujeres, se afeitaba, se le pintaban las uñas, se les lavaba la cabeza… por algún tiempo lavamos ropa y se hacían algunas actividades de manualidades, como aprender a dibujar y armar rompecabezas, poner un botón, algunos juegos de mesa y también incluimos los desayunos.

- ¿Cuántos beneficiarios tuvo en aquellos primeros momentos?
A: Comenzamos las primeras comidas con unas 20 o 25 personas, en corto tiempo la cifra subió a 30, 35 y 40.
- ¿Cuál fue el impacto que tuvo este servicio en la comunidad?
Ar: Pienso que en la comunidad tuvo un impacto positivo. En los primeros años era una novedad para todos que jóvenes dedicaran su tiempo a hacer este tipo de tareas, que parecen de tanta responsabilidad. Pero antes y en estos momentos, siempre, hemos recibido todo el apoyo por parte de la comunidad, ya sea en cuestiones materiales, como en ir algún día y ayudar en la elaboración del almuerzo.
A: La verdad es que la experiencia que tengo del comedor es de las mejores cosas que he tenido en mi vida. Medir cuánto bien nos hizo a nosotros, a la comunidad, al pueblo y a cuántos nos visitaron, yo creo que sería lo mismo que tratar de explicar a Dios. Por eso solo puedo decirte algunas cosas que aprecié. Nuestra comunidad inmediatamente antes de que comenzara el comedor estaba casi en cero pastorales, no había vida, ni ánimo, estaba todo bastante apagado. El comedor fue como si una fuerza imparable nutriera a la comunidad de una luz, una fuerza, un impulso… Florecieron muchas vocaciones en esos tiempos, se nutrieron muchas otras pastorales de laicos comprometidos. Creo que uno de sus mayores impactos fue en los jóvenes, pues de solo esos del comienzo se incorporaron después activamente muchísimos más, al punto de que si nos reuníamos todos superábamos los 30. Por otra parte, la comunidad y la iglesia en general gozaron de un prestigio incorruptible y un rostro fidedigno de la misericordia de Dios. Todo era mucho más bello, más sentido, la alegría se respiraba en la comunidad. Creo que cosas así nos aportaron.

- ¿Cuáles fueron los mayores retos a enfrentar durante estos años de trabajo?
Ar: Los mayores retos a enfrentar pienso que han sido y siguen siendo los mismos. Primeramente mantener este proyecto con amor y con alegría, que no es tan fácil como pudiera parecer. Después encontrar personas dispuestas, comprometidas y constantes en dar su tiempo y esfuerzo, que no es poco, y que hoy es nuestro mayor reto.
- ¿Recuerdan alguna anécdota (simpática, triste, personal, de algún beneficiario) que quisieran compartir?
Ar: No sé si los recuerdos puedan se anécdotas, solo puedo decir que recuerdo tantas cosas que pudieran parecer de otro mundo o de otro país, o noticias que vemos en el televisor y que no creemos que en este siglo y en este país aún existan personas que cuando se sentaron a la mesa no sabían coger una cuchara, comer de un plato… Mujeres jóvenes que nunca se habían pintado las uñas, ancianos que nunca habían ido a la playa, que conocían el mar por fotos, personas marginadas a las que nadie jamás ha tratado con un mínimo de dignidad por oler mal o por “no ser normal”, personas que jamás habían celebrado un fin año, una navidad con comida y con carne asada solo para ellos, no sobras ni pedacitos.
A: Hay de todo para recordar, casi cada día surgía una o varias anécdotas para contar. Creo que una de las que más recuerdo y que me caló muy profundo fue en nuestro primer viaje a la playa. Fue a la Playita Militar porque ahí fue donde pudimos conseguir la primera vez. Llevamos a una abuela muy viejita, Lucía, ya nos falleció, la mamá de Rosita y Oscar, abuela de Andrés, personajes protagónicos de nuestro comedor. Recuerdo cuando la bajábamos con mucho cuidado del camión y miró al mar, puso cara de susto, y ha dicho: “¡Dios mío! ¿Qué es eso tan grande?” Todavía recuerdo como si fuera ahora que el alma se me encogió, sentí tanta pena, era una señora que pasaba los 80 años y no conocía el mar, o por lo menos a juzgar por su expresión. Le dijimos: “es el mar, ¿no lo habías visto nunca?” Ella contestó negativamente con la cabeza y sin perder de vista el mar. Fue un momento que me sirvió para medir la magnitud de lo que Dios estaba haciendo a través de nosotros…

- Si tuvieras las posibilidades económicas de abrir un servicio de ayuda a necesitados, ¿cuál sería?
Ar: Si tuviera posibilidades económicas de abrir un servicio, haría un comedor que fuera diario, con almuerzo y comida, porque conozco la necesidad que hay de alimentos. Solamente con los sábados no alcanza.
- ¿Qué se necesita, en el plano personal, para llevar adelante un proyecto como este?
Ar: Creo que solo se necesita tener la voluntad y la disposición de hacer algo por los demás.
- ¿Cuál sería tu testimonio al hablar sobre este proyecto tan humano de Cáritas?
A: En cada pregunta me resulta difícil sintetizar, porque es mucho lo que viví en los 8 años que estuve cada domingo en el comedor. Tenía 25 años cuando comencé en esa maravillosa experiencia. Fue como el área de práctica de todo lo que iba aprendiendo porque además era neófito en la comunidad. Todo lo que aprendía con el Padre Juan, todo lo que vivía con los amigos que iban afianzándose, tenía como escenario al comedor, es imposible desligarlo de ese crecimiento en la fe. Por eso para mí el comedor fue una escuela, una escuela del alma.
Yo siempre digo que soy una nueva persona, y muy diferente a la que era, después de esos acontecimientos en mi vida. La experiencia de darse al otro a cambio de nada y sentirse a gusto, pasar por encima de la crítica de la gente que te quiere convencer de que pierdes el tiempo. Yo no entendí casi nada de la misa por mucho tiempo, pero en el comedor me quedaba claro que eso era de Dios, me sirvió como punto de referencia para todo lo que aprendí después. Fue encontrar un amor irrenunciable por mi comunidad, fue sentir mío el dolor ajeno, fue aprender a mirar más allá de la apariencia externa de las personas. Fue aprender a encontrar que Dios tiene una mirada misericordiosa, fue aprender a dejar el timón del barco de mi vida en las manos de Dios. Es la base de todo lo que hoy soy, de cómo pienso y veo a Dios.

La experiencia vivida por estos y otros jóvenes pineros en el comedor Padre Olallo, a lo largo de una década de entrega al otro, trasciende con creces estas líneas. Los testimonios de algunos beneficiarios llevan tanta humildad que no deberían quedar sin ser recogidos. Hubo quien llegó un día, atraído por lo que manos piadosas habían preparado y se quedó como un voluntario más, otra vio en el servicio “un alivio muy grande” y hasta pidieron más fiesta porque “a mi hija le gusta mucho”.
Por mi parte solo me resta dar GRACIAS, a estos muchachos por sus inmensos corazones, y a Dios por llenarlos de amor, abnegación y voluntad de servicio.
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