El muchachito de los desayunos de La Merced

Texto y foto: María Antonieta Colunga Olivera.

Juan Carlos Orozco tiene solo 18 años. Se engomina el pelo con gel como cualquier adolescente y se viste muy a la moda, con los pantalones de tiro colgante que acá en Cuba la gente llama “cagaos”. Parece un chico como los demás, pero algo lo hace especial, distinto.

Juan Carlos Orozco

Allá por 2007, Juanca comenzó a notar que su abuela Clara desaparecía de casa demasiado temprano los domingos y no regresaba hasta pasado el mediodía. “Yo le pregunté que a dónde se iba de madrugada así y ella me habló del servicio de desayuno que tenían para los viejitos en su iglesia. Entonces quise que me llevara con ella. El domingo siguiente no me despertó por lástima, yo estaba rendío; pero al otro me desperté yo solito y tuvo que cargar conmigo. Desde entonces llevamos diez años yendo juntos”.

La rutina dominical de Juan Carlos y su abuela comienza sobre las cuatro y algo, “tenemos que madrugar porque vivimos por el hospital de Maternidad de Camagüey, muy lejos de la iglesia. Vamos para la parada y cogemos las guaguas que recogen a las cinco a los trabajadores de la playa… llegamos tan temprano al templo que somos los que abrimos el local”. Una vez allí, Juan Carlos ayuda a preparar las mesas para los mayores que acuden por sus propios medios y, cuando ya está listo el desayuno, agarra las bolsas con el pan y la leche de esos otros que, por su avanzada edad o estado de salud, no se pueden trasladar.

“Soy como el mandadero. Es muy bonito porque vas y les tocas la puerta del hogar a esas personas y ellos siempre están muy agradecidos. Recuerdo una señora que una vez quería hasta hacerme un regalo porque fui aunque estaba lloviendo. Para mí basta con que me digan gracias, yo lo que gano es que me siento mejor ser humano y que crezco espiritualmente”.

A veces algún colega de la escuela, enterado de su extraño “hobby”, le dice: “¡¿cómo tú te vas a levantar todos domingos a las cinco de la mañana pa´ darle desayuno a unos viejos?!”…”pero yo les respondo que no lo vean así, que yo me levanto para ayudar simplemente a otras personas, tan dignas como tú y como yo”.

Al regreso de su recorrido repartiendo desayunos, Juan Carlos ve llegar en decenas a esas personas mayores que acuden a la iglesia por alimento. Oran juntos, espera que se sirvan y terminen, ayuda a recoger platos y vasos. “Luego de dejarlo todo limpio y ordenado, entonces desayunamos nosotros”. Después viene la misa y, seguido, los ensayos de su grupo musical. Toca el piano de la banda de la Merced y, cuando llegue el momento de la universidad, le gustaría estudiar Ingeniería Mecánica.

Dice que cuando ve un hombre pidiendo dinero en la calle siempre le da algo… “hay gente que se pone ´no que si se lo toma´, pero yo le digo: fíjate, esto es pa´ comer, no pa´ bebida… y te voy a estar velando”.

Juan Carlos Orozco ensayos

“Creo que a la juventud cubana hoy en día no le interesa mucho este tipo de cosas. Están pal reguetón y eso. Pero también creo que es responsabilidad de los mayores y de la iglesia llamar a los jóvenes, hacerles propuestas, decirles ´mira, ven con nosotros, vamos este domingo a misionar, o vamos a repartir desayunos´… y que los muchachos puedan vivir las experiencias y vean que es algo que les puede gustar. Que se puedan sentir útiles para algo”.

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María Antonieta Colunga Olive
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