El hombre más rico de Lajitas

Roberto Alfonso Lara

Cienfuegos, 28 de abril de 2022— “La única persona que he visto sentarse conmigo es a Frank”, asegura Margot, una mujer de 56 años consumida en la pobreza y soledad de su hogar, sin otra compañía que la cama de donde apenas quiere levantarse.

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“Yo no era así”, dice. “Todo lo mío estaba limpio; veía una piedrecita en el piso (de tierra) y la recogía. Si pudiera andar, fuera la más feliz del mundo, pero, ¿cómo voy a tener fuerzas cuando ni siquiera me alimento? ¡Ay, Frank, no seas bobo, a mí nadie me está cocinando nada!”.

Margot tiene visibles problemas de salud mental y en su casa reina la noche, aunque afuera —como el día que la visitamos— el sol calentaba la mañana. A escasos metros vive la madre, Ana Rosa, de 74 años; igual sola, y ciega.

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“Cocino y hago de todo, pero a veces me he perdido aquí adentro (al interior de su vivienda), y también en el patio”, afirma.

Ambas son beneficiaras del Programa de Personas Mayores (PPM), de Cáritas Cuba, en el asentamiento de Lajitas, del municipio de Rodas, ubicado a casi 50 kilómetros de la ciudad de Cienfuegos. Allí, Frank Daniel Vasallo Gil sirve como voluntario desde hace más de una década, cuando comenzó a distribuir leche a los ancianos y personas vulnerables, a partir de la producción de sus vacas.

“Tenía un poquito de excedente y se lo dije al Padre de mi parroquia. Entonces, él me habló de consultarlo con Cáritas, y así empecé. Fue sin pensarlo mucho, y favorece a los abuelos que no pueden comprarla. En ocasiones —comenta— me he visto apretado para cumplir el compromiso, aunque nada importa más en esta vida que ayudar a los hermanos”.

EL GOZO DE SERVIR

Cada cuatro días, casi dos veces por semana, Frank sale en su volanta, bien temprano, a repartir litro y medio de leche a alrededor de 25 personas mayores de la comunidad. Hay días que debe hacerlo a caballo. Cuando llueve, los caminos en Lajitas devienen difíciles, intransitables; la gente no logra salir del pueblo, y es —dice— muy complicado; el fango se pega en las gomas.

“Por suerte, el caballo siempre se cuida para que tenga fuerza”, alega mientras bajamos del rústico carruaje para conocer a Teresa y a su esposo Heriberto, de 80 y 89 años, respectivamente.

Frank conversa con Teresa y ella le cuenta que Heriberto está durmiendo y ya ni camina, y que por momentos se siente mal, mal, mal. “De ti —refiere—, no puedo decir nada malo: eres muy buena persona, familiar, y cuando nos reunimos, cantamos a la vida, y ahí hasta los dolores desaparecen”.

A sus 87 años, Evangelina luce coqueta y bromea con Frank: “¡Hijo, qué es esto, a ver si me vuelvo a casar!”. Opina de él lo mismo que Basilia, de 71, apostada desde hace dos años en el “banco de la paciencia”, donde se sienta a deshojar el almanaque en la puerta de su casa.

“No puedo caminar por mis padecimientos circulatorios, estoy llena de dolores, y le agradezco mucho a Frank por su servicio. Cuando pasan tres o cuatros días sin verlo me preocupo, y aquí me oyen: ¿caballero, qué le pasará?”, relata.

Frank llega al hogar de estos ancianos y sus rostros parecen iluminarse, como si de pronto encontraran donde refugiar las penas. No es solo el hombre que les lleva la leche para garantizar que desayunen, sino el amigo, el confidente; el que pide por ellos a Dios y a la Virgen María tras cada visita.

“Desde niño me resultó mejor el trato con los viejos que con los jóvenes, quizás porque fui introvertido”, confiesa el voluntario. “Ahora celebramos actividades en fechas señaladas (Día de San Valentín, Día de las Madres, Navidad), y eso es un gozo: está quien dice una décima, otro un refrán (…) La pasamos bien, nos divertimos; hago que olviden los problemas por un rato.

“Recuerdo uno de nuestros primeros encuentros. Había un abuelo quejándose de sus achaques, y dije, ¡qué va, a mí tiene que ocurrírseme algo! Los convoqué a hacer un pozo imaginario, y allí —contó— enterramos todas las dolencias”.

RAZONES DE FE

Josefa, de 62 años, considera a Frank un hermano. Se conocen desde que eran muchachos y él ha sido su bastón en momentos aciagos. La consoló en agosto de 2021 cuando la Covid-19 mató a su madre —“rezábamos mucho por mi mamá”, dice— y ya la había acompañado trece años atrás, tras el deceso repentino de la hija.

“A veces a uno le dan deseos de llorar, y por eso intento que se rían; trato de alegrarlos un poco. Si me pongo a llorar con ellos no resolvemos nada; ningún sentido tendría la ayuda que les llevamos”, sostiene Frank, con la experiencia de doce años dedicados a servir al prójimo.

“La fe me motiva a hacer estas cosas, a veces sin pensarlo mucho ni meditar sobre ellas; de otro modo sería imposible. El Espíritu Santo —añade— sopla en nosotros y me brinda fuerzas para superar los obstáculos. Hay episodios de debilidad en la fe, de oscuridad, por los que uno hasta quisiera tirar la toalla, pero siempre he renovado mis creencias acudiendo a la misa dominical. Salvo dos o tres ocasiones, nunca he dejado de ir”.

A catorce kilómetros de Lajitas, en el pueblo de Cartagena, se halla la parroquia a la que Frank, llueva, truene o relampaguee, asiste: Nuestra Señora de la Caridad y de San Pablo. “El domingo anterior —narra— me cogió el agua y llegué aquí mojado como un pollo, con frío y muerto de cansancio. Sin embargo, vale la pena; el encuentro personal con Jesús nos alimenta y anima a seguir hacia delante”.

Tal devoción lo condujo a iniciarse en la labor de servicio a las personas mayores y vulnerables cuando la leche costaba un peso y no tenía la importancia económica de ahora. “Hoy se ha convertido casi en oro blanco”, ironiza. Aun así, distribuye cada semana cerca de 70 litros. “No puedo regalarla; el bolsillo no me lo permite, pero la vendo —asegura— al precio que Cáritas pague, sin ambiciones”.

Las mayores ganancias de Frank jamás podrán estimarse en dinero. Él mismo dice que ha descubierto más alegría en dar que en recibir. Y esa es la única razón de su fortuna.

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