Historias como la de Ada revelan la labor silenciosa de millones de cuidadores, un pilar social que a menudo permanece ignorado
Autora: Katiuska Fournier de la Cruz
Fotografía de archivo

Ada se sienta cada tarde junto a su tía Juana y sostiene sus finas y arrugadas manos. Se acompañan con miradas y sonrisas en medio del interminable apagón. Esa presencia paciente es el único momento de quietud para Ada, cuyo maratón de cuidado cotidiano le resta tiempo y fuerzas.
Su labor requiere asegurar el aseo permanente de la tía, de casi 90 años, y su medicación oportuna. Además, implica inventar con pocos recursos comidas que nutran su cuerpo, masajear sus piernas para evitar una postración completa y ofrecer gestos de sostén emocional que la hagan sentir valorada en medio de la senectud y la enfermedad. Es su deseo permanecer atenta a sus necesidades, cuidar bien a quien antes le ofreciera un mundo de alegrías.

Esta es la realidad de millones de personas en todo el mundo: el hilo «invisible» que teje el cuidado a otros. A muchos les toca cuidar a un niño o adulto en situación de discapacidad; a otros, apoyar a la pareja durante una enfermedad crónica o atender a un padre o tía cuya memoria comienza a desvanecerse.
Nos acercamos al Día Mundial de los Cuidadores y el Apoyo, 29 de octubre, fecha instituida por la Asamblea General de la ONU, mediante una resolución aprobada en 2023 cuyo objetivo se encauza hacia el reconocimiento de la importancia de la economía del cuidado y la necesidad de crear sistemas de apoyo inclusivos que contribuyan a la igualdad de género y al desarrollo sostenible.

En 2026 el lema central propone «Construir sistemas de cuidado y apoyo sostenibles mediante el trabajo decente», enfoque que mira de manera profunda los derechos laborales, los salarios justos y la protección social de las personas trabajadoras del cuidado.
Historias como la de Ada nos recuerdan que cuidar no es solo una tarea en la lista de pendientes; es un compromiso profundo de tiempo, energía y corazón. Es un papel que exige una enorme resiliencia, pero que también conduce a conexiones más profundas. Sin embargo, a menudo es uno de los actos más ignorados.
En este artículo, visibilizamos a esos protagonistas del cuidado: los desafíos que enfrentan por el agotamiento físico, las limitaciones para sostener su quehacer y el desgaste emocional. También celebramos el increíble impacto que su apoyo ofrece en el fortalecimiento de las comunidades donde figuran.
Un trabajo esencial

En muchos hogares, el cuidado no remunerado está ausente de las estadísticas y no se toma en cuenta en las decisiones económicas. A menudo se realiza al interior de la familia, se da por sentado y se convierte en una responsabilidad de mujeres y niñas, generación tras generación.
Esa distribución desigual limita las posibilidades de estas personas de estudiar, trabajar, participar en espacios de decisión o desarrollar proyectos personales. La llamada “economía del cuidado” también revela profundas desigualdades de género, ya que muchas mujeres dedican largas jornadas a la atención de otros, un esfuerzo que no siempre recibe reconocimiento, apoyo y mucho menos compensación.
Una resolución de la ONU, a propósito de la fecha, llama a reconocer, reducir, valorar y redistribuir el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, un quehacer al que se dedican 16 millones de horas cada día y que asumen en América Latina el 74 por ciento de la población femenina. El documento subraya también la importancia de dignificar a quienes realizan esta labor de manera remunerada, garantizando respeto, condiciones laborales justas y protección social.
Un estudio de la región concluye que hay aproximadamente 8,9 millones de cuidadores remunerados, incluyendo a 5,8 millones que cuidan niños, mientras 3,1 millones atienden a personas mayores y con discapacidad. Por otra parte, investigaciones insisten en mostrar al mundo la experiencia y el apoyo de ONU Mujeres en un proyecto que involucra a 17 países, en los cuales se rediseña la forma de reconocer, financiar y llevar a cabo el trabajo de cuidados, asumiendo que ello no solo alivia la carga, sino que también libera el potencial de sociedades enteras.

En Cuba, la Ley 156/22, Código de las Familias, reconoce y protege a las personas cuidadoras a partir del artículo 413, sin embargo, esto no se concreta en acciones habituales que garanticen sus derechos como la formación para asumir sus roles de forma óptima, cooperación, remuneración, opciones para el descanso y acceso a redes de apoyo familiar y/o comunitario.
El escenario cotidiano muestra, por el contrario, el desgaste de los cuidadores ante la imposibilidad de acceder a recursos básicos de alimentación, higiene o movilidad para la persona dependiente, entre otras carencias, agravadas por la inflación y la crisis económica del país. Muchos cuidadores de ancianos se ven obligados a dejar sus empleos ante la imposibilidad de cumplir con sus encargos laborales en un panorama de crecientes complejidades energéticas, del transporte y otras dificultades, quedando en total vulnerabilidad económica ellos y la persona a su cuidado.

En octubre de 2024, Cuba formalizó el cuidado como un derecho humano mediante el Decreto 109 de la Gaceta Oficial de la República. En él estableció el Sistema Nacional para el Cuidado Integral de la Vida, dirigido a articular políticas y programas que abordan las necesidades de cuidado de diversas poblaciones, ya sean niños, jóvenes, adultos o personas mayores.
Esa normativa expresa que todas las personas tienen derechos a ser cuidadas, a cuidar y al autocuidado.
Mientras a nivel gubernamental se plantea la existencia del nombrado “Sistema nacional para el cuidado integral de la vida”, los retos de los cuidadores se incrementan conforme a las problemáticas socioeconómicas del país, y no se vislumbra una transformación coherente y articulada que beneficie a este grupo vulnerable de la sociedad.
En el caso de Ada, esta cuenta con una red de apoyo familiar pero sufre de carencias económicas y materiales que dificultan su labor e incluso sobrecargan su cuerpo, que ya supera las seis décadas de vida. Esta es otra arista del fenómeno: un gran número de cuidadores son, a su vez, personas mayores.

Es necesario resaltar que la construcción de sistemas de cuidados sólidos implica tener en cuenta las necesidades de las personas mayores, la infancia y quienes viven con alguna discapacidad, así como de las familias acompañantes. Asimismo, precisa liberar a la sociedad de los estereotipos que presentan al cuidado como una tarea exclusivamente femenina u obligación natural de determinados miembros de la familia.
Acompañar a quienes acompañan: una experiencia desde Cáritas Cuba

En Cuba, teniendo en cuenta la realidad de envejecimiento poblacional (el país con el mayor índice de toda Latinoamérica), los desafíos del cuidado en un contexto de crisis aguda y los estigmas asociados a esa labor, se desarrollan diversas acciones de acompañamiento, atención y formación desde el Programa de Personas Mayores de Cáritas Cuba.
Mediante el intercambio con beneficiarios del proyecto y sus familiares, la institución reconoce las necesidades de ambos. En ese camino descubre el cansancio físico y emocional del cuidador, las experiencias de aislamiento, la preocupación constante o la falta de espacios para compartir sus vivencias, entre otras dificultades.

A través del Programa se promueve una red basada en la cercanía, la escucha y la solidaridad, que inicia con el acompañamiento expresado en una visita, una conversación, una orientación, una actividad comunitaria y la posibilidad de encontrarse con otros cuidadores que viven situaciones similares, a partir de cursos formativos u otros espacios de intercambio, aprendizaje y respiro.
Fortalecer estas redes resulta fundamental, pues cuando una comunidad se organiza para apoyar a las familias, compartir responsabilidades y estar atenta a quienes más lo necesitan, el cuidado deja de ser una carga individual y se convierte en una responsabilidad compartida.
A nivel social, existen en Cuba algunas redes de apoyo a cuidadores como el proyecto Palomas, una casa productora de audiovisuales para el activismo social que, además de realizar documentales, trabaja desde hace más de dos décadas a favor del acompañamiento a grupos sociales en situación de vulnerabilidad.
Disponen de la Red de Personas Cuidadoras de Palomas, “que agrupa mediante WhatsApp a 1 083 personas, el 93 por ciento de ellas mujeres, cuidadoras o no, que lo fueron o no, pero sensibilizadas por el tema de los cuidados y, más que eso, por las vidas concretas de las personas cuidadoras”.
Tatamanía es el nombre de la primera pyme de cuidadores en Cuba, creada desde 2023 y otras cuatro acompañan esta labor de forma privada con 500 trabajadores, 100 por cada una, como permite la ley. Surgió la agencia en la provincia de Guantánamo y hoy está presente en casi toda la geografía nacional, además de República Dominicana.
Su filosofía en torno a un “envejecimiento activo” promueven la autonomía del anciano y garantizan servicios de calidad con personal profesional pero los costos del proyecto no son sostenibles para la mayoría de las familias cubanas.
Una responsabilidad de todos

El Día Internacional de los Cuidados y el Apoyo, el 29 de octubre, es la oportunidad para observar desde otra perspectiva una labor que ocurre todos los días y colocarla en el centro de las prioridades de la agenda social y política. Esto supone promover y garantizar políticas públicas inclusivas, fortalecer los servicios comunitarios, respaldar a las familias y garantizar que las mujeres puedan participar plenamente en la vida social, económica y política.
Demanda, entonces, un trabajo de educación sociocultural que transforme la visión del cuidado y se nutra del apoyo familiar y comunitario, viéndolo como un acto de humanidad en el cual se atienden no solo las necesidades físicas, sino también las espirituales de todos los involucrados. El cuidado es, entonces, un hecho que reconoce la dignidad de cada persona y promueve la verdadera escucha activa, los afectos, el respeto y la protección.

En este mes, la invitación es sencilla y profunda: reconocer a los que cuidan: a quienes sostienen a un familiar, visitan a una persona sola, acompañan una enfermedad o entregan su tiempo al servicio de otros, porque ello no es una tarea menor ni un gesto privado: es un acto de humanidad, amor y solidaridad.
Se debe tener presente que para el año 2050, Cuba se convertirá en una de las naciones con mayor número de adultos mayores a nivel mundial, y la mejor manera de atender este desafío demográfico es reanimando sus respuestas en torno a sistemas de cuidados eficaces, en sintonía con la realidad del país. Acompañar a quienes acompañan también es una forma concreta de construir comunidad, y ese es el mejor camino para el bienestar de los cuidadores y de la nación en general.
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