El enfoque del envejecimiento productivo: contribuir desde la cotidianidad
Ivana Miralles, Investigadora Asistente en el Programa Envejecimiento y Sociedad, FLACSO Argentina.
El envejecimiento productivo es un tema novedoso, relevante y de máxima actualidad que ha sido propuesto en la literatura gerontológica por el Dr. Robert N. Butler, a principios de la década de 1980. Según este especialista, por vejez productiva debe entenderse “la capacidad de un individuo o una población para servir en la fuerza de trabajo remunerada, en actividades de voluntariado, ayudar en la familia y mantenerse independiente como sea posible” (Butler, R., 2000). No obstante, en trabajos de investigación desarrollados por Bass, S., Caro, F. y Chen, Y. (1993) se ha planteado una concepción más amplia del término, definiéndolo de la siguiente manera: “El envejecimiento productivo es cualquier actividad desarrollada por una persona mayor que produce bienes o servicios, sea remunerada o no, o desarrolla capacidades para producirlos”.
Desde este punto de vista, el enfoque del envejecimiento productivo hace referencia al concepto de productividad en su sentido amplio, entendiéndose como el conjunto de beneficios colectivos que las personas mayores consiguen a partir de sus acciones individuales (Caro, F. y Sánchez, M., 2005); es decir, la productividad apunta al “hacer con sentido”, que puede no necesariamente referirse a la esfera de la generatividad económica. Contrariamente a otros enfoques como el envejecimiento “activo”, “saludable” o “exitoso”, que hacen hincapié en las acciones que realizan la personas mayores teniendo como principal objetivo el beneficio individual, como es el caso, por ejemplo, del ejercicio físico o de estimulación cognitiva, el envejecimiento productivo apunta a la contribución social de las personas mayores y a la satisfacción de necesidades sociales relevantes[1]. Por lo tanto, contribuir es la esencia de este enfoque y la clave para comprender el concepto de productividad desde este paradigma.
Los adultos mayores participan activamente en una diversidad de ocupaciones de la vida cotidiana, colaborando notoriamente en las dinámicas diarias de la familia y la comunidad que los rodea. Podemos encontrar variados ejemplos de personas mayores que desempeñan alguna tarea remunerada como la costura, el cuidado de enfermos, la docencia, la producción artesanal, el comercio o la profesión que han realizado a lo largo de toda su vida. Otros tantos, que realizan actividades poco frecuentes, cuyo trabajo realizan de manera voluntaria, con fines solidarios. Entre estas actividades se pueden señalar el apoyo escolar, la colaboración en roperos comunitarios, la enseñanza religiosa en capillas e iglesias y talleres artesanales. Un número importante de personas mayores jubiladas que inician nuevos oficios o desarrollan sus propios microemprendimientos, deciden estudiar una carrera, hacer cursos de especialización o finalizar el ciclo escolar que debieron postergar durante los años de trabajo. Además de una enorme cantidad de abuelos que cuidan a sus nietos u otros familiares enfermos y colaboran con las tareas domésticas, que van desde cocinar hasta realizar una huerta para el consumo familiar.
Así pues, las dimensiones del envejecimiento productivo son numerosas entre las personas mayores, pudiendo especificar cuatro grandes grupos de aportes: el trabajo familiar doméstico, el trabajo voluntario en la comunidad, el trabajo remunerado y las actividades educativas-culturales. (…)
La capacidad productiva de las personas mayores como un recurso esencial para el desarrollo de la sociedad
En la sociedad moderna, la vejez ha sido construida desde un paradigma asistencialista a expensas de las estrategias e intentos de participación de las personas mayores en el desarrollo social y económico. En este sentido, se ha generalizado la realidad de los adultos mayores dependientes, muchos de ellos institucionalizados, al sector de la población de personas mayores de 60 años y más de edad que llevan una vida productiva. De allí que, la visión de la persona adulta mayor profundamente arraigada en el imaginario social sea la de un individuo inactivo, dependiente y vulnerable. Este conjunto de viejismos[2] que configuran el estereotipo de la persona mayor en la cultura occidental es, muchas veces, incorporado por los propios adultos mayores que restringen sus deseos de llegar a una vejez activa, productiva y de realización del potencial humano.
En relación a esto, resulta apropiada la reflexión que propone David Zolotow (2002): “Cuando las sociedades consideran a los viejos como una carga que todos deben llevar a cuesta, los ancianos, respondiendo a esta expectativa social, se transforman en sujetos de necesidades y demandantes de servicios. Se formulan políticas sociales “para y por” los mayores. Contrariamente, considerar a los mayores como un “recurso” da lugar al intercambio y la participación como sujetos activos, el desarrollo de las potencialidades, y no se omiten deberes y derechos con toda la sociedad. Los mayores son parte de la sociedad”. Esta cita sintetiza de algún modo, la necesidad de comenzar a construir un nuevo modelo de gestión del envejecimiento donde se revalorice social, política, económica y culturalmente el concepto de vejez y en este sentido, se reconozca a las personas mayores como ciudadanas activas y como un recurso humano esencial de participación y colaboración en los acontecimientos que ocurren en la sociedad.
Durante los últimos años se han desarrollado diversos eventos y documentos internacionales en materia del envejecimiento y la especial protección de todos los derechos de las personas mayores. Brevemente pueden recordarse las dos Asambleas Mundiales sobre el envejecimiento organizadas por Naciones Unidas y realizadas, la primera en 1982 en Viena, y la segunda en 2002 en Madrid en la que se exhortó a los gobiernos a que incorporasen en sus programas nacionales los siguientes Principios a favor de las personas de edad: independencia, participación, cuidados, autorrealización y dignidad, los cuales incluyen a su vez derechos específicos en relación a la capacidad productiva de los adultos mayores, entre los que sobresalen:
- Tener la oportunidad de trabajar o de tener acceso a otras posibilidades de obtener ingresos.
- Poder participar en la determinación de cuándo y en qué medida dejarán de desempeñar actividades laborales.
- Poder buscar y aprovechar oportunidades de prestar servicio a la comunidad y de trabajar como voluntarios en puestos apropiados a sus intereses y capacidades.
- Poder aprovechar las oportunidades para desarrollar su potencial.
* Fragmento del texto “Vejez productiva. El reconocimiento de las personas mayores como un recurso indispensable en la sociedad”, de la investigadora Ivana Miralles, publicado en Kairos. Revista de Temas Sociales. No. 26. Noviembre de 2010.
Referencias bibliográficas:
BASS, Scott A., CARO, Francis G. y CHEN, Yung-Ping (1993). Achieving a productive aging society. Westport: Auburn House.
BUTLER, Robert (2000). Productive aging: live longer, work longer. Hannover, Alemania. Ponencia presentada en el Congreso Mundial sobre Medicina y Salud, URL: http://www.ilcusa.org/_lib/pdf/Productive_Aging.pdf
CARO, Francis. G. y SÁNCHEZ MARTÍNEZ, Mariano (2005). Envejecimiento productivo. Concepto y factores explicativos. En: Pinazo Hernandis, S. y Sánchez Martínez, M. Gerontología. Actualización, innovación y propuestas. Pp. 457-488. Madrid: Pearson Prentice Hall. ZOLOTOW. David (2002). Los devenires de la ancianidad. Buenos Aires: Lumen Hvmanitas.
[1] Es importante tener en cuenta que, existen otras posturas acerca del envejecimiento productivo que sostienen que productivo es toda aquella actividad que resulta significativa para el individuo. Por lo tanto, defienden que cualquier tipo de ejercicio físico o de estimulación intelectual debe ser considerado productivo por su potencial para contribuir a la salud física y mental. Sobre este enfoque se puede consultar a Harry Moody (2001).
[2] Este término refiere al conjunto de prejuicios y denominaciones que se aplican a los adultos mayores solo por su edad. El concepto “ageism” fue propuesto por el gerontólogo norteamericano Robert Butler y luego traducido al español como “viejismo” por Leopoldo Salvarezza (1998).
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