El antes y después de Leonardo
Por: Roberto Alfonso Lara, comunicador de Cáritas Cienfuegos

Leonardo Hernández Echevarría es un joven de muchas certezas. Una de ellas vincula sus 27 años al Programa Grupos de Desarrollo Humano (GDH), de Cáritas Cienfuegos. «Fue el camino que El Señor escogió para mi fe, para verme realizado en la vida», afirma sin titubeos, con la seguridad que parece acompañarlo en cada paso.
Era muy pequeño cuando allá en el asentamiento rural de Balboa, en el municipio de Cruces, Baby le abrió las puertas de su casa, como hizo con tantos niños, para integrarlo al taller. Sin embargo, esa primera vez la estancia fue corta. Leonardo quería jugar y sentía que para él resultaba una pérdida de tiempo. Poco tardó en cambiar de opinión…
«Después, en la secundaria, surgió en mí el deseo de volver. Entonces fui de nuevo a donde ella y le planteé el interés que tenía en regresar. Solo dijo que esperaba fuera en serio, pues existían otros muchachos con igual necesidad y no podía desaprovechar una plaza. Yo le contesté: llegué para quedarme. Así ocurrió. Permanecí de séptimo a noveno grado en el proyecto y aprendí de cocina, de valores, y de muchísimas cosas que me ayudaron desde el punto de vista personal», relató.
De repente, tener que abandonar el espacio por cuestiones de edad sumió a Leonardo en la tristeza. «Significaba dejar todo lo que me hacía feliz», agregó. Aferrado a no irse, habló con Baby y ella le propuso asumir como voluntario, ayudándola. «Baby estaba ciega, y, a pesar de su discapacidad visual, siempre atendió bien a los niños. Acepté, por supuesto, y pasé de beneficiario a voluntario de GDH. Gracias a eso conocí la Iglesia y el camino de la fe», expresó.

Una huella de 25 años
Tras el fallecimiento de la fundadora del taller, el joven se afanó en que este no muriera con ella. «Fue un momento decisivo en la vida del proyecto en Balboa. Realicé las gestiones con el párroco de Cruces para trasladarlo a la Iglesia y no perder la huella de un servicio que impactó en tantas generaciones. Hace poco cumplimos 25 años, y allí sigue, ahora de la mano de Olguita», comenta, para luego adentrarse en la labor que prestó.
«En mi etapa como voluntario, recuerdo que iban niños con diversas características, la mayoría de familias disfuncionales. A veces no tenían ni un par de chancletas para poder asistir; algunos llegaban con los zapatos rotos y había que buscarles opciones con el propósito de que pudieran sentirse bien. Atendimos igual a varios pequeños afectados por el divorcio de los padres. Otros vinieron a nosotros con múltiples carencias, no solo materiales; también espirituales, de valores, modales, conductas…», apuntó.
Para Leonardo, lidiar con tales realidades derivó en una gran experiencia. «Pude transmitir a ellos cuanto aprendí y saber que no fue en vano. Hoy, cuando visito mi pueblo, pues actualmente vivo en la ciudad, hasta me reconocen, y me gritan profe adiós o se acercan para agradecerme», dijo.
Cuando se trata de amor
Aun cuando ya es un joven adulto, y su cotidianidad transita distante del pueblo donde creció, Leonardo no concibe que el taller de Balboa en algún momento pueda desaparecer. «No hablamos de una obra de un día, sino de un cuarto de siglo, la cual marcó a muchas generaciones. Además, vivimos un periodo de pronunciadas necesidades formativas y el espacio de GDH se configura como el lugar donde aprendes a ser educado, a cómo tratar a las personas y comportarte en la sociedad. Por eso, creo que en todos los tiempos juega un papel importante, con énfasis en las comunidades pequeñas y en los campos, porque los niños encuentran en el proyecto el amor que en ocasiones no reciben en las escuelas ni en sus propias casas», opinó.
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