Cuando el trabajo es por amor
Por: Equipo de Comunicación Cáritas Camagüey
Camagüey, marzo de 2020- Su labor no es para corazones duros; es misión de un alma humilde, sensible y entregada. Así es Andy José Reyes Sifonte, coordinador del Grupo de Desarrollo Humano (GDH) en la Diócesis de Camagüey, un hombre que ha dedicado su vida a llevar a Dios a los demás, de disímiles maneras.
Cáritas Camagüey se alegra de contar con sus dones al servicio de los beneficiarios.

– ¿Cómo fue su comienzo en Cáritas?
– “Comencé desde muy joven, por el 97 o 98, a mis 13 años. Éramos voluntarios mi padre, el diácono Albio, y yo. Apoyaba a las catequesis con temas de animación. Después trabajé con Aprendiendo a crecer, en un grupo de personas con Síndrome de Down que funcionaba acá en la Casa Cáritas. Hice, además, algunos trabajos de artesanía para la casa, y ya para el 2014, me vinculé al programa GDH, pues se abre un grupo de cerámica en Albaisa del cual yo era animador.
“En 2015 asumo la coordinación del programa. En este tiempo fueron muy importantes para mí Mario González y Mirta Barreto, más conocidos como Tito y Tana. A ellos les agradezco también haberme mostrado este mundo, distinto a muchas de las cosas que se hacían en la Iglesia”.

– ¿En qué consiste el trabajo de los Grupos de Desarrollo Humano?
– “La labor de GDH consiste en rescatar a la persona a través de los valores humanos. Por eso trabajamos con niños, adolescentes y jóvenes con desventajas sociales o vulnerables. Lo hacemos a través de diferentes talleres, sobre todo artísticos (teatro, danza, artes plásticas…); también mediante repasos de cualquier materia, hasta computación, idioma inglés y francés. Convocamos a torneos deportivos, convivencias, y otras muchas actividades.
“Además, se ofrecen temas de psicología tanto para los beneficiarios y sus familias como para los animadores. El programa busca hacer crecer a sus beneficiarios directos, incidir en las familias y formar a los animadores.
“Estamos presentes en Santa Cruz del Sur, Guáimaro, Elia, Nuevitas, Lugareño, Sibanicú, Florida y la ciudad de Camagüey”.
– ¿Qué es lo que más disfrutas de esta labor?
– “La cara de los jóvenes cuando juegan fútbol, eso no tiene precio. Llevas a un grupo de chicos que viven en hogares disfuncionales, que siempre andan en la calle, dicen malas palabras, etc. Sin embargo, llegas a ellos, le pones reglas y le das un balón, y su cara se transforma. Eso también es el programa GDH: enseñarles, a través del juego, las normas y conductas propias de la sociedad, y esos valores que promueven la armonía en la comunidad y que nos hacen mejores personas.
“Me ha ocurrido varias veces tener chicos con las bocas llenas de malas palabras, y cuando se les iba una, era como si la tierra se abriera y se querían meter dentro, porque se daban cuenta de que era otro ambiente y se avergonzaban ante sus compañeros. Eso es algo impresionante, porque se ve cómo va creciendo la persona, transformándose, que es difícil pero bien lindo. Este trabajo me encanta. Me encanta dar, más que recibir; aunque a veces con una sonrisa de una criatura me están dando mucho más de lo que pueda dar yo”.
– ¿Cómo asumen las familias de estos jóvenes el trabajo del programa de GDH?
– “Esas familias van creyendo cada vez más en el programa. Agradecen el trabajo, piden que se les dé tema ya no solo a los muchachos, sino también a ellos. Al principio llegan temerosos, pero luego te dicen “¿cuándo van a regresar?”. Es muy interesante cómo al inicio llegan rechazando el trabajo del programa, poniendo un muro, pero luego eso se derrumba y vienen a pedir ayuda, apoyo y es algo a lo que el programa está llamado. Los animadores se convierten en confidentes”.
– ¿Qué anécdota recuerdas cómo única en este caminar?
– “Es impresionante llevar a un joven o a un niño a un lugar, y que sea la primera vez que va. Eso me ocurrió con los chicos del municipio de Florida, un niño muy bien vestido, sin carencias materiales aparentemente, pero sí con carencia emocional. Fuimos a un intercambio en La Habana y cuando íbamos llegando me dio las gracias porque era un lugar soñado para él. Nunca había visitado la capital de su país.
“También me pasó con una animadora de Santa Cruz, que conoció el Cobre, en Santiago de Cuba, donde está el Santuario de la patrona de Cuba. Al llegar me dijo: “Flaco, gracias por traerme a la casa de la madre”. Eso me removió bastante, porque esta señora, a pesar de no ir a la Iglesia, compartía esas ideas de ayudar a la sociedad. Ese taller que dimos en el Cobre, estoy seguro de que fue una de sus grandes experiencias en la vida. Es algo que tengo bien guardadito”.
Los ojos de Andy se llenan de lágrimas al contar estas historias que, como dice, se quedan bien guardaditas en el alma. Esos recuerdos se convierten en tesoros cuando el trabajo se hace por amor.
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