Cruces: voces de gratitud
Texto y fotos: Roberto Alfonso Lara

«Estoy contenta. Qué otra cosa puedo decir. Tenemos que ser agradecidos», alcanzó a expresar Aleida Herrera Álvarez, una mujer de 64 años, beneficiaria en la Parroquia de Cruces, de la Diócesis de Cienfuegos, del paquete de asistencia humanitaria enviado por el gobierno de los Estados Unidos al pueblo de Cuba.

Como ella, alrededor de 700 personas y sus familias en situación de pobreza recibieron, en la jornada del 4 de noviembre, los kits de alimentos y con artículos de higiene que arribaron al país el día anterior por el Aeropuerto Internacional Abel Santamaría, de la ciudad de Santa Clara, lo cual demandó una exigente operación logística, con el apoyo de voluntarios y estibadores, quienes trabajaron en la descarga de 1400 cajas, así como en su posterior distribución, bajo la asesoría del equipo diocesano de Cáritas Cienfuegos.

Jesús Águila López, un adulto mayor de 72 años y con discapacidad física, significó el alivio que para él supone: «nos ayuda bastante, mucho, mucho, especialmente a los que ya no podemos trabajar y lo necesitamos», manifestó con algo de pesar, mientras aguardaba en su sillón de ruedas por un pariente que lo auxiliase con el pesado módulo.
«Yo no tengo cómo comprar lo que dieron»
Pastas alimenticias, latas de atún y sardinas, arroz, frijoles, azúcar, un galón de aceite, jabones, detergente, recipientes para el agua, pasta dental y hasta una lámpara recargable figuran entre los suministros contentivos de la ayuda humanitaria del gobierno estadounidense, estimada en 100 millones de dólares, de los cuales 60 se gestionan a través de la Iglesia Católica cubana.

«Yo no tengo para comprar todo lo que nos dieron», confesó Betsy Rodríguez del Rey García, una joven de 32 años y madre soltera de cuatro niños, quien con la más pequeña en sus brazos acudió al punto de entrega de la Parroquia La Santa Cruz, en Cruces, a recoger las cajas con alimentos y artículos de higiene.

Otra opinión compartió Berta Casalís Téllez, de 58 años: «Quedé viuda hace meses y no tenía nada. Estaba pasando demasiada necesidad. Ahora me siento mejor y, por supuesto, agradecida», sostuvo.

Varios lugares de distribución se organizaron en la demarcación parroquial de Cruces, no solo en el centro urbano del municipio; también en asentamientos rurales y comunidades intrincadas a donde los voluntarios llegaron con rastras, camiones y carretones. Al tiempo que esto ocurría, las personas en situación de cuidados recibieron el donativo en sus viviendas.
Las vecinas de Tumba Saco
Cuando Alina Lorrente Enriquez comenzó a hablar, olvidó mencionar un detalle que definía prácticamente su vulnerabilidad. «Ah, vivo en el Campamento Tumba Saco», agregó al final de la conversación. Otra vecina describió después el lugar como «insalubre e inhabitable, sin condiciones para la supervivencia».

El sitio se localiza dentro del asentamiento rural Marta Abreu, en Cruces, un viejo batey azucarero del que apenas perduran atisbos patrimoniales. De allí es Alina, de 59 años, al borde de la adultez mayor y con problemas de salud, quien comentó que en casa afrontaba «dificultades para garantizar los alimentos del día, por la escasez y no poder yo trabajar. Esta ayuda resulta una bendición y por eso le doy gracias a Dios».
Liuvisleydis García Agramonte, de 49 años y con una severa discapacidad visual, se presentó en tales términos: «Fue lo que nos tocó», dijo al señalar las deplorables condiciones del lugar donde vive, el Campamento Tumba Saco. Luego, emocionada, refirió: «Estoy ciega y no tengo forma de comprar las cosas que nos han mandado desde Estados Unidos. Llegan en un momento difícil e importante para la vida de nosotros, los más necesitados. No sé ni qué voy a decir», afirmó envuelta en la alegría fugaz que iluminó en Cruces los rostros de la pobreza.
Visitas: 25

