“Conectados por el amor y el servicio”
Texto y fotos: Equipo de Comunicación de Cáritas Guantánamo-Baracoa
Guantánamo-Baracoa, abril de 2021— El itinerario conduce a Baracoa, una ciudad de nuestra Diócesis que cautiva a muchos por sus paisajes y cultura. También a nosotros, Equipo de Formación del Programa de Personas Mayores (PPM) de Cáritas, nos complace apreciar su belleza; aunque el trabajo y el tiempo nos regalan otros motivos de alegría, como compartir con los voluntarios y beneficiarios de los dos comedores del Programa en ese municipio.
Esta vez visitamos la capilla “San Juan de Mata”, de la comunidad de Playa, parroquia “Nuestra Señora de la Asunción”; y aprovechamos el viaje para llevar alimentos que sostengan el servicio de esa zona durante el próximo trimestre.

Es un acompañamiento especial tras meses de distancias obligadas por el rebrote pandémico en la Diócesis este año.
Tres voluntarias nos reciben con la hospitalidad de siempre y emergen las historias para servir sin arriesgar la salud en medio de la pandemia, los esfuerzos para asegurar las comidas sabatinas, los gestos caritativos de una comunidad que se identifica con la atención a los más vulnerables.
Martha Albert Paumier, cocinera del servicio más joven de la Diócesis, afirma la valía de este en un período donde se duplican apuros y carencias.
“Con los cuidados e higiene necesarios mantenemos el comedor. Estamos llamados a proteger a los pobres y lo hacemos con amor y deseos. Se nos suman jóvenes de Cáritas a apoyarnos con frecuencia y eso nos ayuda mucho”.
Virginia Omar Noa se encarga de la contabilidad y organización:
“No hemos cesado a pesar de la situación epidemiológica y la escasez. Somos un equipo unido y entre todos buscamos alternativas para innovar el menú y ofrecer una comida digna a nuestros beneficiarios. A veces vienen otras personas que necesitan apoyo y encontramos la manera de atenderlos también, porque es mucha la necesidad”.
Arminda Sánchez Cobas es ayudante de cocina y resalta los aportes que garantizan una coladita de café baracoeso, las vianditas que llenan el plato, las frutas para refrescos, las especies aromáticas que dan sabor a la comida:

“Gracias a Dios muchas personas colaboran y, de poquito en poquito, logramos dar de comer a quienes servimos y se sienten complacidos y atendidos”.
Son mujeres con una espiritualidad inmensa, pienso mientras escucho sus vivencias. El almanaque les cuenta seis, siete y ocho décadas de vida, pero tienen unas energías y bondad admirables.
Martha también es responsable del grupo de animación sociocultural de personas mayores en la comunidad de Playa y relata cómo acortan distancias desde que acecha el virus:
“Usamos mucho el teléfono y cuando se puede nos unimos cuatro o cinco en una casa para hacer nuestras oraciones, porque Dios escucha y solo Él puede desaparecer esta enfermedad. También estamos conectados…no se piensen que no ¿eh?” —reímos con su acotación.
Y al rato demuestran su cultura tecnológica mientras usan Zapya, WhatsApp y mencionan palabras como crea, escanea, comparte.
Sin dudas, el coronavirus impuso desafíos que cedieron paso a otras oportunidades de interacción y cercanía social, libres de peligro, al servicio y fraternidad, a la voluntad de un Dios que siempre acoge, ofrece caminos de resiliencia y fortalece.
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