Buenavista y la “sagrada familia” de los viernes
Roberto Alfonso Lara
Cienfuegos, septiembre de 2021— Si algo se extraña en el barrio de Buenavista, de la ciudad de Cienfuegos, es el ajetreo de los viernes en la parroquia Nuestra Señora de Lourdes. Allí, como en toda Cuba, la Covid-19 desterró al silencio al taller “Los pastorcitos de Lourdes”, perteneciente al programa Aprendiendo a crecer de Cáritas en esta Diócesis.

Lisleydi Fundora Raya (Lily) y José Manuel García Hernández sienten la ausencia tras casi otro año de confinamiento y suspensión temporal de las sesiones del taller en el que ambos son animadores. “Imagínate, ese día mis vecinos, la comunidad religiosa, estaban al tanto y conocían de lo que hacíamos. Y yo —cuenta ella— me desgastaba, mi corazón latía por ayudar a los beneficiarios”.
Él, mucho más reservado, admite que ha sido díficil. “Uno se crea como un rito y para mi suponía ya una forma de vivir. No podía estar sin ellos. Incluso, todas las responsabilidades que cumplo en la Iglesia, donde soy diácono, siempre las programé fuera del viernes. A partir de las 9:30 de la mañana y hasta la 1:00 de la tarde, el horario era intocable”, comentó.
La pandemia interrumpió una labor que nació quince años atrás cuando los dos, empujados por la premura de hallar el espacio ideal para su hija, Iseilis Regla —con discapacidad intelectual— crearon “Los pastorcitos de Lourdes” en Buenavista y sumaron a otras personas con similares patologías.
Actualmemente, son siete los miembros del taller, a los cuales Lily y José Manuel continúan asistiendo con la distribución de materiales didácticos y por medio de la comunicación permanente con sus familias. “Salvo los últimos meses de 2020, desde que comenzó el coronavirus no hemos podido retomar nuestras actividades como antes. Seguimos cerrados porque para ellos esta enfermedad es bastante grave, pues la mayoría sufren padecimientos crónicos y son muy vulnerables”, afirmó Lily.
“Fue doloroso perder el contacto, aunque necesario para cuidar de la salud de todos. Al principio —confiesa José Manuel— nos sentimos atormentados. No sabíamos qué hacer ni cómo llegar con la atención que requerían, y lo curioso es que los propios beneficiarios encontraron las vías. Nos llamaban por teléfono, nos saludaban al pasar por sus casas, y de este modo compartíamos con la familia algunos consejos para afrontar la cuarentena. Guardar las distancias contribuyó a mantenerlos en sus hogares para evitar posibles situaciones de contagio”.
Para los tutores de estas personas con discapacidad intelectual, habituadas al taller de los viernes, la Covid-19 generó una ola de preocupaciones relacionadas con la convivencia y los eventuales atrasos en el aprendizaje. “Las madres nos preguntaban qué hacer con sus muchachos y les dimos opciones: ponerlos a limpiar el patio, a coser, a participar de las tareas domésticas… Así, la etapa de pandemia ha servido para que nuestros beneficiaros realicen cosas que sus padres pensaron que nunca harían”, agregó Lily.
Tanto ella como su esposo viven agradecidos por ser parte del voluntariado de Aprendiendo a crecer en la Diócesis de Cienfuegos. Quizás, sin proponérselo, esta experiencia les ha regalado lo que uno de los “pastorcitos” bautizó como la “sagrada familia”. Porque ese día, los viernes, juntos conversaban, se sentaban a la mesa a almorzar, los varones hasta le preguntaban a José Manuel sobre temas de sexualidad, y no existía mayor recompensa. Por eso, juntos, también, aguardan por volver al viernes en que no había silencio.
Visitas: 1
