“Somos felices con él”
Diocésis de Camagüey
Cuando bajé de la guagua lo primero que vi fue a un niño hermoso de pelo claro que, con una sonrisa, estaba sentado al lado de su padre, quien inmediatamente se puso de pie y con un gesto amable me invitó a entrar. Y justo cuando mi vista alcanzó la sala, encontré al equipo de Aprendiendo a Crecer que, como parte de la jornada “TEAbrazo”, había llegado hasta la casa de Fernandito, el niño de pelo claro, con la condición de Trastorno del Espectro Autista.

Allí estaba Lisset Abreu Quirós, la madre de Fernandito, compartiendo una poesía con el equipo de Cáritas, una que hablaba de amor, de sensibilidad, de color azul, de repiques de campanas, de concienciación, de Autismo, de seres únicos y especiales.
Cuando el equipo de Aprendiendo a Crecer continuó su camino en busca de otros príncipes azules, Lissett comenzó a contarme la historia de su hijo.

“Fernandito nació justamente en el mes de abril y fue aparentemente un niño normal, aunque se atrasó un poco en el lenguaje. Se le llamaba y él no prestaba mucha atención. Varios miembros de la familia pensamos que iba a ser músico, porque ama infinitamente la música. Empezó en el círculo infantil moticas de algodón y fue la seño de Fernandito quien me encendió el bombillito rojo de que algo no estaba bien con él.»

«El camino luego fue bastante difícil, nos cambió la vida. Dejó de montar bicicleta, de cepillarse los dientes, a veces hablaba en tercera persona. Entonces empezamos a acudir a equinoterapia al Jardín de Sueños y mejoró un poco con los tratamientos. Agradezco que fuera Lissette Picón Sardiñas la primera persona que me hablara de Autismo. Y el papá y yo dijimos: “Autismo?, pues hay que prepararse sobre Autismo.”
«Para mí es una manera diferente de ver la vida. Limita las relaciones sociales, la comunicación. Por ello empezó en la escuelita del lenguaje y luego logramos tener al fin una escuela para niños con Trastorno del Espectro Autista en Camagüey”
Cuando Lisset María, su hermanita de tres años, una niña encantadora, dice sin que le pregunten que “Ferni sabe mucho y es muy agradable”, mientras intenta regalarle un beso, no cabe duda de todo lo bueno que él aporta a su familia.

“Todos son diferentes, ellos realmente ven la esencia de las cosas, ponen el sentimiento en todo. Mi Fernandito me ha enseñado a mar la música, a bailar sin timidez, a decir lo que quiero sin temor al qué dirán. Tengo mucho que agradecerle, sobre todo le doy gracias por existir.
Yo creo que él ha unido a la familia, incluso decidimos tener otra hija, y ella adora a su hermano, se comprenden. En este tiempo de confinamiento hemos hecho, en la sala de la casa, hospitales de muñecos, parqueo con camiones de juguete, casas de campaña con un mosquitero… él nos ayuda a compenetrarnos”, continúa diciendo Lissett.
Indispensable resulta formar y sensibilizar a la sociedad para contribuir a una mejor calidad de vida de las personas con Trastorno del Espectro Autista.
“Hay que hacer que las personas comprendan. Nosotros llevamos al niño al teatro, a los restaurantes, al parque de arena, para que socialice. Han sido muchos quienes nos han ayudado, entre ellos Cáritas. Cáritas nos ha brindado más que acompañamiento, nos ha dado esperanza. A ellos tenemos mucho que agradecer.”
Como el mar con sus diferentes tonos de azul es la vida de Fernandito y de aquellos que lo aman. Así, especial, único, es una pieza perfecta que encaja en el gran rompecabezas que es el mundo. Lo confirma su mamá cuando termina con una expresión de alegría en el rostro y en su boca estas palabras: “Yo creo que Fernando es un niño feliz y nosotros somos felices con él”.
Y antes de que me despidieran en la puerta de la casa, pude disfrutar de un baile de Lisset María, mientras Fernandito escuchaba esa música que le llega al alma, con Lisset y Fernando, que también bailaban, reían y disfrutaban de sus hijos, desbordantes de amor.
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