Por: Lianet Fundora Armas comunicadora de Cáritas Matanzas

Foto: Lourdes Abuin comunicadora de Cáritas Matanzas

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Ayer los voluntarios de la comunidad de San Francisco de Paula recibieron el amanecer con la celebración de la Eucaristía.

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El Padre Naydel les invitó a sentarse bien cerca del altar, desde donde se podía observar el corazón del templo cobijando los kits que pronto comenzarían su travesía hasta llegar a las manos de los beneficiarios.


La voz de Dios habló entonces a través del Evangelio mediante el cual Jesús se nos revela como la Vid y nos recuerda que somos los sarmientos.


“Sin mí no pueden hacer nada”, dice el Señor. Tengamos presente que nuestra fortaleza viene de Dios y que amar como él nos pide es aspirar a los bienes eternos.”, refirió el párroco durante su homilía.


La bendición final fue una exhortación a llevar junto a cada módulo el abrazo caritativo de la Iglesia a su pueblo. Entonces, como peregrinos en nombre del amor emprendimos el trayecto hacia comunidades rurales, hacia familias que habitan en zonas laceradas por la lejanía.

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Los pobladores de El Estante, Silvito Falcón, La Lanza, Cuatro caminos, Las Cañas, Balladares, Puerto Rico y La Esperanza nos entregaron mucho más de lo que recibieron: compartieron sus historias de vida, abrieron las puertas al retrato íntimo del hogar y la gratitud.


El amor que florece en El Estante

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Cuando llegamos al círculo social de la comunidad El Estante ya el rostro sonriente de Orlando Nuñez León se distinguía.

Orlando sobrepasa las siete décadas de vida y hay en él un destello de bondad propio de quien creció respirando el aire puro del campo, la hospitalidad intrínseca en el corazón del guajiro cubano.

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No titubeó en acercarse de inmediato a regalar su saludo y agradecer en nombre de su compañera quien desde hace 9 años ha sobrevivido gracias a sus cuidados.

–Se pondrá muy feliz si van a verla– sugirió señalando la casita situada en las inmediaciones del sitio donde los voluntarios de Cáritas continuaban con la entrega.

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Avanzamos junto a él escuchando sorprendidos cuánta ternura pone en la limpieza, en aliviar el deterioro físico que los días van grabando sobre la piel de quien permanece encamada.

En pocos minutos estábamos en el cuarto donde Emenejilda León Padrón, “su eterna novia”, sufre inmovilidad física, pero no espiritual.

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“Era una de las mujeres más bellas de estos alrededores, estuve seis meses insistiendo hasta que me dijo que sí. Llevamos más de 30 años juntos y este ha sido un matrimonio feliz. Fíjese, si volviera a nacer yo la elegiría de nuevo. La gente del pueblo se asombra porque no pensaron que yo solo fuera capaz de cuidarla tan bien”, confesó mientras ella asentía emocionada.

“Estamos muy agradecidos por esta ayuda y por su visita, que Dios y la Virgen de la Caridad los acompañen”, nos dice Emenejilda con la voz entrecortada por el llanto.

Orlando nos acompañó hasta el círculo para recoger sus kits de aseo y alimento y ayudar a otros vecinos a trasladarlos en su volanta. Casi al despedirse, sostuvo las riendas de su caballo “Tornillo” y nos regaló una sonrisa.

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Lo vimos alejarse y nos embargó el deseo unánime de que nuestro acompañamiento se parezca cada vez más al amor sin límites que este hombre ofrece a diario para prolongar la existencia de su esposa.


Una luz entre las sombras de Alfredo

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Alfredo Molina Pérez también reside en El Estante. Apenas roza los 59 años y desde hace mucho tiempo una niebla densa cubre sus pupilas.
Mientras aguarda su turno para recibir los módulos de higiene y alimentos nos cuenta que sostiene el peso de los días en su hogar, junto a su madre anciana de 82 años.


“A veces la desesperación me gana, pero intento reponerme y seguir. Soy miope de nacimiento y fui perdiendo la visión. Es duro no poder salir y trabajar con lo difícil que resulta sostener una casa”, refiere sin soltar la vara de madera que le sirve de bastón.

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Un pequeño de la comunidad aguarda a su lado y se asombra con el lente de la cámara que intenta capturar la expresión de su amigo.


“Yo nunca había recibido una ayuda así, yo no tengo palabras para agradecerles”, declara Alfredo y las lágrimas corren por sus ojos que ya no pueden distinguir los rayos del sol, pero sí el calor de la Caridad.

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Alfredo se niega a dejar que otros carguen el kit de alimentos que resulta el más pesado, -yo puedo hacerlo- afirma y pide a los vecinos que solo le guíen con la voz.

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Transita sobre el camino polvoriento con la carga a cuestas y el bastón improvisado, pero ya no lo envuelve la tristeza absoluta.


“Siempre hay una luz”, advierte y la frase sobrecoge a quienes sabemos que esa llama solo puede encenderla el abrazo de Dios.


Más de Cuatro caminos para llegar a Tito

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Al llegar a Cuatro Caminos resultó sencillo visitar a Dulce María Portela, una abuela de 86 años. Lo que el voluntariado de Cáritas acompañado por el P. Naydel no imaginó fue el reto que supondría llegar hasta José Agustín Farray Ponce, conocido cariñosamente como Tito.

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Emprender el trayecto hubiese sido imposible sin la compañía de uno de los hijos de Dulce que gustosamente condujo al equipo.

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Así fue como sosteniendo los módulos nos adentramos en un sendero marcado por la humedad de la tierra que impedía el acceso de cualquier vehículo.


Custodiados por el verde de las plantas que se elevan al margen del camino avanzamos con cuidado, abriendo cercas, esquivando las piedras, hasta llegar a los pies de una ceiba gigante, la misma- que luego supimos- fue testigo de los primeros pasos de José Agustín.


-¡Titoooooo, vienen a verte y es para algo bueno!- anunció nuestro guía

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De pronto apareció la figura delgada de quien nos había hecho descubrir un paraje recóndito, que jamás ha visto la luz eléctrica.

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Llegó descalzo, sin camisa y con los brazos levantados exclamando: ¡Cristo Jesús! ¡Qué Dios los bendiga!

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Enseguida le mostramos el contenido de la ayuda humanitaria y disfrutamos al ver su alegría, su deseo de tomarse una foto junto al equipo en las raíces de la ceiba.


-¡Cómo iba a imaginar que alguien se acordaría de mí, que vendrían a verme esta tarde! Exclamaba cuando ya emprendíamos el regreso y el eco de su voz nos acompañaba monte adentro.

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El reloj y la intensidad del calor anunciaban que era más del mediodía, pero nadie avanzaba entre quejas, solo había espacio para recordar la dicha de haber vencido más de Cuatro caminos para abrazar a Tito.

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Equipo de Comunicación de Matanzas
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