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Texto y fotos: Equipo Nacional de Comunicación de Cáritas

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Cáritas lleva ya más de dos décadas acompañando a sectores vulnerables de la población cubana en medio de situaciones de riesgo. De sus cinco programas institucionales, diseñados para ayudar a descubrir y proteger la dignidad de las personas y grupos sociales más necesitados del país, existe uno que pone en el centro de su accionar la atención a los damnificados ante catástrofes naturales: el Programa de Emergencias y Ayuda Humanitaria.

Son muchas las experiencias acumuladas por dicho programa ante este tipo de fenómenos; la ubicación tropical de nuestro archipiélago nos hace repetir año tras año la zozobra de un nuevo ciclón o huracán formándose en alguna parte y amenazando con barrer todo a su paso. Y cada nuevo huracán o ciclón supone, desde la primerísima alerta lejana, trabajo. Mucho trabajo para Cáritas y para su equipo de respuesta a emergencias.

Desde las horas iniciales en que Irma comenzó a sonar a mal augurio en los medios de prensa cubanos o internacionales, la Oficina Nacional de Cáritas activó a sus equipos en las distintas diócesis del país. “Compren y aseguren”, esa es siempre la orden primera para los responsables en cada provincia.

Ante la inminencia del paso de un fenómeno meteorológico de gran peligro se adquiere, en las medidas de las posibilidades, agua embotellada (preferiblemente de cinco litros, pues el envase queda para la familia beneficiada como recipiente de almacenamiento); alimentos imperecederos (enlatados, cereales, leche en polvo, galletas...) que podrán conservarse o consumirse sin necesidad de energía eléctrica; artículos de aseo personal (detergente y jabones de baño o lavar, para que las personas puedan higienizar lo que el desastre deje a su paso); utensilios como velas y fósforos para sobrellevar la falta de electricidad; combustible (para las plantas generadoras que pueda haber en las iglesias de las comunidades afectadas y también para suplir el transporte con que Cáritas realizará los viajes de socorro a las comunidades) y tarjetas para recargar los celulares del equipo que laborará durante la emergencia. Cáritas compra en ese momento con el presupuesto de cada diócesis, el dinero que haya en caja, y lo hace como una familia más, en la red minorista, sufriendo el desabastecimiento nacional que agudiza una situación como esta.

Cada equipo salva lo que ha podido adquirir en las instalaciones de su sede, entre las computadoras y los muebles, como sino inicial de la locura que sobrevendrá luego; y es su responsabilidad asegurar que tanto el material de oficina como los alimentos y demás artículos estén a buen resguardo. Paralelamente, se actualizan las agendas de contactos telefónicos, en las que se procura tener localizable a una persona de total confianza por cada comunidad, ese voluntario que es el eslabón fundamental para aterrizar nuestro trabajo.
Entonces se reza y se espera el paso de lo inevitable.

Con Irma, Cáritas Cuba superó todas sus experiencias anteriores (...Sandy, Mathew). Cuatro de las once diócesis cubanas reportaron afectaciones severas en su población (Camagüey, Ciego de Ávila, Santa Clara—que abarca también parte de la provincia de Sancti Spíritus—y La Habana), y el resto vivió situaciones muy complejas producto de la ausencia prolongada durante varios días, incluso semanas, del fluido eléctrico.
Tras las primeras horas siguientes al paso del huracán, los directores de las oficinas diocesanas comenzaron a comunicarse vía telefónica con las zonas que se presumían más afectadas y a recorrer aquellas a las que era posible el acceso. Se visitó a cientos de comunidades, llevando a muchas una ayuda primaria de alimento, agua y aseo, mientras que se contabilizaban los daños y las necesidades más urgentes que iba reportando la población.
La comunicación con la Oficina Nacional se realizaba completamente por vía celular en esos momentos primarios, porque incluso en la sede de Cáritas Cuba se afectó la electricidad y la telefonía fija por varios días.

En apenas una semana, las Diócesis enviaron un reporte detallado de los daños, las necesidades, el presupuesto y las maneras de intervención que a más largo plazo asumirían. Oficinas como las de Cienfuegos, Guantánamo , Bayamo Manzanillo y Santiago de Cuba procedieron a re direccionar sus recursos a las Cáritas más cercanas que, a diferencia de ellas sí habían sufrido daños severos.

En el caso de las regiones más maltratadas por Irma, Cáritas Camagüey reportó más de 24 mil viviendas con derrumbes (totales y parciales) y daños parciales o totales de techos; pérdidas en la agricultura y en las granjas avícolas, donde murieron 18 760 aves; afectaciones en siete centrales azucareros y la destrucción de los “pedraplenes” que comunican con el cayerío norte de la provincia.

Las zonas más afectadas en Camagüey son los municipios Esmeralda, Nuevitas y Sierra de Cubitas, los cuales visitó de inmediato Cáritas junto su obispo Wilfredo Pino. A estos lugares se ha llevado múltiples cargamentos de alimentos, artículos de higiene y velas, pues en muchos sitios, a 15 días del siniestro, no había aún electricidad ni agua. Al paso de los días y ya con mayor información sobre las necesidades específicas de cada lugar, se comenzó cocinar alimento en las comunidades con ayuda del voluntariado, y hoy se proporciona una comida diaria en varios lugares (en la zona de Esmeralda a las poblaciones de Esmeralda, Jiquí, Jaronú, Lombillo y Palma City; en Sierra de Cubitas al poblado de Imías; y en Nuevitas, a la ciudad cabecera y el poblado de Redención). Se continúa enviando leche en polvo, artículos de aseo, ollas; y gracias a donaciones de institutos religiosos y a la ayuda mencionada de otras Cáritas diocesanas, también se ha favorecido a las familias con carbón, velas y sábanas.

Cáritas Ciego de Ávila es otra que ha enfrentado un trabajo titánico, al tener afectaciones en cinco municipios, tanto al Norte como al Sur (Morón, Chambas, Violeta, Venezuela y Bolivia), con más de 22 mil viviendas afectadas entre derrumbes totales y parciales y pérdidas totales y parciales de techos. El equipo avileño, que ha intervenido en 24 comunidades de su territorio, había entregado hasta el 26 de noviembre un total de 1520 módulos de aseo a igual número de familias; 589 módulos de alimentos, coincidiendo en todos los casos con familias beneficiadas con módulos de aseo, y comenzaba a entregar ropa recogida ya por algunas parroquias. También se contaba con sábanas y toallas, cuya distribución debe comenzar próximamente, aunque ya en dos poblados se ha adelantado por su situación más vulnerable.

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En Ciego de Ávila también se ha aplicado la fórmula de los servicios de comedores emergentes, proveyendo de carbón e insumos a familias voluntarias dispuestas a cocinar para su vecindad. Desde el comienzo de la emergencia hasta fines de septiembre se han cocinado más de 3 300 raciones para las comunidades de Morón, Júcaro, Fallas y Punta San Juan.

La Diócesis de Santa Clara presta ayuda en parroquias y comunidades de ocho municipios afectados (entre ellos el más sensible es Yaguajay, con alrededor de siete mil viviendas dañadas). La cifra de damnificados en toda esta región, que comprende dos provincias, asciende a las cien mil personas.
Aprovechando las estructuras de los 30 comedores del Programa de Personas Mayores, que funcionan habitualmente como parte de los servicios de Cáritas a este sector vulnerable, y sumando otros centros emergentes de elaboración de alimentos; Cáritas Santa Clara ha logrado asistir a unas 1200 familias en medio de la ausencia de electricidad y agua.

Los daños causados por Irma en la Arquidiócesis de La Habana fueron notables: derrumbes totales y parciales, afectaciones en el tendido eléctrico y telefónico, caídas de árboles, inundaciones severas en todo el litoral norte y la lamentable cifra de siete fallecidos constituyeron los mayores estragos.

La oficina de Cáritas en el territorio logró almacenar antes del desastre sábanas, toallas, detergente y enlatados que servirían para ofrecer en un primer momento a los más vulnerables.

Las primeras acciones de este equipo se centraron en restablecer el servicio en la sede—también inundada por su cercanía al mar—, brindar ánimo y ayuda primaria a los damnificados, así como realizar un levantamiento de las principales necesidades de cada comunidad. Para esto último tuvieron una iniciativa muy efectiva, repartir por las parroquias más abatidas planillas con las que los sacerdotes y religiosas pudieran pesquisar a su población y ayudar en la detección de los casos más vulnerables.

Cáritas Habana evaluó como zonas más dañadas las concentradas en los asentamientos costeros de Jaimanita, Santa Fe, Cojímar, Santa Cruz del Norte, además de Centro Habana y El Vedado. Con ese diagnóstico y la colaboración de diócesis menos perjudicadas como las de Pinar del Río y Cienfuegos, 320 familias pudieron ser beneficiadas con módulos de alimentos, aseo y otros víveres.

A pesar de no ser de los territorios más lesionados ante el embate de Irma, es meritorio mencionar también a las Diócesis de Cienfuegos y Guantánamo, las cuales trabajaron arduamente en sus provincias socorriendo a un porciento menor de damnificados y que aliviaron también con sus recursos a otras diócesis del país.

En el caso de Guantánamo, el equipo diocesano visitó y brindó ayudas en el poblado de Manuel Tames, donde unas veinte familias sufrieron el derrumbe total de sus viviendas, otras 92 daños parciales en techos y paredes, y cincuenta más experimentaron afectaciones en las cubiertas de sus casas, producto de la crecida del Río Seco.

Los cienfuegueros, por su parte, beneficiaron con módulos de alimentación y aseo a unas 650 personas de demarcaciones como Lajas, Caracusey, Santiago de Cartagena y Arimao. Aunque las cifras parezcan menores, esta provincia reporta 51 derrumbes totales y 10 parciales en zonas mayormente rurales; además de que muchos poblados pasaron hasta seis días sin electricidad e incomunicados, con una situación alimentaria muy difícil.

En medio de todo este accionar de Cáritas, que ha abarcado prácticamente a la mitad de nuestro país, hay que mencionar y agradecer el apoyo de sacerdotes y religiosas, quienes como celosos guardianes de sus comunidades han estado en la primera línea de acompañamiento en los lugares más apartados y difíciles. Ellos y los voluntarios de Cáritas, fieles representantes de la comunidad cristiana, son los que han diseminado y multiplicado con tino la semilla de la caridad, caminando horas bajo el sol, tocando de puerta en puerta, cocinando en sus hogares a veces para 150 personas con tizones de carbón, haciendo el milagro con unos pocos panes y peces.

Sabemos que los recursos con que cuenta la institución son pocos para la gran necesidad que hoy reporta el país, pero tratamos de situarlos en los lugares donde la ayuda es más necesaria y donde puede ser más eficientemente ejecutada. Cáritas no beneficia al creyente sino al más desvalido, al que está más solo, más enfermo, más hambriento, más desamparado.

A casi un mes del paso de Irma, nos adentramos en una fase donde las ayudas primarias (las de mitigar el hambre y la sed) van siendo sustituidas por pasos más contundentes. Ahora comienzan a llegar la ropa y zapatos, los utensilios de cocina, comenzamos a pensar en colchones y techos, a dialogar con el Gobierno para buscar la posibilidad de importaciones.

Una emergencia lo es más para la gente cuando comienzan a no estar tanto en las noticias. Que nuestra fe no nos permita olvidar a los damnificados de Irma, como no olvidamos ni dejamos de asistir aún a los del Mathew, a los de Sandy... a los de la vida cotidiana y difícil de nuestra nación.

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